viernes 20 de enero de 2012

SOPA DE GRAN PENA, por Alan Moore


Originalmente aparecido en el recopilatorio que editó Fantagraphics en 1987 con el nombre de "Heartbreak Soup" (traducido acertadamente por La Cúpula como "Sopa de Gran Pena".)

Traducido por Frog2000.

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Tal y como tan a menudo hemos sido informados últimamente en los medios, los Nuevos Cómics ya se encuentran aquí. A lo largo del último par de años han ido surgiendo unos cuántos títulos genuinamente interesantes en el normalmente mundano y moribundo campo de los cómics “mainstrem”, provocando dichos rumores de renacimiento.

Los comic books parecen estar balanceándose al borde del precipicio de la aceptación por parte de un mercado masivo y efectuando además un gran salto hacia delante en cuanto a términos de calidad.

Y sin embargo, si dejamos a un lado el “hype” y la adrenalina y nos fijamos bien en este material del que estamos hablando, ¿qué podemos encontrarnos realmente? Nos encontramos con unos cuántos títulos de super-héroes o de fantasía en los que la calidad artística del guión o del dibujo se ha refinado hasta llegar a un nivel que se encuentra muy por encima del humilde estándar admitido hasta ahora por dichos géneros en particular. No me gustaría menoscabar en absoluto la confección de una obra como Dark Knight, o que Dios me bendiga, como Watchmen. Por el contrario, esto es un intento de poner dichos cómics en perspectiva. Son cómics de super-héroes muy buenos. Lo novedoso que resulta acercar unos términos tan aparentemente contradictorios probablemente haya sido el responsable de atraer la atención de un montón de medios críticos muy populares de cuáles, los cómics están disfrutando últimamente, junto con el consiguiente flujo de nuevos lectores. Dicha novedad, sin embargo, parece ser un fenómeno demasiado voluble como para dejar descansar en él las aspiraciones de todo el medio. No deberíamos esperar que la vasta audiencia potencial que pueden tener los cómics y que presuntamente se encuentra haciendo cola ahí fuera para entrar, soporte indefinidamente la misma procesión de capas y máscaras que durante los últimos cuarenta años ha sido aceptada por el casi-adicto (y por lo tanto más tolerante) fan hardcore del comic book.

Cualesquiera que fuesen sus rasgos contemporáneos, podríamos optar por actualizar el vestuario básico del super-héroe y al final del día seguiríamos teniendo un cómic de super-héroes, con todas las limitaciones que implica dicho término. Si los cómics tienen una esperanza de quedar establecidos dentro del monzón de medios durante los ochenta y los próximos noventa, tendrán que esforzarse para llegar mucho más allá de dichos límites. Tendrán que replantearse las cosas e intentar descubrir nuevos territorios, con una amplitud de visión más adecuada a lo que demanda nuestra época actual.

En mi opinión, cuando todo el polvo y el furor por la sensación del momento queden asentados, uno de los nombres que me parece más probable que se mantenga como genuina fuerza innovadora dentro de dicho campo será el de Gilbert Hernandez, guionista y dibujante de este mismo tomo y parte integrante de la impresionante empresa familiar que es “Love and Rockets”, junto con sus igualmente talentosos hermanos Jaime y, aunque con aportes menos frecuentes, Mario. Cuando hace unos pocos años, la susodicha antología en blanco y negro estalló como una bengala, su impacto fue tan profundo como inmediato.

Evitando deliberadamente ese tipo de material ya probado, con capacidad para ser rentable y popular que representan los cómics para adolescentes sobre grupos de superhéroes, “Love and Rockets” nunca ha sido uno de los títulos con mayores ventas de la industria. Sin embargo, se ha mantenido consistentemente entre las mejores lecturas que puede ofrecer el medio. El material incluido en sus páginas es, sin excepción, inteligente, elegante y cargado de un crudo impacto visceral que otros medios de comunicación sólo nos ofrecen muy de vez en cuando. Por encima de todo, “Love and Rockets” recompensa la atención del lector más serio y maduro, ya que supone todo un reto, y nunca lo ha supuesto tanto como en las historias recopiladas en este mismo volúmen.

En “Sopa de Gran Pena” (Heartbreak Soup), Gilbert Hernández elabora un comic book que, a todos los efectos, depende de un conjunto de personajes protagonistas totalmente diferenciados de los que habitualmente se ofrecen en el mundo del “mainstream” americano, incluso aún más que los de su hermano Jaime, que, hasta cierto punto, en sus historias de Locas se deleita reelaborando los íconos y símbolos de la cultura “trash” del comic book. Gilbert recurre a fuentes que para el fan del cómic tradicional pueden resultar tan extrañas como oscuras. En su uso del sólido color negro y en la furia cinética de sus personajes se puede ver la influencia de la obra dibujada por los dibujantes de manga. En otras ocasiones, la audacia de sus composiciones evoca el estilo de la actual cosecha de “bande dessinée” europea, gracias al uso que da de los espacios abiertos. Y de alguna forma, todas estas sensibilidades diferenciadas son forzadas a mezclarse con los acontecimientos cotidianos de una comunidad mexicana pequeña y empobrecida. El resultado final es un tebeo que, sin duda, es el más emocionalmente poderoso y quizás también el más hábilmente guionizado de los que se pueden encontrar disponibles en la actualidad.

