lunes, 17 de febrero de 2014

¡MAS ATERRADOR! ¡MAS DESTRUCTIVO! EL CADILLAC DE FRANKENSTEIN (1 DE 4)


¡Más Aterrador! ¡Más Destructivo! El cadillac de Frankenstein, parte 1 de 4. (Artículo aparecido en Dodgem Logic nº 4 (2010) escrito por Alan Moore. Traducido por Frog2000.)

Un raro interés minoritario por los ´30s y ´40 parece haber llegado a dominar una gran parte de la cultura pop contemporánea, y más preocupante, nuestros conceptos sobre el futuro y nuestras ideologías.
Alan Moore examina la peculiar relación que tenemos con la Ciencia Ficción.

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Como especie hemos sido un delirante y espeluznante puñado de fantasiosos desde nuestra misma concepción, algo que se puede confirmar fácilmente si le echamos un breve vistazo a la mitología clásica o a las leyendas contadas por los ancianos de la tribu. Parece que imaginar seres, posibilidades y situaciones que existen más allá de los límites de lo que se puede observar en la realidad es uno de los impulsos humanos básicos, una primitiva compulsión por concebir cosas que nunca han existido y que ha persistido mucho después de habernos convertido en seres más racionales y civilizados. El escritor romano Luciano [de Samosata] cuenta cómo su nave fue conducida a la luna por una inusualmente vigorosa tromba marina en su engañosamente titulado “Historia Verdadera” [180 dC]. Esta historia podría ser clasificada como fantástica gracias a un método de transporte lunar incuestionablemente ridículo, mientras que la incuestionablemente ridícula idea de Julio Verne de llevar gente a la luna disparándolos con un gigantesco cañón puede que sea algo que dignifique el término “Ciencia Ficción”. Claramente, cuando intentamos buscar una definición precisa, en el mejor de los casos el tema se revela como algo altamente sospechoso y de límites esquivos.


Por ejemplo, la revoltosa historia de Francis Godwin sobre la visita a la luna por medio de un artilugio tirado por gansos podría considerarse como una fantasía, cuando en realidad fue una especie de argucia literaria con coche deportivo de por medio [en el original, “fanny-magnet”, define a un coche deportivo al que las chicas jóvenes consideran atractivo] con la intención oculta de seducir a las impresionables señoritas que vivían en Northampton en el Siglo XVII. También tenemos “El Progreso del Peregrino”, del visionario y puritano presidiario “roundhead” [el nombre que se daba a los partidarios del Parlamento durante la Guerra Civil Inglesa] John Bunyan, editado en la cercana Bedford tan sólo unas cuántas décadas después del apogeo de Godwin. Un periplo a través de extrañas tierras y encuentros con habitantes alegóricos que ha proporcionado una sólida base para las trilogías fantásticas hasta la actualidad. Las intenciones de Bunyan eran religiosas y políticas: su obra investiga el futuro forjado después de que Cromwell o un apocalipsis bíblico hubiese deshecho las impías instituciones y regímenes existentes y en su lugar surgiese una Jerusalén igualitaria. Una feroz obra maestra que hasta la actualidad ha tenido la inmerecida reputación de aburrido ejercicio de moralidad para catequistas. En realidad, este libro que muchos de los puritanos que emigraron a América se llevaban consigo es casi es como una segunda Biblia y ha ejercido una gran influencia en el desarrollo de la imaginación americana, algo sobre lo que volveremos más tarde. Aún así resulta difícil calificarlo como una obra de Ciencia Ficción, ya que fue editado en mitad de un periodo y una cultura donde se alardeaba de un conocimiento científico insignificante.


