martes, 11 de febrero de 2014

TEME UNA BANDERA NEGRA, por Alan Moore

Artículo de Alan Moore paran Dodgem Logic nº 2 (2010). Traducido por Frog2000. Aquí puedes leer una entrevista con Alan Moore centrada en el anarquismo. 

En 1976 Johnny Rotten quería la anarquía. Además quería joder y destruir a los transeúntes. En 2010, cuando eso ocurre todos los viernes noche normales en el centro de cualquier ciudad, ¿no deberíamos echar un vistazo más cercano a la historia de lo que se supone que es uno de los movimientos políticos más aterradores de la historia? Alan Moore llevó a cabo la investigación.

La palabra “Anarquía” acarrea un montón de equipaje. Conjura imágenes de hombres embozados en capas y con sombreros de amplias alas anchas que sostienen esferas negras con mechas de sonido sibilante y la útil leyenda BOMBA pintada en color blanco en uno de los lados. Se ha convertido en una especie de lema permanente sobre la descomposición de la sociedad y su entrada en el caos chillón, uno de los paisajes de Hieronymus Bosch poblado de saqueadores, berserkers y gigantes calzados con barquichuelas y vestidos con cartones de huevos. En los tabloides de consumo masivo, la anarquía ha sido condensada hasta convertirse en una versión ultra-violenta y demente de Spy vs. Spy [la tira de Mad], adaptando las vidas de Rasputin y Unabomber para la pantalla. Apenas resulta una propuesta atractiva que merezca la pena, y sin embargo, a lo largo de la Historia, ha sido una causa que han abrazado nuestros pensadores más brillantes y humanos, y a la que han dedicado su vida, incluso renunciando a la misma, miles de incontables y valientes hombres y mujeres. Si Darwin llegó a ver la anarquía como la posición política más razonable durante los últimos años de su vida, ¿deberíamos descartarla como algo casual, sea porque nos parece un salvaje sueño utópico o porque creemos que es el billete de entrada hacia el caos más clamoroso? Antes de tirar la anarquía a la papelera de las ideas descartadas junto con la teoría de la Tierra Plana y las hipotecas al 110%, ¿acaso no deberíamos primero intentar encontrar el verdadero significado de la palabra?
Como tan a menudo suele ocurrir con las palabras, fueron los Griegos los que definitivamente tenían una para el término, en este caso “anarchos”, que significa “sin gobernantes”. Al primer vistazo parece una noción que va directa al grano, aunque esté repleta de ramificaciones cuya complejidad sólo se hace visible cuando se examina más de cerca. Por ejemplo, si no hay gobernantes, todo el mundo será libre para actuar según su propio criterio en todos los asuntos que le competen, incluso en la propia forma de definir la anarquía. Como te podrás imaginar, esto ha llevado hasta una desconcertante profusión de subdivisiones, categorías y movimientos disidentes anarquistas, con puntos de vista radicalmente diferentes entre sí, por lo que no resulta insólito escuchar acepciones como Anarco-comunistas, Anarquismo Egoísta, Anarquistas Verdes o Sindicalismo Anarquista, Anarquía Post-izquierda o Feminista, Anarquía Insurrecionalista o Pacifista. Y luego también tenemos Anarquía Sin Adjetivos, que suena completamente razonable, a pesar de que las palabras “Sin Adjetivos”, usadas aquí como frase descriptiva, encarnen en realidad todas las funciones propias de un adjetivo. Para encarar esta pasmosa maleza de diferentes cepas de la anarquía, lo mejor será inclinarnos por retomar la primera y más sencilla definición: “sin gobernantes”, y ver hasta donde podemos llegar con ella.

Se podría argumentar que este estado de existencia sin líderes es el más natural, tanto en cuanto a especie como en cuanto a individuos. Los psicólogos infantiles nos informan de que un niño recién nacido no puede decir dónde empieza y dónde acaba el Universo. El sonajero, los barrotes de la cuna y su madre pueden ser vistos como extensiones del mismo, no muy diferentes a los ondulantes brazos y piernas del bebé. Por lo tanto, en cuanto abandonamos el útero, en nuestro dominio no existe ni un sólo gobernante: nosotros somos nuestras propias deidades rosadas y arrugadas, donde todo lo que vemos, escuchamos y palpamos es el cosmos en su totalidad. Sólo es más tarde cuando, después de haber aprendido algunos rudimentarios conocimientos de la lengua, aprendemos a entender las jerarquías piramidales de autoridad y cuando empezamos a conocer el peldaño más inferior del sistema de mandatos en el que nos encontramos, teniendo que rendir cuentas a nuestros padres, que a su vez también rinden cuentas a sus jefes y patrones, a sus policías y gobiernos. Presumiblemente, los gobiernos rinden cuentas a la Reina o a Dios, o a alguien igualmente inaccesible o (probablemente) imaginario.

