miércoles, 17 de junio de 2015

SUPERHÉROES EN EL DIVÁN, UNA ESPECULACIÓN PSICOANALÍTICA, por R. C. Harvey (1 de 2)

Superhéroes en el diván. Una especulación psicoanalítica. Primera parte. (Por R.C. Harvey para The Comics Journal nº 104, traducida por Frog2000.)

Peter Parker es el primero que del que nos acordamos. Si hay algún superhéroe que haya necesitado pasar por la consulta alguna vez, sin duda es él. Pero no temas: tu amigable vecino Spider-Man emergerá de la sesión con todas sus entrañables obsesiones intactas. Puede que encontremos algo psicológico relacionado con la raíz de sus problemas, pero mantendremos la psiche de Peter tan acribillada por las dudas y recelos como es habitual.

Con este artículo quiero llevar a cabo un tipo de psicoanálisis que desvele de qué forma nos suelen atraen los superhéroes apelando a nuestro subconsciente. En los círculos literarios, a este juego se le llama crítica psicoanalítica. Aunque no quiero liar las cosas explorando todas las implicaciones de la crítica psicoanalítica de una sentada, sin duda los principales postulados de la teoría necesitan de una breve enumeración. Así que si puedes tener paciencia durante un par de despiadados párrafos teóricos, te prometo que al final te podrás enterar de algunas revelaciones fascinantes y escandalosas. 
En estos tiempos ilustres, la mayoría de nosotros aceptamos la idea de que tenemos una vida mental subconsciente (o inconsciente) y que las preocupaciones de nuestro subconsciente tienen cierto efecto sobre nuestro comportamiento consciente. En la caverna de nuestra subconsciencia se recogen los residuos de nuestra imaginación y los anhelos primerizos (impulsos libidinosos que buscan la gratificación instantánea y los oscuros fantasmas de las fantasías infantiles.) Según seguimos vadeando la infancia, descubrimos que muchos de los impulsos del Id [Ello] no son socialmente aceptables, y en un esfuerzo inconsciente por aplacar a la sociedad, aprendemos a controlar dichos impulsos, mientras que durante el proceso adquirimos una consciencia o Superyó. Por lo general, nuestro control se logra mediante el compromiso: sustituimos o sublimamos los deseos prohibidos de nuestro Id con algunas alternativas aceptables. Pero a pesar del gran control que ganamos durante esta etapa, esos deseos secretos permanecen, así como los fantasmas sombríos de las fantasías por las cuales como infantes nos concedemos nuestros deseos secretos.

La crítica psicoanalítica supone que las estructuras argumentales y las caracterizaciones que encontramos en la literatura son formas e intenciones que funcionan como un vago eco de aquellas fantasías de nuestro subconsciente. Cuando nos topamos en la literatura con estas configuraciones, las emociones asociadas a las fantasías se empiezan a activar en nuestro subconsciente y su resonancia afecta a la respuesta de nuestro consciente respecto a lo que leemos. Por lo tanto, seguimos todos influidos por Jung, y fácilmente también estamos un poco "freudinizados". Al igual que los deseos de nuestro consciente son colmados por el desarrollo de la trama, también nuestro subconsciente paralelo (y prohibido) desea ser gratificado. Nuestras respuestas emocionales conscientes se ven por lo tanto reforzadas por las respuestas del subconsciente. Por otro lado, si los deseos subconscientes no son ratificados por las resoluciones conscientes de la trama, la falta de armonía resultante socavará nuestra satisfacción consciente y nos dejará vagamente infelices con el resultado de la historia.
La experiencia, dicen, puede resultar terapéutica: según atendemos conscientemente las evoluciones y giros de la trama, por otra parte disfrutamos subconscientemente de los deseos prohibidos, y además su indirecta gratificación los exorciza temporalmente de nuestro sistema (o, por el momento, los hace menos potentes.)

De todo esto se infiere que es probable que lo que más necesite este país sea un buen analista de 5 centavos. Y lo que viene a continuación no es más que mi humilde contribución, a un precio de apenas 2 centavos.

Comencemos por lo más obvio: muchos superhéroes del comic book tienen personalidades divididas. Por una parte, son figuras muy visibles, poderosos luchadores contra el crimen y la maldad. Por la otra, cada uno dispone de su propia identidad privada, una "identidad secreta" de dimensiones modestas y nada pretenciosas. En muchos casos, la personalidad de su vida privada es la de la persona "real": es esa identidad la que tiene una historia personal (nacimiento, padres, educación, salario, etcétera) La personalidad privada normalmente se convierte en superhéroe a través de un accidente por el cuál adquiere poderes especiales, o siguiendo un entrenamiento especial de algún tipo. Después de esto, se podría decir que el superhéroe es tan "real" como su identidad secreta.

