lunes, 24 de febrero de 2014

¡MAS ATERRADOR! ¡MAS DESTRUCTIVO! EL CADILLAC DE FRANKENSTEIN (2 DE 4)


¡Más Aterrador! ¡Más Destructivo! El cadillac de Frankenstein, parte 2 de 4. (Artículo aparecido en Dodgem Logic nº 4 (2010) escrito por Alan Moore. Traducido por Frog2000. Parte 1.)

En la invención de cómo sería la vida dentro de unos cuántos siglos de Gernsback no hay nada que se parezca a una preocupación social al estilo de las que aparecían en la “La Máquina del Tiempo”. Se hace hincapié en otros ingredientes, fetichizando los elementos cientíricos de la ficción y la tecnología insólita para convertirlos en el tema principal alrededor del que gira toda la narrativa, que ya no es el sencillo dispositivo que les permitía a H.G. Wells o a Mary Shelley explorar ciertas ideas que previamente habían resultado innacesibles. Los autores que siguieron inmediatamente a Gernsback disponían ahora de un mercado en rápida expasión donde editar su obra, a través de las revistas pulp de Ciencia Ficción que florecieron tras la estela de “Amazing Stories”, muchas de ellas calcadas a la templada visión del futuro de Gernsback, donde la ciencia ha retrocedido hasta alcanzar los límites de lo imposible. E.E. “Doc” Smith, creador de la serie de Space Opera de “Lensman”, había escrito un primer tomo de su saga en algún momento entre 1915 y 1920, pero tuvo que esperar hasta 1927 y la reciente aparición de “Amazing Stories” (su primer número estaba relleno con reimpresiones de algunas historias clásicas de Verne, Wells y Poe a falta de cualquier material nuevo y original), antes de que algún editor quisiera editárselo. Abraham Merritt, que más tarde sería conocido como autor de fantasía exótica, hizo su debut en la Ciencia Ficción en Amazing durante ese mismo año, mientras que 1928 sería testigo del “Armageddon 2419” de Philip Francis Nowlan, donde daría su primer paseo el aventurero del futuro Buck Rogers.


Al quebrar en 1929, Gernsback vendió Amazing Stories, pero volvió al negoció más tarde durante ese mismo año como editor de “Science Wonder Stories” y “Air Wonder Stories”. Las dos se fusionaron en la única “Wonder Stories” en 1930, que contaría con “Una Odisea Marciana”, de Stanley Weinbaum, y dos juguetonas historias con duros astronautas provistos de rayos láser realizadas por Edmond Hamilton. Además fue en 1930 cuando vio por primera vez la luz el “Astounding Stories” del editor Harry Bates, escaparate de las obras “space-operísticas” de Murray Leinster y Jack Wiliamson, adquiriendo una gran reputación por trasladar los argumentos de los vaqueros al espacio, donde se sustituyeron las diligencias por cohetes y los Cherokees por los hostiles habitantes de Neptuno. Dicha fama duró hasta que John W. Campbell se puso al cargo de Astounding durante 1938 y empezó a introducir una mayor base científica en sus historias, incluso aunque en esencia siguiesen siendo “space-operas”. La “Space Opera”, normalmente ambientada en una época futurista donde una América más potente había empezado a extender su benigna influencia por todo el sistema solar, se convirtió en el modelo predominante de la Ciencia Ficción norteamericana hasta finales de los cuarenta, cuando una nueva, y quizá menos complaciente, generación de creadores como Philip K. Dick empezaron a ser editados. Pero antes, durante más de veinte años, el campo de la Ciencia Ficción americana estuvo dominado por las heroicidades de la mochila cohete cayendo en picado que acarreaba el Buck Rogers de Nowlan o el Lensmen de Smith, toscos pioneros aventurándose más allá de las estrelladas fronteras sin límites, libres de ataduras de consideración ética alguna o de las leyes de la física. El entusiasmo con el que Estados Unidos acogió el género me lleva a formular la pregunta principal: en lugar de Historia ¿es Ciencia Ficción lo que en realidad tiene EEUU?

