lunes, 20 de julio de 2015

ENTREVISTA CON KEIJI NAKAZAWA (PIES DESCALZOS), 2003. Parte 2 de 5.


ENTREVISTA CON KEIJI NAKAZAWA EN THE COMICS JOURNAL 256, OCTUBRE DE 2003. Parte 2 de 5. Traducida por Frog2000. Parte 1. 

NAKAZAWA Por mucho que fuese Agosto no disfrutábamos de vacaciones. Los niños teníamos que ir a clase durante todo el verano, la idea era la de que tenían que convertirnos en “ciudadanos fuertes”. Ese día me dirigía a la escuela primaria de Kanzaki por mi ruta habitual. Si hubiese cruzado la puerta de la escuela un momento antes puede que ahora no estuviese aquí. Sólo algo así de insignificante... a menudo he pensado en ello. La suerte o el destino son una cosa extraña.

Según estaba entrando por la puerta la madre de uno de mis compañeros de clase me llamó. Me preguntó si nuestra clase se quedaría ese día en la escuela o si iríamos a un templo cercano como hacíamos a veces. Siempre cambiaban de sitio porque algunas escuelas eran bombardeadas durante las incursiones aéreas. Le dije que no lo sabía, que tenía que preguntárselo al profesor. Me quedé ahí plantado y la señora se adelantó como un metro por delante mío. Justo entonces pudimos ver a un solitario avión volando sobre nuestras cabezas. “¡Es un B-29!”, grité. “Si, lo es,” respondió. Pero todavía no habían sonado las alarmas anti-aéreas, como era habitual. La señora dijo que era muy extraño. Y entonces, justo en ese momento se produjo un fuerte destello. Parecía como si se precipitase sobre mí. Recuerdo que el centro era de color blanco puro, luego era de blanco-azulado y acababa con rojo-anaranjado por los bordes. Pude ver el destello durante un instante y después ya no recuerdo nada más.

Lo siguiente que recuerdo era una tonalidad oscura. Parecía que era de noche. Pero un momento antes el cielo estaba completamente azul. Sentí que algo se clavaba en mi mejilla, un clavo, y aún sigo teniendo la cicatriz, ¿la ves? Me pregunté qué era lo que había ocurrido. Cuando intenté levantarme me encontraba bajo un montón de tejas y tablas. El muro de la escuela se había derrumbado encima mío. Me arrastré para poder liberarme. Enfrente de mí estaba la señora con la que acababa de hablar, pero ahora se encontraba tirada en mitad de la calle. Su pelo estaba completamente quemado, su cara y su piel eran de color negro, y me estaba mirando directamente.

Salí al exterior. La calle era una ancha avenida con los raíles del tranvía discurriendo por la mitad. Todas las casas de ambos lados se habían derrumbado, y los cables del tranvía que estaban por encima nuestro se habían retorcido como si fuesen telas de araña. Supongo que me asedió el instinto animal de que tenía que regresar a casa cuanto antes. No podía pensar en nada más excepto en que me tenía que volver a casa. Mientras estaba corriendo, las primeras personas que pude ver fueron a seis o siete mujeres que caminaban a los lados de la calle y que tan solo iban vestidas con su ropa interior. Todas tenían cristales clavados en su cuerpo en ángulos diferentes, alguna en el lado izquierdo, otra en el frontal de su cuerpo, algunas en el lado derecho, otras en la espalda. Las había golpeado el cristal de las ventanas que se habían roto. Luego pude ver a gente cuyos cuerpos parecían haber sido coloreados de azul. Cuando los mirabas más de cerca, te dabas cuenta de que estaban completamente cubiertos de fragmentos de vidrio. Más adelante llegué a un lugar donde las personas estaban situadas a lo largo del borde de la carretera, como si fuesen una alfombra humana. Su piel estaba quemada y se había vuelto negra por completo. Otras personas se estaban arrastrando por la carretera para poder beber agua de una bomba de agua que se encontraba al otro lado. Seguí adelante. No entendía lo que había ocurrido. Lo que parecía muy extraño es que nadie lloraba. Algunos estaban bebiendo en silencio tan rápido como podían; otros estaban sentados quitándose los cristales del cuerpo. Seguí corriendo a lo largo de la calle hasta que llegué a mi barrio, pero éste se encontraba en llamas y no pude acercarme hasta mi casa. Supongo que ahí fue cuando empecé a percibir algo de lo que estaba ocurriendo. Corrí hasta mi calle y empecé a gritar con toda la fuerza de mis pulmones, “¡Mamá! ¡Papá!”, los busqué a lo largo y ancho de toda la calle.

