lunes, 31 de agosto de 2015

EL CANTO DE SIRENA DE LA SANGRE (3 de 3)


EL CANTO DE SIRENA DE LA SANGRE.
El alzamiento de los vigilantes sedientos de sangre en los cómics, por Andrew Dagilis. Artículo aparecido originalmente en The Comics Journal nº 133 (1989). Traducido por Frog2000. Parte1, parte 2.

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EL VIGILANTE SUPER-HERÓICO

Los super-héroes encajan en el molde del vigilantismo, y como ocurre con los héroes más malvados y magros de los ochenta y noventa, son vehículos para cumplir los deseos de una nación que se cree asediada, un país que ha perdido la fe en sus instituciones más fuertes y que ha dejado de creer en lo mejor de sus propios habitantes. La ley, la propia Constitución, ha probado ser "ineficiente" y por eso los super-seres se crean por encima de la ley, más allá de los derechos y libertades consagrados en la Constitución, por lo que los héroes se convierten así en promotores de la justicia abusiva.

El terror existe en la oscuridad de la noche: las casas son asaltadas, las comunicaciones privadas son interceptadas, la gente golpeada y coaccionada de cualquier forma posible con el fin de obtener información, incluso cuando al hacerlo se ponga en peligro a familiares o amigos de la víctima. En todo lo que hacen, los super-héroes no responden ante nadie. De hecho, sus actuaciones son acusadamente similares a las de aquellas prácticas que tanto deploramos y que se llevan a cabo en países autoritarios, excepto que en aquellos países las hacen regímenes en lugar de individuos solitarios (aún así, si se sumaran cuántos super-héroes hay tan solo en los Universos Marvel y DC…)

Alan Moore tenía razón: ¿Quién vigila al vigilante? No tienen responsabilidad alguna. Como Oliver North, tan sólo les guían sus convicciones. Para ellos, realmente el fin justifica los medios, y cada vez más, cualquier medio.

Y al igual que Oliver North, a menudo los super-héroes son tan conservadores como los anticuados ideales que protegen: pocos de ellos no son patrióticos. Personalmente encuentro sospechoso a los patriotas, porque se aferran a valores cuyo criterio se encuentra más allá del alcance de la razón. Sus lealtades son provincianas (estrechamente definidas por lo geográfico), excluyentes e irracionales. Como todos los extremistas, los patriotas se centran en su clan, son intolerantes (“Si no te gusta, lárgate”), y propensos a la megalomanía (“¡Somos los mejores!”) En realidad son mezquinamente territorialistas.

Peor aún, los super-héroes también son esnobs y elitistas, tratan a la gente “normal” con imperiosa condescendencia. En un cómic tras otro, el tipo común es descrito como auto-indulgente, poco constante, un granuja fácilmente corruptible que casi nunca hace nada que beneficie a sus valerosos super-defensores. Más a menudo de lo habitual, la comunidad que lo circunda no es nada más que un telón de fondo anónimo, o un peón atrapado en las caóticas luchas intestinas entre los super-vigilantes y sus super-oponentes. Es un punto de vista sobre la Sociedad y la normalidad singularmente misántropo. El mensaje parece ser el de que si no fuese por estos milagrosos "freaks", no existiría la Sociedad, una actitud que no sirve de ninguna ayuda y que el lector habitual de cómics reivindica por culpa de su distanciamiento social.


Como ocurre con las acciones de los vigilantes en la vida real, como consecuencia de sus cada vez más ardorosos conflictos, los hombres y mujeres buenos que ayudaban a equilibrar el panorama se marchan, dejando el control en manos de aquellos menos cualificados. Y quizá mucho más significante para el contexto de este ensayo, incluso las acciones más positivas de los vigilantes atraen a un amplio margen de sádicos y tipos de naturaleza violenta. A menudo dichas personas usan los movimientos a favor de los vigilantes como una ocasión perfecta para dar rienda suelta a sus pasiones más desagradables. Con la comunidad cayendo cada vez más cruentamente en el caos, los adalides de la racionalidad y la prudencia abandonan las patrullas de vigilantes, por lo que ambos lados del conflicto acaban reposando finalmente en manos de los peores y más extremistas de sus partidarios. El motivo original para crear las patrullas de vigilantes en cuestión casi son olvidados inmediatamente, y las guerras internas se convierten en la razón en sí misma, un complejo choque de personalidades y enemistades que consume a sus participantes y a cualquier persona desvalida que se cruce en su camino.