Cuando la mayoría de naciones quieren estimular su identidad nacional, quizá en épocas de penuria, apelarán a las reservas de Historia o Mitología de la nación. Por ejemplo, en Bretaña los líderes recapitulan rutinariamente el espíritu frente al Blitz, o la historia de Winston Churchill o el Rey Arturo cuando intentar persuadir al país de que acepte algo que no le agrada demasiado, como los recortes en el gasto público o un costoso conflicto con un país extranjero. En efecto, lo que la mayoría de naciones están intentando comunicar es “Mira lo que hemos sido”. Por el contrario, América sólo tiene unos cortos dos mil años de antigüedad y una breve historia que en su mayoría está asentada en el genocidio y la esclavitud, cosas que por lo general requieren que se corra un túpido velo sobre las mismas en lugar de ser celebradas. Ausentes de mitos o folklore y sin reservas históricas que saquear, en su lugar ¿estará América utilizando los futuros proyectados de la Ciencia Ficción para decir “Mira lo que podemos llegar a ser”?


Después de todo es una nación que se fundamenta más en sus proyecciones, sueños y esperanzas de un “Nuevo Mundo” más literal que la mayoría del resto de países, empezando por sus refugiados huídos de la Guerra Civil Inglesa, continuando por los familiares de Benjamin Franklin y George Washington que habían llegado desde Northampton, y prosiguiendo por los puritanos que se inspiraron en El Proceso del Peregrino de Bunyan para buscar una Nueva Jerusalén en la que sus más fervientes creyentes pudiesen realizarse del todo. Con las miras fijas puestas en el futuro desde un principio, las visiones de una Tierra Prometida predestinada en ese nuevo país, disponibles para todo el mundo, eran inicialmente religiosas y tenían a Dios como causa de todos sus milagros. Pero sin embargo, a finales del S. XIX y principios del XX empezó a hacerse cada vez más evidente que la mejor oportunidad de la que disponía América de evolucionar descansaba en la ciencia y en la industrialización en lugar de en la intervención divina. Hasta cierto punto, en las fantasías de la nación Dios había sido reemplazado como única fuente de milagros, empezando a preguntarse sus habitantes qué era ese aplasta-átomos, y sin embargo, de forma inversa, la religiosidad y milenarismo pareció empezar a extenderse en la actitud hacia la ciencia que se presentaba en los relatos de Ciencia Ficción. En la América actual, dicha tensión entre el puritanismo aferrado a Dios del pasado y los anhelos por la utopía tecnológica de Hugo Gernsback parece ser algo muy evidente, cuando la nación más científicamente precoz del planeta está enseñando Creacionismo en los programas de ciencia de los colegios de Kansas.


Podría decirse que en 1945 culminó la afinidad de América con la Ciencia Ficción y el Apocalipsis bíblico, en el momento en que lo que normalmente solían ser conocidas como “bombas atómicas” fueron arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki, causando una devastación terrible que hizo que la ira que cayó sobre Sodoma y Gomorra fuese en comparación algo muy poco severo. El hecho de que dichas bombas atómicas fueran armamento de la Ciencia Ficción manifestándose en la vida real fue algo que se puede demostrar a través de la obra de John W. Campbell, que había publicado una fantástica descripción de un arma que había sido cebada a través de fisión nuclear en su “Astounding Science Fiction”, revista que se basaba en la ciencia de forma rigurosa, justo antes del bombardeo de Hiroshima. El autor se quedó desolado y además fue interrogado por unos agentes muy nerviosos del F.B.I. Irónicamente, el amanecer con forma de hongo nuclear de la era atómica que había rellenado tantos sueños optimistas en forma de Ciencia Ficción, también atenuaría, al menos durante un par de décadas, la dominación del medio por parte de la “Space Opera”, pareciendo dar comienzo a una oleada de nuevas voces disidentes, como la del debut de Philip K. Dick en 1949 en el entrañable magazine pulp “Planet Stories”, el “anti-gravitatorio-con-tarta-de-queso-incluída”. Fue también a finales de los cuarenta cuando se empezaron a ver respuestas de cosecha propia en algunos otros países a dicho auge del pulp de Ciencia Ficción americana, con el “New Worlds” de John E. “Ted” Carnell en Inglaterra surgido en 1946, que más tarde se convertiría en el hogar de jovenes escritores radicales como J. G. Ballard y el estimable Michael Moorcock, uno de los primeros y más importantes ejemplos. Incluso aunque esta esfera internacional de Ciencia Ficción viniese a ser enormemente importante si hablamos en términos de calidad artística o de ideas, aún así, desde el principio tan sólo fue una reacción al mercado americano, más comercial y exitoso. Tom Swift aún se seguía publicado y en gran medida el género seguía siendo un fenómeno americano.


