lunes, 2 de noviembre de 2015

LO GLORIOSOS QUE FUERON LOS SIMPSONS (1 de 4)

LO GLORIOSOS QUE FUERON LOS SIMPSONS, por Robert Fiore para The Comics Journal Special nº 4, 2004. (1 de 4). Traducción: Félix Frog2000.

Los historiadores teorizan acerca de que que Roma y sus razonables e irrazonables facsímiles posteriores persistieron a lo largo de siglos de decadencia terminal en gran parte gracias a que los primeros cristianos se percataron de que puede que fuesen el último Imperio de todos. Una vez que Roma cayese de una vez por todas, el mundo rápidamente llegaría a su fin y desembarcaría el Reino de Dios, una consumación deseada devotamente, aunque no para ese momento. Algo parecido se le puede aplicar a la gente que está detrás de Los Simpsons, tanto al canal que los emite como a sus creadores. Para un programa que entre su segunda y su octava temporada ha sido la mejor comedia de la historia de la televisión, ahora tan solo es una cuestión de seguir sumando más episodios o de no seguir haciéndolo. Siguen siendo el elemento básico para calificar a un canal que no sabe desde dónde le sobrevendrá el próximo éxito. En el caso de los creadores, además de proporcionarles un cheque de forma regular, ha sido ese extraño trabajo que les ha permitido ser todo lo inteligentes y buenos en lo que hacen que han podido, y Dios sabe cuándo surgirá otra oportunidad parecida. La ansiedad se puede palpar. Cuando Matt Groening le hizo a un periodista aquella observación cautelosamente sincera de que la serie estaba más cerca de su final que de sus comienzos, el canal se apresuró frenéticamente a presionarlo para que se retractara, aunque por lo que sé, llevaba al menos cinco años realizando declaraciones similares. Uno sólo se puede imaginar los sentimientos encontrados que florecerían en el agujero de la Fox cuando muchas publicaciones mordieron el anzuelo con el hype del "episodio Número 300" tan sólo para aprovechar la oportunidad de realizar un artículo en plan "Qué Es Lo Que Marcha Mal En Los Simpsons".

¿Y qué es lo que marcha mal en los Simpsons? En realidad, nada. Como suele ocurrir en el mundo del entretenimiento, han agotado su potencial creativo antes de haber agotado su potencial comercial. Se pasaron ocho temporadas explorando a sus personajes y su entorno tan a fondo que sencillamente ya no hay nada nuevo que averiguar sobre ellos. Al final de su carrera se le preguntó al muy citable lanzador de los Yankees de Nueva York, Lefty Gómez, si seguía lanzando tan fuerte como solía hacerlo. "Demonios, siempre lanzo tan duro como puedo", replicó, "pero sencillamente no lo hago igual de rápido". Los creadores de la serie trabajan arduamente para mantener la frescura (en realidad la temporada de 2002-2003 ha sido la más poderosa desde hace años), pero siguen haciendo un refrito de viejas temáticas. Sin embargo, en su mejor momento los Simpsons no solo fueron la mejor comedia de la historia de la televisión, sino que llenaban un vacío cultural causado por la ausencia en ese preciso momento de una revista de humor de alcance nacional. Y ahora interrumpiremos este artículo sobre los Simpsons para incluir un artículo sobre las revistas humorísticas.
LA CAÍDA DE LAS REVISTAS DE HUMOR

En el principio estaban Life y Judge, y en sus páginas aparecían irlandeses retozando junto a los judíos, y los tipos de color jugueteando con los chinos, al igual que los dogos hacían música con sus órganos y los holandeses se dejaban crecer largos bigotes, y en verdad los cuadros de texto estaban repletas de dialectos... Y así continuaron las cosas hasta que este material se convirtió en algo semejante a las alpargatas, los abotonados y los arneses que suele vestir un jubilado, y lo mismo ocurrió con Life y Judge, que tuvieron que dar paso a la revista New Yorker, y en verdad os digo que el irlandés y el tipo de color fueron desterrados a los cuartos destinados a los criados de los apartamentos, y he aquí que los subtítulos de las historietas, donde antes brotaba frase tras frase, se vieron reducidas tan solo a una...

Y, en verdad, en verdad me encuentro incapaz de continuar leyendo esta mierda de Biblia-Completamente-En-Consonancia-Con-Yoda, por lo que nos haré un favor a todos y al cubo de basura con ella. A medida que el New Yorker se daba cuenta de que ya no podía seguir siendo tan frívolo ante la amenaza de la aniquilación nuclear, su identidad como revista de humor (o más bien de revista con un elemento humorístico significativo) fue disminuyendo. Fue el Mad de Harvey Kurtzman el que obligó a las revistas estadounidenses a descubrir su moderno formato. Hablo de las revistas de humor en un sentido particular porque tienen cierta serie de características. Suelen disponer de una identidad colectiva, y todo su contenido comparte un mismo punto de vista. Dicho punto de vista crea un marco de referencia mediante el que comentar los tiempos actuales. Los contenidos son mayormente creados por un grupo cerrado de colaboradores, que resulta difícil de ampliar. En consecuencia, y debido a las presiones de editar una revista de humor de forma regular, el período de máximo rendimiento no suele durar más de cinco o seis años. Y por culpa de esta limitada vida útil, a su vez las sucesivas revistas de humor irán encajando perfectamente (por no decir con soltura) en su propia década. Por lo tanto, durante su período de apogeo atraerán a un significativo número de lectores y tendrán influencia más allá de su público.

