miércoles, 7 de noviembre de 2012

FORUM Y YO: CURIOSIDADES (12 de 25)


EL SUPER-ESCONDITE

Estábamos al lado del río Híjar y no precisamente cazando renacuajos.

-Niños, tened cuidado, que os váis a hacer daño.

El anciano nos rebasó pausadamente montado en una bicicleta que más parecía un cascajo, mientras nos miraba entre pasmado y autoritario y se secaba con el dorso de la mano un sudor ennegrecido que parecía salir del interior de la boina enroscada sobre su cuero cabelludo. Por fin, después de lo que nos parecieron minutos, se alejó. Mis otros dos amigos y yo teníamos una pinta tremenda que puede que le hubiese dado mucho miedo. O igual se había carcajeado. Aún así, nos había jodido el juego.

Corríamos como alma que llevaba el diablo por un descampado repleto de madrigueras y accidentes geográficos, subíamos las cuestas hasta que nos resbalábamos por culpa de la arenisca y rodábamos hasta abajo. Nos agachábamos y arrastrábamos y nos apostábamos de cuclillas detrás de los árboles como si fuesemos cautivos del ejército. El solar al lado del río estaba repleto de cascotes y de piedras y de cobijos, y de mucha hierba salvaje. Algunas briznas (puede que sólo sea en mi recuerdo) medían más de un metro de alto. Eran ideales para agazaparse a la vista del resto de enemigos. Estábamos entreteniéndonos con un juego del escondite peculiar, uno propio, nuestro, uno que suponía un esfuerzo mucho mayor que el modesto juego de patio de colegio en el que se triunfaba cuando alguien encontraba al que se había ocultado de los demás. En el nuestro todos íbamos de infiltrados, porque teníamos que evitar a toda costa al contrario, y sin embargo también lo perseguíamos hasta cazarlo. Y en cuanto uno de los participantes te sorprendía por la espalda quedabas eliminado por un disparo óptico. O por culpa de la energía emitida por unos repulsores de hierro. O puede que fueses fulminado por un rayo caído del cielo. Porque jugábamos a que en este pasatiempo todos teníamos super-poderes.

Yo no había leído muchos tebeos hasta la fecha; quizá habrían caído en mis manos tres o cuatro docenas, y todos eran de Zipi y Zape y Mortadelo y de super-héroes, los editados por Bruguera y Vértice.

Nos habíamos quedado petrificados con las peleas de los Defensores contra el Puercoespín y el Hombre Planta. O con La Masa pulverizando montañas hasta dejarlas convertidas en una pasta informe. Un día decidimos emular a aquellos que ya eran irremediablemente nuestras segundas figuras paternas, porque realmente a nuestros respectivos padres los veíamos poco: tenían que trabajar en invierno y en verano, de sol a sol. Cada hora extra contaba en la economía familiar.

La Patrulla-X, Los Vengadores, Los Cuatro Fantásticos, Spiderman. Todos eran en blanco y negro. Todos nos parecían asombrosos. Estábamos convencidos que eran mejores que nosotros. Queríamos mutar, ser picados por una araña radioactiva, ponernos manos a la obra y construir una armadura con los recortes que pudiésemos mangar en la chatarrería. Era otro verano sin nada que hacer, con muchos deberes por delante pero también con mucho tiempo libre.

Nos vestíamos mezclando ropas y nos creíamos la monda, con sombreros apolillados de mujer que nuestras madres guardaban en el desván desde que los hippies exhalaron sus últimos estertores, con botas de hombre con tacón, cinco tallas mayores que las que calzábamos y atestadas de bolas de papel aplastado para poder encajar mejor en ellas. Con arcos y flechas diseñadas con cuatro palos cascados, recogidos de debajo de un roble. Con una máscara que nos había costado abollar cuatro horas en el desván del abuelo a partir de una trozo de morralla, nuestras manos hechas migas de tanto golpeteo con el martillo. Con medallas, charreteras y alfileres colgando de chaquetones apolillados (que ahora llamaríamos “vintage”).

Y cuando estábamos listos nos ocultábamos en el garaje hasta que desaparecía el sol. Y con él también se esfumaban nuestras identidades secretas, sustituidas por los chafarderos uniformes de super-héroe casero. Teníamos una misión, y no era precisamente la de combatir el crimen sino la de aplastar al enemigo. Nuestro particular “superhéroe tal versus pascual”.

En los pueblos el toque de queda solía ser más relajado. Salíamos a la calle inundada de sombras, nos metíamos en un par de callejones aún más oscuros en los que a lo sumo habría un par de yonkis agazapados que se sobresaltaban, y llegábamos hasta nuestro terreno de juego. Con las capas y cajas de cartón ceñidas, con las gafas mutiladas y los cascos recortándose a la luz de la luna. Como “sidekicks” tarados.

Lástima que no nos quede ni una sola foto...