Aún así, el paisaje de la Ciencia Ficción Americana de los cincuenta parecía un terreno incómodo y sombrío en comparación a como había sido en el pasado, quizá debido a todas las dudas generadas, en parte por el aplastamiento de las dos ciudades japonesas unos años antes, y en parte por la paranoia creciente que desembocó en la caza de brujas e inquisición anti-comunista del Senador Joe McCarthy. Esta nueva disposición de ánimo resalta mucho en las películas, en los comic-books y en los programas de televisión de la época, ya que la propia literatura de Ciencia Ficción parecía reacia a abandonar los amoríos interestelares y volver su mirada hacia los temas y eventos que estaban ocurriendo en su propia casa. Dicho esto, incluso la “space opera” de los cincuenta tendría un enfoque más sociológico, preocupándose más por las culturas alienígenas imaginarias que por los cohetes que les permitían visitarlas, y por lo tanto permitió reflejar y parodiar la sociedad terrestre a través de elaboradas historias sobre extrañas civilizaciones que medraban entre las nebulosas. Adicionalmente, dicha década fue testigo del nacimiento de nuevos talentos resueltos a ampliar la definición de lo que era Ciencia Ficción, o de lo que podía llegar a ser.

Por ejemplo, el año 1950 dio la bienvenida a la publicación de “The Martian Chronicles” [Crónicas Marcianas] de Ray Bradbury, fábulas que refulgían como joyas y que intentaban llevar a la Ciencia Ficción hacia un lugar tan conmovedor y encantador como la poesía. Al año siguiente, la historia de Phillip José Farmer “The Lovers” [Los Amantes], con sus exploraciones interplanetarias en las que el protagonista era atraído por una planta imitadora extraterrestre con la intención de tener relaciones físicas con él, puede que se convirtiese en la primera oferta del género que se tomaba el sexo completamente en serio, siendo objeto de una enorme controversia. En 1952 se editó “The Demolished Man” [El Hombre Demolido], de Alfred Bester, donde se llevaba la “space opera” tradicional hasta nuevas zonas estilísticas, experimentando con la forma de escribir de un modo que prefiguraba la nueva ola de Ciencia Ficción que surgiría unos quince años más tarde, mientras que en 1953 Ray Bradbury regresaría con Fahrenheit 451º (la presunta temperatura con la que las páginas de los libros entran en ignición), el informe narrativo de un futuro en el que se queman los libros y que introduciría el concepto de Ciencia Ficción distópica en el mercado norteamericano, tan tradicionalmente optimista, un concepto que ya resultaba bastante familiar en la escena Europea. Durante 1954, el libro de Leigh Brackett “The Long Tomorrow” llevó esta tendencia considerablemente más allá con lo que bien podría ser la primera novela de Ciencia Ficción post-nuclear. “Tiger, Tiger”, (también conocida como “The Stars My Destination”) [Las Estrellas, Mi Destino] de Alfred Bester, aparecería un par de años más tarde, haciendo evolucionar la experimentación de la forma que llevaba a cabo el autor y detallando la sobrecogedora leyenda del astronauta Gully Foyle y su “excursión”.


James Blish era más abiertamente convencional en su “A Case of Conscience” [Un Caso de Conciencia], de 1958, donde se consideraban cuestiones religiosas planteadas por un periodista interplanetario como “¿tienen alma los alienígenas?”. Al año siguiente, la década tuvo una magnífica conclusión con la novela de Walter M. Miller titulada “A Canticle for Leibowitz” [Cántico por Leibowitz]. Este gran trabajo maravillosamente convicente combinaba las preocupaciones duales de América sobre la celosa religiosidad del pasado y el incierto futuro basado en la ciencia a través de una consistente descripción de un yermo post-apocalíptico donde monjes católicos aislados en colonias trabajaban pacientemente en manuscritos iluminados que se encontraban decorados con fórmulas y diagramas de circuitos, sin apenas comprensión de lo que tales reliquias pre-ruptura podrían haber significado alguna vez o lo que podrían significar si se desvelaban en algún momento.