Desde sus humildes inicios tras el ingreso en plantilla de Harvey Kurtzman, Mad se convirtió en una inquisición a gran escala a la hora de suspender la incredulidad de la cultura de masas. Formularé una pregunta que nunca antes había sido enarbolada en serio: ¿Por qué damos por sentado el hecho de que Mandrake pueda arreglar un pinchazo haciendo un "gesto hipnótico"? Hasta ese momento el análisis de la cultura de masas de la época, fuese indulgente o despectivo, siempre provenía desde arriba. El analista desdeñoso nunca se haría la pregunta sobre Mandrake porque asumiría que la cultura de masas no tiene valor por culpa de su propia naturaleza. El analista indulgente tampoco la haría, porque en primer lugar es alguien indulgente, y en segundo, porque a menudo la cultura de masas no se suele utilizar para enarbolar aspecto alguno sobre la alta cultura. Cuando Kurtzman empezó a analizar la cultura de masas fue como cuando de repente un pez se empieza a preguntar sobre qué es esa cosa clara dentro de la que ha estado flotando durante toda su vida. En parte, su análisis y su profundidad tuvieron su origen en la necesidad imperiosa de generar treinta y pico páginas de humor al mes. En parte también fue consecuencia de la investigación que había llevado a cabo para crear sus cómics bélicos, al hacer frente al descubrimiento añadido de que casi todo lo que se cree comúnmente sobre la Historia es falso. De lo que se dio cuenta fue de que una vez que comienzas a suspender la incredulidad, se convierte demasiado fácilmente en un hábito, y que en última instancia te facilita no creer en nada.
El Mad de Kurtzman finalmente sucumbió a las ambiciones y ansiedades de su creador. Kurtzman no quería pasarse la vida frente a un público de adolescentes, y tampoco quería que su medio de vida estuviese sujeto a los caprichos de un editor. En un mundo mejor, Humbug o Trump habrían sido la revista de humor de la década de los sesenta, y si cualquiera de ellas hubiese persistido, éste habría sido un mundo mejor. En el mundo en el que vivimos, lo que conseguimos fue el Mad de Al Feldstein, que tuvo sus momentos. Aunque retuviese o recuperase a varios de sus colaboradores anteriores, el Mad de Feldestein fue lo suficientemente diferente tanto en estilo como en enfoque como para poderse considerar una nueva revista. Aunque Feldstein tomó el mando de Mad durante la década de los cincuenta y la revista en realidad llegó a disfrutar de su tirada más alta en la década de los setenta, fue en los sesenta cuando fue ella misma. El Mad de Feldstein era una revista de humor para tiempos en los que los problemas eran pequeños. Bueno, no pequeños exactamente, pero en un país que se sentía invencible, cada problema superado parecía contener en sí mismo la promesa de un futuro radiante. Es cierto que estos tiempos se llamaron a sí mismos la Era de la Ansiedad, pero después de una época de colapso económico, de una Guerra Mundial y de masacres masivas, la ansiedad era un problema relativamente bondadoso que sufrir. La expansión del comunismo sería controlada, se llevaría a cabo la integración racial en la Sociedad, la pobreza sería abolida, y tú te podrías comprar revistas guarras en el supermercado. (Por desgracia sólo se lograría uno de todos estos objetivos.) Como se temía Kurtzman, la mayoría de sus lectores siguieron siendo adolescentes, pero los temas de la revista apuntaban a los que habían cumplido los treinta y pico años, a los habitantes de las zonas residenciales que guionizaban y dibujaban el Mad.

Era una extraña mezcla, y recuerdo que una de las cosas que más me gustaba de la revista cuando era niño es que me hizo sentir mayor. Si el marco de referencia del Mad de Kurtzman era un disimulado escepticismo, el marco de referencia del Mad de Feldstein fue ser un sabelotodo, y su postura era la de una persona que interrumpe continuamente al orador. Su mayor fortaleza fue la ausencia de publicidad, lo cuál le daba la libertad de morder la mano que no la alimentaba. A medida que las consecuencias para la salud del tabaco se convirtieron en una preocupación pública y la televisión y los medios impresos fueron demasiado dependientes de la publicidad de la industria tabaquera, Mad se encontró en una posición única para enarbolar el tema.

El Mad de Feldstein de finales de los sesenta no era muy diferente de lo que la revista había sido en un principio, y mantuvo el nivel de sus contenidos mucho más tiempo que cualquier otra revista de humor. El problema era que los tiempos se hicieron más dificultosos y el país se polarizó mucho mientras Mad permanecía siendo igual de blanda. A finales de los sesenta la función de las revistas de humor había sido retomada hasta cierto punto por el cómic underground, que era esencialmente el Mad de Kurtzman realizado con otros medios.

El National Lampoon fue uno de los lugares en el que los sesenta se arrastraron para morirse. O para ser más exactos, uno de los canales mediante el que los restos de energía de los sesenta fluyeron cuando la generación del amor se dio cuenta de que nadie les iba a hacer entrega del mundo.

(Continuará)

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