Había una multitud de personas caminando en silencio, como si fuese un desfile de fantasmas. Su piel estaba toda en tiras. El calor de la bomba atómica alcanza alrededor de los 5.000 o 6.000 grados, ya sabes; la piel se te derrite justo al instante. Pero la piel humana es algo bastante increíble. Se pela completamente hasta llegar a las uñas y se queda ahí colgando. Así que las personas caminaban con las manos enfrente suyo, y arrastrando la piel de los brazos por el suelo. Como si fuesen un puñado de fantasmas. Cuando la explosión de la bomba alcanzó la cara de la gente, sus ojos saltaron y se quedaron colgando de las órbitas. Así que la gente se tambaleaba mientras sostenía sus globos oculares con las manos. Si la explosión te había golpeado en el vientre, este se había abierto por la mitad, por lo que algunas personas tenían sus intestinos derramados fuera de ellos y estaban intentando meterlos dentro de nuevo. Otra cosa que noté fue que las personas que vestían ropa blanca tenían la ropa intacta. Pero el resto de ellos se había quemado por completo. Más tarde me enteré de que el calor de la explosión se comporta como la luz cuando rebota en un espejo. Se reflejaba en la ropa blanca, pero era absorbida por la ropa oscura. Desafortunadamente, en ese momento de la guerra la mayoría de la gente tenía el hábito de usar ropa oscura para no ser visibles por la noche cuando nos sobrevolaban los aviones enemigos.

Así que yo estaba corriendo a través de este escenario, llamando a mi madre y a mi padre. Milagrosamente, una vecina me reconoció. Ella estaba allí de pie completamente cubierta de cristales, presionando partes de su cuerpo para intentar detener la hemorragia. Me dijo que mi madre estaba junto a las vías del tranvía cerca de cierta intersección. Ni me lo pensé, empecé a correr. Cuando llegué a dicho cruce encontré a mi madre sentada en uno de los futones que habían distribuido a un lado de la calle. Estaba sentada allí con la mirada perdida. Recuerdo que simplemente nos quedamos mirándonos uno al otro; no teníamos energía ni para hablar. Entonces me di cuenta de que estaba sosteniendo algo en sus brazos. Era un bebé. La sacudida de la explosión había provocado anticipadamente su nacimiento.

GLEASON: ¿Así que dio a luz justo ahí, a uno de los lados de la carretera?

NAKAZAWA: Sí, sólo un poco antes de que yo llegase. El bebé era una niña. Nos sentamos allí mirando el desfile de fantasmas mientras pasaban. Las personas huían del epicentro. Vivíamos algo retirados de la ciudad. Había campos de hortalizas a ambos lados de la carretera a nuestro alrededor, estaban completamente cubiertos de cuerpos. La gente se había derrumbado encima de las verduras. Supongo que buscarían el frescor para aliviar sus cuerpos quemados.