No fue hasta principios del Siglo XIX, con el enorme avance que se realizó tanto en Ciencia como en ingeniería, que nos encontramos con algo que nos recuerda a la Ciencia Ficción tal y como mucha gente define el término en la actualidad, aunque las obras del género tuviesen sus orígenes en las historias de fantasmas, en la poesía del Romanticismo y en la política radical. A finales del S. XVIII Londres había sido bendecida con un puñado de ilustres exaltados literarios y políticos que incluían al pendenciero y angelical William Blake y al rebelde de Norfolk Thomas Paine, cuyo “Derechos del Hombre” [Rights of man, 1791] pronto desencadenaría un fugaz revuelo en Francia y América. En el mismo círculo podemos encontrarnos a Mary Wollstonecraft, que respondió al libro de Paine con su propia obra innovadora “Vindicación de los Derechos de la Mujer” [Vindications of the Rights of Woman, 1792], junto con el proto-anarquista y autor de “Justicia Política” [The Inquiry concerning Political Justice, and its Influence on General Virtue and Happiness, 1793], William Godwin.

Este dúo acabaría casándose en 1797, pero un año más tarde Mary falleció justo sólo doce días después del parto, dejándole a Godwin un niña, también Mary de nombre, que tuvo que cuidar en solitario. A la edad de dieciséis Mary se fugó con el extravange poeta de 22 años (y se casó con él), Percy Shelley, cuya esposa, Harriet, en breve sería encontrada flotando en el [lago] Serpentine. Los amantes se fueron al extanjero y en 1814 Mary tuvo un bebé de Shelley, una hija que falleció después de quince días. La desconsolada pareja mitigó el dolor pasando unas memorables vacaciones en Suiza con el amigo de Shelley, el poeta Lord Byron, y con la hermanastra de Mary, Claire. Como pasatiempo idearon una famosa competición en la que debían intentar superar al resto mediante la construcción de historias sobrecogedoras. Quizá reflejando sus propias penalidades pasadas así como las ansiedades que concernían a un futuro industrial y científico que en ese momento estaba empezando a emerger a su alrededor, la que pronto sería conocida como Mary Shelley ideó la narración titulada Frankenstein, y de golpe inventó la Ciencia Ficción. Para bien o para mal, y a pesar del caprichoso retrato de los gansos de Francis Godwin, o la feroz alegoría religiosa de John Bunyan, el descubrimiento del género fue con esta obra de ficción que admitía a la Ciencia en su seno y que estaba basaba en conjeturas sobre los caminos por los que el progreso científicio podría llevarnos. Fue con Frankenstein, con la Era Eléctrica encarnada en un rabioso monstruo resuelto en destruir a su creador, algo que claramente podía verse que era “para mal”, un pesimista y horrendo vistazo a la ciencia y sus posibilidades que podría encontrarse más tarde en todas las primeras obras que-aún-no-se-llamaban-de-Ciencia-Ficción que surgirían en la estela de la novela de Mary Shelley durante las siguientes décadas del Siglo XIX. Incluso Julio Verne escondió su claramente pueril entusiasmo por la misma en sus ficciones repletas de maravillosos buques submarinos y aviones gigantescos, recordándonos severamente que dichas cosas bien podía caer en las manos de tecno-piratas y fanáticos enloquecidos, personajes a los que sospecho que Verne admiraba secretamente.