Como un baremo de las tensiones que se producen en dicha ahogada sociedad, el vigilantismo puede ser muy revelador, pero los intentos de aplicar sus métodos fronterizos para solucionar los diversos complejos problemas sociales, urbanos e industriales de América fracasan irremediablemente. Quizás el resultado más importante del vigilantismo (tanto del de verdad como el de su versión en cómic) sea la sutil -o no tan sutil- forma en que socava constantemente el respeto por la ley y los procesos democráticos por culpa de su repetida insistencia de que la ley sencillamente no es lo suficientemente buena, es demasiado "ineficaz", y que dicho proceso, cada vez que resulte conveniente, debería ser revocado y reemplazado por la fuerza bruta. (Todas los super-poderes se orientan hacia lo entrópico: rompen cosas. Rara vez -o nunca- los héroes tienen poderes constructivos, y los pocos que los poseen tienen capacidades no-destructivas (empáticas y demás), con lo que solo disfrutan de una tibia popularidad. El vigilantismo, entonces, supone el abandono de lo razonable, aferrándose en su lugar a las soluciones fáciles, y por lo tanto puede ser claramente etiquetado como inmaduro.

Por otra parte, los cómics de super-héroes promueven aún más la inmadurez suministrando poco más que estímulos simples. En "La Anatomía de la Destructividad Humana", Erich Fromm explica las diferencias entre los estímulos simples y los estímulos activos:

“En la literatura psicológica y neurofisiológica, la palabra "estímulo" se ha empleado casi exclusivamente para denotar lo que yo denomino aquí estímulo "simple". [...] La persona "reacciona" pero no obra... [...]


Lo que suele olvidarse es el hecho de que hay un tipo diferente de estímulo, que estimula a la persona para hacerla activa. Este estímulo activante podría ser una novela, un poema, una idea, un paisaje, la música o una persona amada. Ninguno de estos estímulos produce una respuesta simple; le invitan a uno a responder relacionándose activa y simpáticamente con ellos; a interesarse activamente, a ver y descubrir aspectos siempre nuevos en "su" objeto (que deja de ser un mero "objeto"), y a estar cada vez más y más despierto. [...] El estímulo sencillo produce una pulsión, un impulso, es decir, algo que empuja a la persona; y el estímulo activante produce un empeño o afán, o sea que la persona se esfuerza activamente en lograr un fin. [...] Los estímulos del primer tipo, los simples, si se repiten más allá de cierto umbral ya no son registrados y pierden su efecto estimulante. (Débese esto a un principio neurofisiológico de economía que elimina la conciencia de los estímulos cuando indican por su carácter repetitivo que no son importantes.) [...] Esta diferencia se confirma fácilmente por la experiencia de cada quien. Podemos leer una obra de teatro griega, un poema de Goethe, una novela de Kafka [...], sin aburrirnos nunca. [...] estos estímulos siempre están vivos, despiertan al lector e incrementan su conciencia. Por otra parte, una novelucha cualquiera aburre a la segunda lectura y da sueño."

A continuación Fromm aborda un tema de interés inmediato sobre los medios populares y el incremento de la espiral de la violencia:

“[...] cuanto más inerte es un estímulo, más frecuentemente debe cambiar de intensidad y/o género... [...] el organismo necesita estimulación y excitación... [...] es uno de los muchos factores que engendran destructividad y crueldad. [...]  Es bastante más fácil excitarse por enojo, rabia, crueldad o manía destructora que por amor e interés activo y productivo; el primer tipo de excitación no requiere ningún esfuerzo del individuo... no es necesario tener paciencia y disciplina, aprender, concentrarse, aguantar las frustraciones, ejercer el pensamiento crítico, superar su propio narcisismo y su voracidad. Si la persona no ha crecido, los estímulos simples siempre están a mano... [...] La gente puede también crearlos en su mente hallando razones para odiar, destruir y dominar a los demás. (Indican la fuerza de este anhelo los millones de dólares que gastan los medios de comunicación masiva para vender ese tipo de excitación.)


Por supuesto, existe todo un mundo de diferencia entre las fantasías sobre la violencia y la violencia en la vida real. Como apunta el psiquiatra inglés Anthony Storr en su libro “La agresividad humana”:

“No existen evidencias convincentes de que la lectura de dragones matando héroes o incluso de gángsters tiroteando a policías tengan un efecto perturbador en, o provocar la violencia en, los niños que no estén predispuestos [dicho énfasis es mío]; y aunque podemos deplorar la vulgaridad de los "cómics de terror", no tenemos justificación si suponemos que dicho material de lectura sea el responsable de asesinatos u otras acciones agresivas en la vida posterior del sujeto. [Y, sin embargo, cada año los anunciantes se gastan miles de millones de dólares en la creencia de que la repetición de las imágenes puede influir en el comportamiento humano...] Esto no niega que una dieta exclusiva de literatura violenta pueda ofrecer una imagen distorsionada de la realidad, o tener un efecto perjudicial sobre los niños cuya experiencia real sobre el mundo haya sido una en la que la violencia física jugase una parte tan notable.