Aceptamos a regañadientes que ni siquiera somos átomos, sino tan sólo engranajes de una inmensa maquinaria social sobre la que ni nosotros ni ninguno de nuestros tatarabuelos hemos sido consultados durante su construcción. Y sin embargo, aunque sea tan sólo por un momento, cuando estábamos en la cuna nuestra presunción natural ha sido la de que... ese juguete móvil del conejito se ha movido justo del modo que nosotros queríamos, que estábamos al cargo de nuestros destinos. Que estábamos al cargo de todo.
Lo mismo ocurrió cuando hizo aparición nuestra especie, cuando vivíamos en unidades de familias tribales en nuestras chozas y cuevas gobernadas por nosotros mismos, no de una forma demasiado diferente a la de los rebaños y manadas que se encontraban separados de nosotros, pero bastante cerca. Y si bien puede parecer que la tribu de personas o la manada de animales deberían estar dominadas por un patriarca, una matriarca, un macho alfa o un líder, ese no siempre fue el caso. Nuestras primeras investigaciones sobre el comportamiento animal se realizaron a base de carretadas de supuestos basados en nuestro propio comportamiento como seres humanos. Solemos identificar al líder de la pandilla como el macho más grande que resuelve las disputas territoriales y selecciona a su chica entre las mujeres más dotadas, un improbable híbrido entre John Wayne y Russell Brand que desde nuestra perspectiva humana hemos considerado oportuno imponer incluso en las peculiaridades de comportamiento de los ciervos y los lobos. Sólo ha sido hace poco cuando hemos empezado a aceptar que mientras el macho alfa bien podría haberse hecho cargo de todas las trifulcas, han existido otros individuos que parecen haber tenido una importancia única para mantener el bienestar del grupo. Quizá uno de ellos era un componente de la tribu que se dedicaba a buscar nuevos alimentos o tierras de pasto. Otra podría ser una anciana alrededor de la cuál el resto de los miembros de la manada o de la tribu se reunían de forma protectora al afrontar un ataque. Parece que en la mayoría de las sociedades animales había varios cometidos y numerosos individuos que trabajaban cooperando por el bien común, sin necesidad de que ninguno de los componentes del grupo fuese percibido como un líder. Mientras que Charles Darwin pensaba que la ferocidad, y a menudo la competición sangrienta, eran las fuerzas conductoras que guiaban la evolución, hay grandes evidencias que nos sugieren que la cooperación juega un papel similar (o incluso mayor) en la supervivencia del más apto, tal y como suele ocurrir entre los agradables y sexualmente enloquecidos chimpancés Bonobo, que son uno de los primates que se encuentran entre nuestros antecesores más cercanos.

Mirándolo desde esta perspectiva, quizá la anarquía no parezca tan poco natural como lo que nos puede sugerir la asignación de una autoridad impuesta y no consensuada. Si tomamos el ejemplo de cualquier grupo normal de seres humanos, algo como una familia o un grupo de amigos, excluyendo a los miembros de los Cripps o los Blood, ¿seguiremos pensando que existe una persona específica que ejerce de líder? ¿Realmente ha vuelto a existir alguna vez la figura del cabeza de familia desde la Época Eduardiana? Por lo general, en cualquier acuerdo semi-funcional existe un conjunto informal de pesos y contrapesos que se encargan de mantener el equilibrio, sin necesidad de que sea regulado por una tercera parte.
Bajo mi punto de vista, esta cooperación entre individuos que no comparten la misma opinión, esta habilidad para admitir y respetar que otros tienen el derecho absoluto de determinar como quieren que sean sus vidas, es completamente necesaria si se quiere conseguir cualquier forma de anarquía, con o sin adjetivos, y de que tengamos la oportunidad de trabajar de forma realista y sin adornos. Además, hace palpable la aparente paradoja que reside en el corazón de todo el asunto: lo que parece ser una licencia para hacer todo lo que queramos sin ninguna restricción externa, como decía la famosa consigna de Aleister Crowley: “Haz lo que quieras”, algo que conlleva asumir la exigente tarea y la responsabilidad final de gobernarnos a nosotros mismos.