Fuera de la literatura el resto de medios a través de los que se manifestaba la Ciencia Ficción desplegaban preocupaciones incluso más sombrías y perturbadoras. En la magnífica línea de cómics de la EC editados por Willaim M. Gaines aparecían vistosas adaptaciones de Ray Bradbury junto a memorables historias de Ciencia Ficción con finales sorpresa que a veces trataban temas como el racismo o el holocausto nuclear, mientras en la televisión el mesmerizante programa de Rod Serling “Twilight Zone” asumía un enfoque similar sobre el ancho espectro de ansiedades y anhelos del subconsciente americano. Posiblemente fuese la mirada más franca que se hiciese a la mente colectiva del público americano, algo que también se ofrecía en las películas de Ciencia Ficción de la época, en su mayoría ejercicios de paranoia escasamente sofocada. La versión original de Don Siegel de “Invasion of the Body Snatchers” [La Invasión de los Ladrones de Cuerpos], realizada en 1956, parecía servir como metáfora de la insidiosa introducción del comunismo en el país, tal y como había sido percibida durante la Era McCarthy: al igual que le ocurre a la gente-vaina de la película, el vecino que baja por la calle también podría haberse convertido en un comunista y sin embargo seguir pareciendo la mismo persona. Alternativamente, dado que lo más ofensivo que hace la gente-vaina que podemos ver es que permiten que sus barrios se vayan al infierno, con los baches en las carreteras y la basura sin recoger, puede que la película también representara la antipatía generalizada hacia los inmigrantes de cualquier tipo, fuesen estos blancos pobres, negros o hispanos, sobre la base denunciada por el Daily Mail de que esto podría afectar a los precios de la propiedad en algún momento.


Por el contrario, con la película de 1951 del director Robert Wise “The Day the Earth Stood Still” [Ultimátum a la Tierra], se nos sugería que los visitantes del espacio bien podían haber evolucionado en mayor grado que los humanos y ser más compasivos de lo que lo somos nosotros, revelando con cada encuentro que se producía que el verdadero monstruo es la humanidad. Mucho menos reflexiva pero involuntariamente reveladora, la película de 1957 “Amazing Colossal Man” del director Bert I. Gordon, en la que un hombre era expuesto a la radiación nuclear, creciendo a continuación hasta alcanzar una altura tan monstruosa que sólo podía vestirse con lo que parecía ser un gigantesco pañal. El hecho de ser calvo le daba la apariencia de un bebé de cien pies de alto que parecía incapaz de comprender por qué de repente ya nadie quería ser su amigo o incluso estar cerca suyo. Herido por dicho rechazo totalmente incomprensible, el enorme crío radiactivo entraba en trance y se lanzaba a una gran carrera de destrucción vestido con un taparrabos. No es muy difícil darse cuenta de los paralelismos con Estados Unidos, un país (si hablamos en términos históricos) que aún estaba en pañales cuando consiguió la bomba atómica, convirtiéndose de repente en la nación más grande y poderosa del planeta, por no mencionar que también era la más temida. Dicha película de Gordon se puede ver como una reacción tardía de América al bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagaski, y resulta interesante observar que el primer Godzilla del director japonés Inoshiro Honda, realizado para la Toho en 1954, vislumbra algo muy parecido, como una metáfora involuntaria de la propia relación que tiene Japón con el poder nuclear. Las primeras películas de la serie mostraban sin ningún tipo de ambigüedad al saurio protagonista como encarnación del destructivo poder de la energía atómica, algo que exhalaba fuegos radioactivos y que podía pisotear ciudades enteras. Sin embargo, en las últimas entregas, realizadas después de que Japón modificase su actitud respecto a la energía nuclear, Godzilla es alguien amigable, capaz de comunicarse y vivir junto con otros monstruos amistosos en la Isla de los Monstruos, listos para proteger su hogar si se veía amenazado por fuerzas extranjeras. La Ciencia Ficción, que siempre había sido un espejo de cristal mágico en el que se conjuraban visiones de futuros idealizados, parecía que estaba reflejando las posibilidades más oscuras y problemáticas, o por lo menos lo estaba haciendo parcialmente.


(Continuará)

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