H.G. Wells parece tener incluso una visión de las cosas más sombría, una que no se encuentra aliviada por el cariño que tenía Verne por la aventura extravagante, pareciendo sugerir que la simple investigación de la Ciencia podría abrir cajas de Pandora sin ninguna necesidad de megalomaníacos como el Robur que Verne hizo aparecer en el Capitán Nemo. El protagonista de “El Hombre Invisible” [The Invisible Man, 1897] de Wells, Griffin, empieza como un individuo aparentemente bien equilibrado y emocinalmente normal, con una admirable curiosidad científica. Es en el momento en el que descubre la invisibilidad que se convierte lentamente, y parece que de forma inevitable, en un maníaco homicida. En “La Máquina del Tiempo” [The Time Machine, 1895], en lugar de hacer uso de la idea del viaje en el tiempo como excusa para encontrar una utopía, una declaración de que la Sociedad podría salir beneficiada gracias al proceso científico, el socialista Wells entrega una demoledora visión de un mundo en el que los desclasados, los siervos que se encuentran en el estrato más bajo de la sociedad, donde Wells había nacido, han degenerado a lo largo de los Siglos hasta convertirse en monstruosos caníbales subterráneos, los Morlocks, que cazan a los aniñados y aristocráticos Eloi. Privilegiados, pero también indefensos y debilitados, estos últimos recuerdan más al tipo de gente educada que frecuentaba las fiestas de jardín a las que Wells cada vez era más aficionado a asistir como celebridad literaria. Después de su horrible visión de lo que le esperaba a la civilización humana, el libro concluye con un vistazo incluso más triste de un futuro más lejano, donde una criatura parecida a una pelota de fútbol se encuentra indefensa en la bajamar de un planeta moribundo. Por otro lado, en “La Guerra de los Mundos” [War of the Worlds, 1898] Wells reta al lector para que considere que, incluso teniendo en cuenta todos nuestros avances tecnológicos, es muy posible que existan otras formas de vida con una tecnología más avanzada, y con tan mala baba como para maltratar, o incluso aniquilar, a la gente nativa menos sofisticada que se van encontrando en su camino. Narrada completamente desde el punto de vista de una persona normal que de repente se ve atrapada en mitad del pánico masivo provocado por una invasión alienígena, el libro es una de las piedras angulares de la peculiar forma inglesa de abordar el apocalipsis que más tarde también ejemplificarían escritores como John Wyndham, en cuyo oscuro “Día de los Trífidos” [Day of the Triffids, 1951] los horrores principales no provienen de las agresivas cosas-planta móviles que dan nombre al título, sino de aquellos proporcionados por unos aterrorizados habitantes que han sido cegados a golpes. Por lo tanto, en sus primeras encarnaciones la Ciencia Ficción usa un amplio rango de nuevas ideas para poner en duda las afirmaciones de que todos los cambios científicos nos harán progresar necesariamente hacia un destino mejor y más brillante. En lugar de fomentar la Ciencia, parece que los primeros escritores del género estaban más preocupados por los variados peligros potenciales de la misma.


Aparentemente no aparecería una actitud un poco más optimista y entusiasta hacia la Ciencia en la Ficción hasta unos años después del auge europeo que tuvo el género en el Siglo XIX. Sería a principios de 1900, cuando se produjo el acercamiento americano al nuevo género, un enfoque que le daría a dicho campo un nombre que rápidamente lo definiría y también dominaría a través de la amplia proliferación de las revistas pulp de Ciencia Ficción americana que florecieron entre 1920 y 1930. Desde aquella época, podríamos decir que la Ciencia Ficción ha sido algo predominantemente americano en sus rasgos esenciales, y es esta afinidad entre América y la Ciencia Ficción a la que quiero echar un vistazo más cercano.

A pesar de que fue durante el boom de publicaciones pulp de los años 20 cuando el término “Scientifiction” sería acuñado por primera vez por el inventor, escritor y editor belga Hugo Gernsback (los premios Hugo de la Ciencia Ficción son en su honor), y aunque ese mismo período esté generalmente considerado como el del nacimiento de la Ciencia Ficción en los Estados Unidos, eso sería pasar por alto un primer ejemplo muy revelador. Durante 1910, a Edward Stratemeyer, fundador de una empresa de envío de libros, se le ocurrió la idea de realizar una serie de novelas de aventuras protagonizadas por un niño inventor robusto y repleto de recursos llamado Tom Swift. El primer libro, “Tom Swift and his Motor Cycle”, fue redactado por un escritor de la casa y publicado bajo el seudónimo colectivo de Victor Appleton, así como la mayor parte de las más de cien novelas que seguirían con la serie en marcha. En sus comienzos Tom Swift empezó como el hijo del dueño de la Empresa de Construcción Swift, un competente mecánico que se graduaría a los pocos números publicados como un genio inventivo en toda regla, y que para 1954 sería el propietario de Swift Enterprises, con cuatro manzanas de edificios llenos de inventiva e innovación de alta tecnología.