Definitivamente, la anarquía empieza en casa. La vida sin gobernantes como propuesta en firme implica que tenemos que imponernos nuestras propias normas, lo que no seremos capaces de lograr a menos que aceptemos y entendamos debidamente que nosotros, sólo como individuos y sólo como nosotros mismos, somos totalmente responsables de nuestras vidas y destinos. Una de las primeras cosas que trae consigo este entendimiento es la inquietante comprensión de que si nosotros somos nuestros propios líderes, no tendremos a nadie a quien echar la culpa y tampoco existirá ninguna excusa cuando hayamos fallado al intentar alcanzar las metas que nos habíamos propuesto. No podremos echarle la culpa de nuestras limitaciones a nuestros antecedentes, ni tampoco a nuestros padres o a la sociedad en general, porque directamente somos nosotros quienes nos hemos hecho cargo de la responsabilidad que conlleva nuestra existencia. No podremos afirmar con nostalgia que podríamos haber sido alguien especial si nuestra educación o situación financiera no nos hubiese detenido, o si no nos hubiésemos casado con tal hombre o tal mujer, o si no hubiésemos tenido esos niños. Si acabamos de decidir que nosotros somos los líderes de nuestra existencia, no podremos continuar interpretando en nuestras vidas el papel de víctima acosada e indefensa, porque somos las heroínas y héroes de la misma. Si estamos intentando ocultar nuestros defectos, es mejor saber desde el principio que la libertad personal que supone la anarquía nos ofrece muy poca cobertura. Vivir nuestras vidas sin el amparo de una estructura social rígida y predeterminada, salir al exterior en mitad de la ventisca y sin protección, puede parecer una proposición aterradora y glacial. En realidad, muchos de nosotros solemos tomar la decisión de quedarnos en casa, soportando el tedio y las decepciones conocidas en lugar de asumir el riesgo que supone dar un salto hacia la oscuridad. Por mucho que deseemos más libertad en nuestras vidas, en nuestro corazón tenemos la sensación de que la libertad es algo que nos asusta, si no es algo que nos aterroriza.
Entonces, a la luz de todo lo anterior, ¿por qué debería alguien escoger el auto-gobierno y la anarquía? La carga de responsabilidad podría ser tan enorme, o incluso más aún, que si estuviese gobernando su propio país... porque después de todo, probablemente te importe más tu propio bienestar que lo que le preocupa al gobierno el bienestar de sus ciudadanos... por lo que, ¿cuál es la recompensa? Se podría decir que la verdadera recompensa se encuentra en la abrumadora sensación de liberación y fortalecimiento que te inunda cuando te declaras como ser humano autónomo y auto-determinado, manteniéndote desnudo bajo las estrellas, sin ningún temor en el centro de tu universo personal, mientras éste rota a tu alrededor en todo su esplendor, como ocurría antes de que aprendieses las reglas, o incluso antes de que aprendieses el lenguaje. Al aceptar tener en tus manos toda la responsabilidad sobre tu vida, dejarás de ser una víctima de la misma y empezarás a darte cuenta del poder que tienes sobre las circunstancias que te rodean, sin tratar de ejercer ningún poder sobre otros, sin intentar joder a nadie. Durante la vertiginosa carrera que te dará esa experiencia terminarás pensando que todo el mundo debería tener derecho a vivir de la misma forma, y es entonces, después de este cambio de los códigos personales de comportamiento para llevar a cabo una política social que lo abarca todo, es entonces cuando empiezan a manifestarse los problemas más graves de la anarquía, algo que podremos ver claramente incluso echando un breve vistazo sobre su Historia.