“Heartbreak Soup” se centra sin pestañear en la vida de unas personas que nos resultan dolorosamente comunes e incluso mundanas, y todo ello en un mercado dominado por los cómics de mutantes, los hombres-máquina y los mercenarios que hacen uso de las artes marciales. Se nos presenta una historia donde la vida y los hechos, incluso los de los personajes secundarios más nimios, se convierten en algo tan fascinante que la idea de que hubiese algún protagonista heróico en el tebeo alrededor del cuál girasen todos los acontecimientos rápidamente se convierte en algo totalmente absurdo, echando abajo de un plumazo el principal dogma de los cómics más contemporáneos. Incluso más aún, este cómic rechaza rotundamente todas las reglas dramáticas que nuestra industria ha ido observando religiosamente y que ha estado utilizando para ahogarse a sí misma a lo largo de las últimas décadas.

En “Heartbreak Soup” lo dramático nunca se presenta de forma artificial o exagerada. Tampoco se nos provee de amenazas poco creíbles o contradicciones en las propias vidas de los personajes. La historia no se retuerce a sí misma para poder encajar al final de cada número en espurias demandas de clímax o continuarás, reflejando fielmente en su lugar los meandros de la vida, sin tratar de mejorarla con el uso del melodrama. Cualquier significado o conclusión moral crece a partir de la propia obra de forma natural en vez de convertirse en alguna homilía profunda y obvia encajada en el último momento de la escena de lucha final.

Después de dejar tan imprudentemente de lado las muletas narrativas que los guionistas de cómic han ido utilizando durante los últimos años con la intención de intentar dar una ilusión de vitalidad a sus debilitadas creaciones, uno podría esperar que la obra resultante se colapsara en una ciénaga fangosa de naturalismo tedioso y trivial, como si fuese las diapositivas de las vacaciones de cualquiera de nosotros. Pero no lo hace. De hecho, el nivel absoluto de interés y fascinación que despiertan su creaciones es el que le permite a Gilbert lograr su truco más bonito.

Verás, mientras que la mayor parte de los artesanos de los tebeos parece que tengan tan poco respeto por el funcionamiento y los mecanismos de la vida humana normal, que se sienten impulsados a mejorarla con poderes psiónicos, lo que hace Gilbert Hernandez es casi una celebración de la vida ordinaria, así como una aguda y compasiva investigación de las ricas hebras que se entrelazan entre el amor, el odio, la fortaleza y la debilidad que componen esta existencia supuestamente aburrida y banal. En lugar de gastar su tiempo detallando las hazañas de otro nuevo héroe de terribles poderes, virtudes asombrosas, vistoso uniforme y predecibles problemas de personalidad que entre todo junto suma algo incluso menor que el ser humano real más miserable y despreciable, Gilbert Hernandez hace exáctamente todo lo contrario. En vez de dejar implícito que el único heroísmo humano real proviene de la supuesta trascendencia que destilaría un estado de gracia sobrenatural, Hernandez utiliza una visión genuinamente poética para mostrarnos todas las sombreadas y ricas pasiones que pueden surgir detrás de la endeble fachada de vida normal. En lugar de subrayar nuestra propia cobardía humana comparándola con los brillantes logros de algún superviviente de poderes atómicos del planeta Zob, escapamos de todo eso con la sensación de que hemos visto nuestro propio mundo a través de los ojos de otra persona, de que hemos vislumbrado una visión del mundo mucho más conmovedora y significativa que la que nos proporcionaría cualquiera que fuese la cantidad que se nos ofrezca de pirotecnia y posturas paranormales.

En las páginas de “Heartbreak Soup” Gilbert Hernandez nos muestra una pequeña cantidad de por qué los humanos merecemos la pena. Mientras que algunas veces, y predeciblemente, puedan surgir las malas noticias, en otras ocasiones existen momentos de optimismo que aunque podamos subestimar, son tan reveladores como capaces de conmovernos.

Aquí nos encontramos con la ingenuidad e inocencia de Heraclio durante su niñez, en la historia que narra durante su ansiedad adulta. Aquí tenemos algo que tiene un significado mucho mayor que las artificiales complejidades de los argumentos intercambiables que siguen dominando la mayor parte del mercado. Como las mejores bandas punk o como en cualquier novela de Márquez, “Heartbreak Soup” nos dice algo real.

Dicha habilidad para tocar como de pasada y de forma infalible el dolor y la compasión de la existencia humana es lo que separa el trabajo de Gilbert de las obras de revival sobre super-héroe nombradas al comienzo de esta introducción. Precisamente dicha cualidad, esa profunda integridad, es a lo que deberían aspirar los Nuevos Cómics si quieren tener algún valor duradero una vez desaparezcan los aspectos más caprichosos de su actual supremacía. Este nuevo territorio, el terreno inviolado al que me refería anteriormente, se encuentra vacío y reposa esperando a aquellos lo suficientemente valientes como para explorarlo y desarrollarlo. Si queremos que haya algún tipo de esperanza para los cómics en un futuro, deberíamos esperar que las suficientes personas tomen este extraordinario título como ejemplo, y que su autor continúe con su fogosa incursión en las oscuras interioridades del terreno del comic book. Si sus exploraciones subsiguientes no descubren nunca más algo tan fructífero como lo que se incluye en este tomo, tendríamos ya motivos suficientes como para estar agradecidos. Hasta entonces, para fortalecer la visión del Paraíso de los Cómics que nos parece tan próxima, no tendremos nada mejor que hacer que calentarnos con esta poderosa y embriagadora corriente de aire que supone “Sopa de Gran Pena” (Heartbreak Soup.)

Alan Moore

Northampton, Abril de 1987