En algún momento la lluvia empezó a caer sobre nosotros. Tenía la consistencia pesada del petróleo. Nadie sabía lo que era. Alguien dijo que los estadounidenses debían estar tirando petróleo sobre Hiroshima para hacer que el fuego se propagase más rápido. Pero tuvimos mucha suerte. Si hubiésemos huido hacia el oeste, nos habríamos quedado completamente expuestos a la lluvia negra y habríamos muerto por culpa de la radiactividad. Pero nos marchamos hacia el sur, y sólo unas pocas gotas cayeron sobre nosotros. Algunos huyeron hacia el oeste, por lo que muchas personas murieron de enfermedad por grave envenenamiento radioactivo o de leucemia. Así que nos pasamos el resto del día sentados allí. Luego, por la noche, la gente a nuestro alrededor comenzó a gemir de sed. No podíamos dormir. Mi madre se apiadó de ellos y se dirigió hasta la bomba para sacar agua para dársela. Ellos agarraban la cuchara y se metían el agua en la boca lo más rápido que podían, y a continuación, en cuestión de segundos, caían muertos. Tal vez se produjese un shock en su sistema o tal vez hubiesen estado esperando ansiosamente el agua con un hilo de vida, así que cuando finalmente algunos la conseguían, ya podían dejarse ir y fallecer.

Cuando amaneció al día siguiente, casi todo el mundo que se había quedado tirado en los campos había muerto. El hedor de los cadáveres era horrible. No se podía respirar, especialmente por todo lo que calentaba el sol a mediados del verano. Decidimos subir hasta una colina cercana, Sarayama, donde los árboles podrían proporcionarnos algo de sombra. Pero la colina estaba tan repleta de gente que no pudimos encontrar ningún espacio para sentarnos, así que nos dimos por vencidos y nos fuimos de allí. Justo entonces me di cuenta de que sentía que me picaba mucho la parte posterior de la cabeza y el cuello. Resulta que allí había sufrido quemaduras de la bomba. La pared de la escuela no había bloqueado por completo el fogonazo y me había quemado la cabeza y el cuello. Había un puesto de primeros auxilios que el Ejército había instalado en una carpa en la parte inferior de la colina, así que nos fuimos allí para que yo pudiese recibir algún tratamiento. Pero no tenían ningún tipo de medicamento. Le dijeron a mi madre que me emplastara las heridas con jugo de una planta de calabaza. Lo hizo durante un año y se me curó.

No había ningún lugar donde ir, pero teníamos que hacer que mi hermano mayor Yasuto supiese que estábamos vivos, así que volvimos a la calle principal, cerca de donde había estado nuestra casa, y esperamos a que regresara. Mi hermano había sido reclutado para trabajar en el astillero Kure, a las afueras de Hiroshima; ayudó a construir el acorazado Yamato, por lo que no se encontraba en Hiroshima cuando cayó la bomba. Finalmente hizo que nos encontraran, y luego nosotros cuatro, incluyendo al bebé, nos marchamos a un pueblo que está en las afueras de Hiroshima llamado Eba, donde teníamos parientes. No estaban demasiado contentos de vernos porque estaban cortos de alimentos.

GLEASON: Describes esa misma situación en Pies Descalzos. ¿Se desarrolló tal y como aparece en la obra?

NAKAZAWA: Si, exáctamente de la forma en que la describo en “Gen”. Nos dejaron quedarnos en un almacén que tenían, pero fueron verdaderamente desagradables con nosotros.

GLEASON: ¿Cuando te enteraste de que el resto de tu familia había perecido en el fuego?

NAKAZAWA: No fue de inmediato. Después de llegar a Eba y de tranquilizarnos un poco, mi madre me dijo por primera vez la forma en que ellos habían muerto, fue tal y como la describí en “Gen”. Se quedaron atrapados bajo las vigas caídas de nuestra casa y estuvieron quemándose hasta que murieron. La cabeza de mi hermano pequeño Susumu se había quedado atrapada en una puerta que se había derrumbado, pero aún podía mover las piernas. Mi madre trató de sacarlo de allí, pero no pudo. Mi hermano estuvo llorando y llorando por lo mucho que le dolía, y mi padre le estuvo gritando a mi madre que hiciese algo. Pero no había nada que ella pudiera hacer. Perdió temporalmente el juicio. Ellos se estaban muriendo justo enfrente de ella. Decidió que moriría con ellos, pero mientras las llamas seguían quemando nuestra casa, vino un vecino y la arrastró hasta llevársela lejos de allí. La dijo que no tenía sentido que ella también muriese. Todavía podía oír los gritos de mi hermano y de mi padre desde el interior de las llamas mientras él la apartaba. Mi hermana Eiko había muerto al instante, gracias a Dios.