Sin embargo, la cualidad esencial de esa identidad dual permanece virtualmente constante en todos los superhéroes: la identificación de la identidad secreta del superhéroe (o viceversa) por parte del público es algo que se tiene que evitar a toda costa. Podríamos avanzar varias razones para justificar el necesario esfuerzo vigilante por mantener secreta la conexión entre las dos identidades de un superhéroe. Pero muchas de ellas se pueden simplificar con una sola afirmación: si todo el mundo supiese la "verdadera" identidad secreta de tal o cual, la eficacia del héroe combatiendo el crimen y la maldad se podría ver comprometida.
A pesar de estas justificaciones, las circunstancias que rodean a la mayoría de los superhéroes son que su doble identidad se debe mantener en secreto. La ferviente protección de ese secreto arroja una evocadora sombra sobre la respuesta subconsciente de cada lector. En su dimensión más amplia, la respuesta de nuestro subconsciente frente a dicha protección de la identidad dual es muy parecida a la de aquel que guarda un secreto culpable. Es como si todas las identidades y personalidades privadas que también son súperhéroes tuviesen que mantener sus identidades como superhéroes en secreto porque de alguna forma, esas identidades están prohibidas o son aspectos inaceptables de sus personalidades. Si traducimos esta situación en términos psicológicos, las razones del subconsciente para mantener el secreto se empiezan a revelar claramente. En su guisa como súper-poderosos luchadores contra el crimen, la mayoría de los superhéroes son desenfrenadamente agresivos. En el subconsciente humano, la agresión se asocia con actos que por lo general están prohibidos. Son actos que surgen como consecuencia de intentar satisfacer los poderosos deseos del Id con el objeto de buscar la gratificación que la sociedad civilizada preferiría que la gente complaciese de otras formas (sublimadas.) Por otra parte, a pesar de que los superhéroes actúen nominalmente en nombre de la ley y el orden, la mayoría de ellos trabajan ajenos a la labor de esas fuerzas de la ley y el orden, y de hecho, suelen violar los procedimientos sistemáticos de aplicación de la ley, porque suelen arrastrar a sus enemigos ante la "justicia". (Por ejemplo, no hay muchos superhéroes preocupados por los derechos constitucionales de los criminales a los que persiguen.)
Al burlarse de los procedimientos policiales habituales, los súperhéroes desafían los dictados de la sociedad (una abreviatura de las estructuras de la conciencia o el superyó.) Por lo tanto, al realizar sus empeños acostumbrados los superhéroes se ven contaminados por dos características que en el subconsciente normalmente se ven asociadas con la conducta prohibida: son excesivamente agresivos y desafían a la autoridad. Por lo tanto, parece como si la culpable protección de la identidad secreta que realizan estas personas con vida privada que también son superhéroes fuese un aspecto más de la personalidad humana, aspecto que busca la gratificación sin tener en cuenta la corrección y decoro de las fuerzas de la autoridad debidamente constituidas: el Id, ese manantial de deseo libidinoso, burbujea debajo de la conciencia.

Cada vez que un superhéroe se disfraza con su colorido atuendo de batalla y sale a "luchar contra el crimen", también recae en un acto subconsciente mediante el que busca el cumplimiento de su deseo, un deseo libidinoso que arremete contra toda restricción y confinamiento de las costumbres sociales que normalmente se internalizan en la conciencia (o Superego). Su agresión por principio y sus violentos actos casi sin ley, simbolizan tanto el desafío como el deseo: algo normalmente prohibido. Y tales actos representan las indulgencias que anhela el Id. Con cada golpe que suministra en nombre de la justicia, el superhéroe satisface a la vez las ansias inconscientes del Id por dejar en libertad los dictados del controlador Superyó. A diferencia del resto de nosotros, el superhéroe se entrega abiertamente a satisfacer sus deseos prohibidos. Y ese es su secreto culpable.
Pero los actos violentos del superhéroe representan algo más que una indulgencia libidinosa generalizada. Como observó Leslie Fiedler ("New York Times Book Review", 5 de septiembre de 1976), en las súper-heroicidades también se pueden encontrar rastros de sexualidad. Para Fiedler, (tanto a nivel personal como históricamente) los comic books empezaron a finales de los veinte bajo la forma de las biblias de ocho páginas, aquellas arremetidas irreverentes contra la moralidad convencional que representaban a populares personajes de historieta en orgías de fantasía sexual. Según Fiedler, el "segundo inicio respetable" realizado por los cómics a finales de 1930 apelaba a los mismos apetitos que los panfletos de ocho páginas, excepto que la sexualidad esencialmente violenta de las Biblias de Tijuana se transformó en una versión más aceptable, la violencia física en nombre de la ley y el orden. Por lo tanto, las hazañas de Superman eran tan "esencialmente fálicas, horribles y mágicas" como los impíos actos sexuales de Tillie The Toiler y Mac que aparecieron tiempo antes para colmar las fantasías de un Fiedler de doce años.

(Continuará)

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