Joven, duro y poseído por una actitud incansable de “puede hacerse”, no resulta muy difícil darse cuenta de que Tom Swift encarna a los Estados Unidos, o por lo menos indica la forma en que se veía la propia nación. Sin embargo, para los ojos actuales esta aventura americana poseerá muchos menos elementos atractivos de los que ofrecía la superficie del emprendedor niño inventor: su criado negro, “Rad” Sampson, es el objeto de bromas racistas, y también es alguien que compite celosamente con el gigantesco guardaespaldas sudamericano de Tom, Koku, por la aprobación de su maestro. Los empleados de Swift Enterprises son obedientes zánganos trabajadores que laboran felizmente todo el día para su joven jefe, un patrón claramente anti-sindicalista. Los personajes judíos están generalmente retratados como esterotipos que bordean el anti-semitismo, y los inventos del personaje principal son ideados y puestos en práctica de forma muy frecuente por el ejército o por los adinerados clientes de Swift Enterprises, con un absoluto desprecio por las implicaciones morales o medio-ambientales, o de hecho, por nada más excepto lo que implique las ganancias financieras o servir a los intereses de América. Tom trata los recursos del mundo como presa legítima de aquel que sea lo suficientemente imaginativo como para explotarlos sin escrúpulos y de nadie más (aunque quizá también Norteamérica entre en la ecuación), usando sus inventos en “Tom Swift and His Electric Rifle” para matar elefantes y recoger su marfil, planeando usarlo para Su Desintegrador Atómico Mundial con el que cosechar todo el mineral de hierro del centro de la Tierra, a pesar de las protestas internacionales. Cuidadosamente descrito como un saludable macho alfa que no duda en usar sus puños y cuyo genio científico es en su mayoría innato y autodidacta, sin la necesidad de aprender nada en todos esos libros para afeminados, Tom Swift también exhibe una anti-intelectualismo que representa muy bien a las administraciones conservadoras norteamericanas, desde los años de Nixon hasta la época de Ronald Reagan y George W. Bush.


Más allá de lo que podría decirse que representan Tom Swift y la cultura que lo produjo, nuestro interés principal en él se sustenta en que supuso un presagio sobre la nueva disposición de ánimo y la novedosa agenda que América traería a la Ciencia Ficicón, reemplazando todo el condenado pesimismo Europeo con la visión incandescente del mundo que el ingenio científico pondría a nuestra disposición. Mientras tanto, los primeros inventos de Tom Swift eran relativamente prosaicos, por lo que tendríamos que esperar hasta los cincuenta antes de que el personaje empezase a alternar con extraterrestres en “His Flying Lab”, pudiendo así argumentar que la creación de Stratemeyer marcaría la pauta y sentaría las bases para la explosión de una “scientifiction” más reconocible y colorida que se produciría después de la publicación de las “Amazing Stories” de Hugo Gernsback en 1926.

La imperecedera fe que tenía Gernsback en un futuro eficiente y confortable construido con el saber hacer típico de Estados Unidos (extrapolándolo) está clara desde el primer intento, una historia para el novato género llamada Ralph 124C52+ que se publicó en la revista Modern Electrics de Gernsback en 1911, una descripción válida incluso en la actualidad sobre un ciudadano del futuro que consume píldoras como comida y viaja usando una variedad de coches voladores. El serial numérico del apellido del personaje es una interpretación fonética de “one to foresee for one more” , que realmente no significa nada ni tiene sentido, aunque hasta cierto punto antecediese los mensajes de texto actuales.

(Continuará)

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