El simbolismo de la agresión infantil es, y siempre ha sido, aterrador; pero... sólo cuando existe incapacidad para distinguir entre fantasía y realidad combinado con una persistencia de actitudes emocionalmente infantiles [dicho énfasis es mío], las fantasías tenderán a traducirse en hechos.”

En este contexto, Romain Gary ha observado: "El problema no es tanto que la violencia en la pantalla de televisión o en las películas, como suele decirse tan a menudo, conduzca a la delincuencia y a la violencia, sino que anhelar constantemente dichos acontecimientos, estar acostumbrado a la constante vibración dramática en la pantalla, al final te persuade de que una vida sin drama equivale a una sensación de no existencia".

Con el fin de complacer los más bajos instintos, los cómics de este tipo cuentan con "héroes" homicidas que simplifican los problemas complejos y luego los "resuelven" con soluciones igualmente simplistas.

Sus historias son poco más que que una serie sin fin de situaciones que nutren al héroe de oportunidades para desencadenar su crueldad. Para disculparse, los guionistas de cómics replican “sólo les damos a los chavales lo que quieren. Los cómics sin violencia no venden”.

Mentiras, todo mentiras.

A diferencia de los mejores creadores de cómics anteriores -Will Eisner, Harvey Kurtzman, Carl Barks- que parecían ser caballeros con completo control, los guonistas de la nueva era relatan sus sádicas historias en la sangrienta tradición de los tabloides sensacionalistas. Mientras que Eisner llevó a cabo grandes esfuerzos para mantener distancias, creativamente hablando, de los héroes y clowns sobre los que escribió, los creadores contemporáneos se identifican alegremente con los maníacos homicidas que idean, y rodean sus mundos con enemigos, unos lugares donde a menudo la única esperanza de supervivencia parece ser la de atacar primero. En lugar de héroes caballerosos-caballerescos, en la actualidad han surgido una legión de grotescos niños-dioses cuyas ardientes demencias sólo están refrenadas por el más delgado de los hilos.

La narrativa de sus historias no pretende recordarnos las virtudes del comportamiento racional e inteligente, sino que en realidad es justo todo lo contrario. Sus arrebatos sanguinarios bloquean la conciencia intelectual de forma que puedan ser liberadas tremendas explosiones de emoción vengativa, la verdadera preocupación aquí no es instruir a la Sociedad, sino más bien aplicar la venganza.



EL GUIONISTA DEL VIGILANTE SUPER-HERÓICO

Por mucho que las luchas horriblemente crueles que hacen estallar los globos oculares escritas por los guionistas de cómic den rienda suelta a su propio sentido sádico de la diversión, cualquiera que sea dicha satisfacción en secreto (y no tan en secreto), derivando en un espectáculo interminable de ficticios semidioses arañando y desgarrándose entre ellos, la máscara pública de los guionistas de cómic es la de personas "cool" y serenas cuyos pensamientos y actitud profesional se encuentran por encima de cualquier reproche. Política y socialmente, los guionistas de cómic tienen gran interés en mantener dicha máscara, así como también cierto interés personal en ampliar el alcance de la violencia de sus matones disfrazados, representando a los villanos en términos más brutales que nunca, cuanto más inhumanos parezcan, más terrible será el sojuzgamiento al que les someterán los héroes, y por lo tanto más justificados serán los métodos extremos que utilizarán para someterlos. Lógico, ¿verdad?

Bueno, tan sólo ten en cuenta que los cómics son teatros de marionetas controlados por guionistas y editores, y que ellos no son neutrales maestros de ceremonias en esta carnicería. En cuanto se comprueba que en secreto se deleitan con las peleas de gallos sobrehumanos (no hagáis juegos de palabras, por favor) que comentan deplorar en público, entonces son rápidamente solicitados para acometer la tarea de escribir los guiones. Y por encima de todo se les debería recordar que sus decisiones narrativas tienen implicaciones morales.

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Al autor le gustaría darles las gracias a Jaques Viau y Breand Kearney de “Capitaine Quebec”, por su ayuda con parte de la investigación para el artículo.