Después de unos días, volví con Yasuto a donde había estado la casa, y encontramos los huesos de mi padre, mi hermana y mi hermano pequeño allí donde habían fallecido. Pusimos sus cráneos en un cubo y nos los llevamos con nosotros. Cuando sostuve el cráneo de mi hermano pequeño en mis manos, aún recuerdo el escalofrío que sentí por todo el cuerpo, incluso en aquel caluroso día de verano. Estuve pensando en lo terrible que debía haber sido para él, reclamándole ayuda a mi madre, con la cabeza atrapada bajo esa viga, con el cuerpo ardiendo. Esa fue la primera vez que veía Hiroshima desde que nos habíamos marchado a Eba. Todo lo que quedaba de la ciudad era una vasta llanura arrasada. Las únicas estructuras que aún quedaban en pie eran las cisternas de cemento que estaban llenas de agua para poder extinguir incendios. Esos tanques estaban llenos de cadáveres de personas que habían intentado escapar de los incendios. Se podía ver a padres e hijos aferrados unos a otros. Parecían humanos, incluso muertos. Según te acercabas al epicentro de la bomba, las cisternas se habían desbordado con los cuerpos. La gente había saltado en el interior de los tanques, una persona tras otra, cayendo encima de la anterior. La forma en la que los cadáveres se habían quedado amontonados era muy simétrica. Las únicas cosas que se movían sobre las ruinas eran las moscas. Había nubes de moscas por todas partes. Te seguían en enjambres. Pensé que me iban a comer vivo. En el centro, debajo del puente cerca del epicentro de la explosión, el río estaba lleno de cadáveres hinchados en descomposición. Aparecían y desaparecían bajo el agua con la marea. De vez en cuando se oía un fuerte chasquido cuando el gas hinchaba el cadáver y abría su vientre de golpe. Toda la ciudad estaba llena de cuerpos. Por todas partes por las que estuve se podían ver cadáveres carbonizados, ennegrecidos. 

GLEASON: ¿Así que os quedásteis una temporada en Eba después del bombardeo?

NAKAZAWA: Sí, pero la gente de allí nos trató muy mal, claramente no nos querían cerca, así que decidimos irnos tan pronto como pudiésemos. Empezamos recogiendo madera, y cuando tuvimos suficiente regresamos a la ciudad y nos construimos una choza entre los escombros, no lejos de donde está la Cúpula de la Bomba Atómica [Cúpula Genbaku]. 

Volvieron a abrir una escuela en Hiroshima un mes después del final de la guerra. Pero no teníamos nada con lo que estudiar: no había papel, ni libros de texto, ni pupitres. Pasábamos nuestro tiempo libre rondando por las ruinas, también por la Cúpula de la Bomba Atómica. Desde allá arriba se podía ver todo el panorama de lo que quedaba de Hiroshima. Alrededor de aquella época se podían ver piras crematorias ardiendo sin parar. Por doquier se podían ver hectáreas y hectáreas de huesos apilados producto de dichas cremaciones.

GLEASON: ¿Tenías amigos con los que hacer piña, alguien como el mejor amigo de Gen, Ryuta?

NAKAZAWA: Bueno, yo era el chico que peor se comportaba de toda mi escuela. Siempre estaba metido en peleas. Era el jefe de mi propia pequeña pandilla. Nos gustaba deambular por las ruinas recogiendo chatarra para venderla en el mercado negro y tener efectivo en el bolsillo. El mercado negro era el único lugar donde podías conseguir la mayoría de los artículos de primera necesidad, y por supuesto, estaba manejado por la Yakuza. No los podías evitar. Así era como funcionaban las cosas en ese momento. Todo el mundo estaba desesperado.