Las ideas anarquistas llevan entre nosotros desde la antigüedad. Se pueden encontrar en las declaraciones de los sabios Taoístas de Oriente y en las obras de filósofos griegos como Diógenes o Zeno en algunos lugares más Occidentales.
Sin embargo, el propio mundo no empezó a hablar en inglés hasta 1642, cuando los monárquicos usaron las convulsiones provocadas por la Guerra Civil como insulto para describir las variadas facciones que componían el Nuevo Modelo de Ejército de Cromwell. No es hasta un siglo después, durante la Revolución Francesa, cuando nos encontramos a algunos de los Enragés que se oponían al gobierno revolucionario refiriéndose a sí mismos como anarquistas y utilizando la expresión de forma positiva. Además fue en el Siglo XVIII cuando William Godwin escribió su obra “Justicia Política”, defendiendo la libertad individual de acuerdo al juicio individual de cada uno o una, al mismo tiempo que se permite la misma libertad a otro individuo. En 1844, el libro del filósofo Max Stirner: “El Único y su Propiedad”, sugería que los individuos eran libres de hacer lo que estuviese físicamente en su poder, sin tener en cuenta al resto, incluso pudiendo llegar al asesinato. Más tarde, las teorías de Stirner se asociarían con el movimiento llamado Anarquismo Egoísta, aunque Stirner nunca se definió como anarquista. El primer escritor que lo hizo fue Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). Proudhon propuso una forma de anarquía llamada “mutualismo”, que aunque estaba basada en la libertad de los individuos, supuso más un modelo de la forma en la que la Sociedad podría funcionar si estuviese gobernada por principios anarquistas, siendo libre todo el mundo de trabajar en lo que quisiera realmente. Proudhon daba por hecho que esto podía llevar a lo que él llamaba un “orden espontáneo”, en cuanto la gente se diera cuenta de todos los beneficios que supondría la cooperación mutua y la organización de los pueblos o ciudades a través de comunas, donde cada zona estaría gobernada de forma local e independiente. Pero, ¿cómo se podría hacer realidad esta condición utópica?
A finales de 1800 y principios del Siglo XX se formularon gran variedad de respuestas diferentes a esta pregunta. El Anarquismo Colectivista, tal y como lo definió Mikhail Bakunin, se oponía a la propiedad privada, siendo incautadas las fábricas y las instituciones gubernamentales por medio de la revolución violenta y la colectivización. Probablemente los seguidores de Bakunin sean los que han contribuido en gran medida a la representación habitual de los anarquistas como maníacos lanzadores de bombas, pero no se puede negar su inteligencia y perspicacia. Inicialmente Bakunin estaba entusiasmado con los objetivos de la Asociación Internacional de Trabajadores, más conocida normalmente como Primera Internacional, siendo Karl Marx el alma de la misma en la época. Las divisiones entre los dos hombres eran evidentemente obvias, porque como predijo Bakunin, y como pudo verse más tarde con absoluta precisión, la siguiente resolución del partido marxista sería sencillamente reemplazar a las clases dirigentes contra las que habían estado luchando.

Por otra parte, Peter Kropotkin, que también se oponía igualmente a la propiedad privada, sentía que debería abolirse legalmente en lugar de adquirirse a través del derrocamiento sangriento, reorganizando a continuación la Sociedad en federaciones de comunas locales auto-gobernadas. Así, el debate anarquista iba y venía según aparecían otras escuelas de pensamiento o subdivisiones que constantemente se enfrentaban, y no existía algún principio unificador salvo su aversión a la autoridad. Eso sí, esa aversión fue suficiente como para unir a los anarquistas de toda cepa en contra del fascismo que emergió en Europa entre 1920 y 1930, muy notablemente durante la Guerra Civil española, cuando las milicias anarquistas lucharon bajo la bandera negra contra los ejércitos del general Franco. Su derrota final en 1939 fue en parte por culpa de los estalinistas destinados para ayudar en la contienda, porque en su lugar persiguieron tanto a los anarquistas como a los marxistas disidentes que conformaban gran parte de las fuerzas rebeldes. Como también predijo Mikhail Bakunin hacía cuarenta años, más o menos la Revolución Rusa había estado funcionando antes de que Stalin se convirtiese en el nuevo Zar Rojo de la nación.
Por supuesto, las derrotas más famosas no se deberían percibir como prueba fehaciente de que la anarquía no funciona. La Cómuna de París, fundada en 1789 y mantenida bajo principios anarquistas, lo hizo perfectamente hasta que fue suprimida cinco años más tarde por las fuerzas armadas de la Convención Nacional mediante una brutal masacre que mató a más gente normal que los aristócratas que habían conocido su fin durante la Revolución, pero por alguna razón este hecho es uno de los que se suele hablar menos. Casi un siglo después, los hugonotes franceses, que habían establecido comunidades capaces de auto-abastecerse y auto-gobernarse en el East End londinense, fueron obligados a alzarse en protesta de la imposición de un paralizador impuesto dirigido directamente en contra de su único medio de ingresos, para ser abatidos a continuación por las tropas armadas que habían estado acampando a la espera en los mismos famosos lugares que recorrió Jack el Destripador: la zona de Christchurch, en Spitalfields.

Ambos ejemplos parecen indicar que la anarquía es factible y viable, pero además ilustran el hecho de que por lo general las fuerzas del orden a las que se oponen intentan eliminarla allí donde haga aparición. Y eso a pesar de que las teorías anarquistas han continuado desarrollándose y evolucionando hasta la actualidad, siempre en vanguardia con teorías fascinantes como las Zonas Temporalmente Autónomas de Hakim Bey, y también a pesar de que todavía no se ha consensuado de forma clara cómo se podría llevar a cabo una sociedad anarquista trabajadora. Si somos realistas, deberíamos afrontar que no podemos esperar que nuestros gobernantes se queden sentados y permitan una doctrina que se deshará de lo que ellos mismos han establecido, ni tampoco podemos suponer que después de unos cuántos miles de años de contar con personas que nos dicen qué es lo que tenemos que hacer, muchos de nosotros seamos capaces de manejar una alternativa. Naturalmente, se necesitaría educar a la mayoría de personas hasta llegar al punto en el que sean capaces de ordenar en sus propias vidas sin interferir en las del resto. Al igual que también está clarísimo que uno de los intereses de cualquier Estado no es precisamente el de educar a su pueblo hasta un punto en el que puedan prescindir de él. En la actualidad, internet tiene el potencial para proporcionar los medios de llevar a cabo esa educación, e incluso permitir la creación de moneda alternativa y sistemas de trueque como el del movimiento “Green Pound”, que por lo general suele aparecer de forma intermitente en las áreas más desfavorecidas de Gran Bretaña y por medio del cuál, sobre todo las personas desempleadas, intercambian horas de trabajo como método para evitar la moneda oficial por completo. Pero incluso si pudiésemos aprovechar todas estas posibilidades de una forma aparentemente útil, ¿podría existir algún tipo de sociedad imaginable que permitiese estos medios de auto-abastecimiento y autodeterminación, llegando a existir o incluso a ser prácticas de forma prolongada? Resumiendo: ¿cómo podemos llegar hasta allí desde aquí?
¿Dónde está el paso que obviamente necesitamos entre una existencia bajo el ala de gobiernos inútiles u opresivos en general y la existencia en un mundo de autodeterminación en el que la anarquía mantenga la esperanza? Incluso si pudiésemos imaginarnos esa sociedad de transición benigna, ¿cómo podría ser la sociedad de la que cualquier anarquista querría formar parte, una sociedad que de alguna forma funcionase sin gobernantes?

Como ha sido Grecia la que nos ha ofrecido los orígenes de la palabra anarquía, lo mejor será investigar a los ancianos griegos para buscar una solución. En la ciudad-estado de Atenas el líder era elegido mediante un proceso que se llamaba selección por sorteo, que básicamente es un tipo de gobierno que utiliza la lotería. En todas las decisiones que concernían al Estado se elegía a un jurado que era designado al azar entre todas las partes de la comunidad por medio de la votación o el sorteo. A continuación ese jurado escuchaba con atención el debate informativo presentado por ambas partes de la discusión, al igual que hace un jurado actual en un caso judicial. Después se realizaba una votación sobre el tema a tratar y el jurado era disuelto. Este sistema parece estar mucho más cerca de cumplir las condiciones que hay detrás de una verdadera democracia (que es lo mismo que decir el gobierno del pueblo) que la gestión llevada a cabo por nuestro actual modelo de gobierno, con un representante elegido en ciertas ocasiones. Y además, en gran medida estaría blindado contra la corrupción. Ningún grupo o corporación con intereses especiales podrían influir en el gobierno si nadie sabe quién va a gobernar hasta la próxima vez que se vayan a llevar a cabo unas elecciones. Tampoco sería demasiado probable que un juez votase un conjunto de privilegios especiales para un jurado, tales como la posibilidad de solicitar la devolución de los gastos generados por sus unicornios en el corral, cuando ellos mismos ya no serían miembros del jurado que pudiesen aprobar esos beneficios. De hecho, el jurado estaría más interesado en votar a favor de las medidas que fuesen positivamente más beneficiosas para la multitud de la que volverían a formar parte inmediatamente después de la votación.

Obviamente, habría que realizar enmiendas constitucionales enormes antes de abordar este enfoque, pero, ¿tan impensables son estas reformas constitucionales cuando las alternativas que tenemos son la inutilidad, la ineficacia, la revolución violenta o la opción de quedarnos simplemente sentados sin hacer nada mientras nuestros líderes (en su mayoría) no electos nos hacen bailar en guerras, recesiones desastrosas y la posible extinción de las especies, mientras demandan que les paguemos por servicios que nadie había solicitado?

Al eliminar de un plumazo los peores excesos y abusos que acarrea el liderazgo, el enfoque ateniense al menos podría solucionar los problemas más difíciles que conlleva la anarquía, permitiendo una sociedad con una dirección clara y coherente que no tuviese que soportar gobernantes en ninguno de los sentidos convencionales del término. En tiempos que parecen desesperados a pesar de todos nuestros masivos avances tecnológicos, quizá debamos invitar a entrar a la anarquía desde el frío exterior y echar un vistazo cercano a aquellas ideas y posibilidades que este “coco” de negruzco sombrero nos puede ofrecer.

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