GLEASON: ¿Cuándo descubriste los cómics y empezaste a dibujar?

NAKAZAWA: Creo que sería en tercer grado, en torno a 1948, cuando pude ver por primera vez el cómic “Shin-Takarajima” [La Nueva Isla del Tesoro] de Osamu Tezuka. Del primero del que escuché hablar fue cuando me enteré de que uno de mis compañeros de clase poseía uno. Le importuné todo lo que pude para que me lo prestara, pero no me lo dejó. Lo deseaba tanto... Así que ahorré el dinero que sacaba de la venta de chatarra y finalmente me compré mi propia copia. Pasaba todo mi tiempo libre leyéndolo una y otra vez.

GLEASON: ¿Habías oído hablar antes de Tezuka?

NAKAZAWA: No, nunca.

GLEASON: ¿Por qué querías leer cómics tan desesperadamente?

NAKAZAWA: En ese entonces no teníamos otras formas de entretenimiento. Los cómics eran algo nuevo y excitante. Además, nunca había habido antes grandes y gruesas revistas de historietas, tomos de buen tamaño como Shin-Takarajima, sólo cómics mucho más escuetos. El tamaño de los mismos también me resultaba muy emocionante.

GLEASON: ¿Eran comos los grandes mangas semanales que vemos hoy en día, al estilo Shonen Jump?

NAKAZAWA: Claro, de unas 250 páginas. El de Tezuka fue el primer manga que recuerdo haber visto, y fue con el que crecí.

GLEASON: ¿Ya dibujabas antes de poder ver por primera vez la obra de Tezuka?

NAKAZAWA: Siempre había sido bueno dibujando, incluso de niño, gracias al ejemplo que tenía en mi padre. Yo era bueno dibujando en el colegio. En cuanto me hice con los manga, empecé a intentar copiar dibujos de Tezuka. Con el paso del tiempo me iba convirtiendo cada vez más en un fanático del manga. En quinto o sexto curso envié una caricatura que había dibujado en una postal para un concurso de un editor de Tokio. Obtuve una mención de honor y mi nombre apareció en su revista. ¡Me alegré muchísimo!

GLEASON: ¿Pensaban tus compañeros que eras raro por ser un tío duro que también dibujaba cómics?

NAKAZAWA: Oh, eso me hizo más popular. Los niños se ponían en fila en la escuela y me pedían que dibujase caricaturas para ellos ¡estaba muy bien! Creo que es algo que estaba en mi sangre, es algo que heredé de mi padre. Me encantaban los dibujos. Podía dibujar durante horas y horas, completamente inmerso en mi propio mundo. Y si sigues haciendo algo que te gusta, finalmente te obligas a mejorar.

Cuando entré en la escuela secundaria me obsesioné aún más con el manga. Para entonces yo había puesto todo mi corazón en convertirme en un dibujante profesional cuando creciese. Quería ir al Instituto, pero mi familia no podía permitirse el lujo de pagarme la matrícula. Así que cuando me gradué en la escuela secundaria sólo tenía 15 años, pero tenía que encontrar un trabajo. Quería hacer algo que me ayudase con mis dibujos, así que decidí ser pintor de cartelería. Pintar señalizaciones te da más práctica en el dibujo, el rotulado y el coloreado, todas las habilidades que necesitas para dibujar manga. Así que pintaba señalizaciones durante todo el día, y cuando llegaba a casa me gustaba ponerme a dibujar manga. Lo hice hasta que tuve 22 años. Seguí enviando mi trabajo a los editores de manga de Tokio, gané una serie de premios y adquirí gradualmente más y más confianza en mi trabajo.

GLEASON: ¿Qué tipo de obras dibujabas en aquel entonces?

(Continuará)