jueves, 18 de febrero de 2016

JOHN CONSTANTINE ES UNO DE LOS NUESTROS (1 de 2)

Por Félix Frog2000, artículo para el facebook de Gotham Central Comics.

"Una anécdota interesante que me gustaría señalar es la que me ocurrió un día que me encontraba en Westminster, Londres. Fue después de haber presentado ya al personaje, y estaba sentado en un bar de bocadillos. De repente, por las escaleras apareció John Constantine. Llevaba su gabardina, una de esas cortas. Parecía... no, ni siquiera se acercaba al aspecto que tiene Sting. Era exactamente igual que John Constantine. Me miró, me miró fijamente a los ojos, sonrió, asintió con la cabeza en mi dirección casi con complicidad, y luego simplemente se alejó caminando hasta la otra esquina de la barra. Me senté y empecé a pensar, ¿debería acercarme hasta allí para comprobar si realmente sigue en el sitio, o debería comerme mi sándwich y largarme? Opté por esto último; pensé que era lo más seguro. No estoy dando nada por supuesto. Sólo relato lo que me sucedió en ese momento. Una pequeña y extraña historia."

-Alan Moore

Algunos críticos arremeten contra Alan Moore vociferando que uno de sus talones de Aquiles es el humor. Comentan que sus esforzadas incursiones en tan difícil género carecen de la vis cómica necesaria porque son demasiado sesudas y dependen mucho de los juegos de palabras que son habituales en su estilo. Seguro que para nuestra percepción tendrá mucho que ver la traducción de sus obras, pero convengamos que cosas como “Maxwell el Gato Mágico”, no es precisamente un generador de jolgorio automático. Consciente de esta limitación que le achacan, Moore supo recoger las aristas más salvajes del proceso humorístico, el cinismo y el sarcasmo, y embutirlas en una de las creaciones con las que inundó de mala baba el mainstream de los ochenta. John Constantine es como un Lenny Bruce ocultista, siempre fastidiando a La Cosa del Pantano con sus comentarios mordaces, manipulándolo en realidad para sus fines, y apareciendo en interludios medidos, escasos, que provocan emociones a flor de piel (aún me acuerdo de una escena en un bar donde Constantine se quedaba mirando fijamente a un macarra que le había importunado mientras la tensión le hacía triturar el vaso que tenía asido en la mano. Sus ojos eran la definitiva expresión dibujada de la rabia). Estos mecanismos también acentúan, por fin, la risa, sobre todo cuando deja tirado a Alec Holland en mitad de la nada, en el otro extremo de Estados Unidos, preguntándose el verdoso personaje dónde narices se encuentra ahora Constantine, con verdaderas ganas de matar a ese mamón rubio porque se la ha jugado de nuevo. Pero seguro que las mayores carcajadas provocadas por el mago provienen de sus hirientes respuestas, que siempre desvelan la idiotez del humano que se ha atrevido a no elaborar demasiado sus preguntas o apreciaciones sobre un tema determinado. Constantine le pone en su lugar, lo humilla hasta dejar al interlocutor al borde del llanto, y el lector se parte de risa al leerlo, sobre todo porque esta vez no es él el blanco de tanto sarcasmo.

"Quiero conseguir que la serie [de Hellblazer] cuente de nuevo historias de terror. Con esto me refiero a cosas que te asusten y perturben, en lugar de que de vez en cuando aparezca al diablo vestido con sus peludos calzoncillos. Los elementos abiertamente sobrenaturales probablemente se verán bastante reducidos. Verás, por lo que a mí respecta, la cosa más espantosa del mundo son las personas y lo que se pueden hacer unos a otros. Siempre es más extraño que la ficción, y mucho más inquietante."

-Warren Ellis

Jamie Delano recogió a Constantine y le agrió aún más la personalidad. No era para menos, porque con sus guiones el autor estaba sacando a la palestra la basura provocada por las sucesivas reestructuraciones económicas y las políticas sociales de Margaret Thatcher. Londres se convertía así en el negativo de la ciudad de postal. Debajo del subterfugio para el turista había un feo lugar lleno de miseria, habitantes hastiados y sucesos inexplicables a la vuelta de cada esquina. El autor también indagó durante su larga etapa en el avanzado movimiento terrorífico que se había puesto de moda en ese momento en el cine (David Cronenberg, Brian Yuzna) y en la literatura (Clive Barker, Bret Easton Ellis), que los críticos bautizarían como la Nueva Carne. Para sus demiurgos, los humanos poco menos que éramos objetos en una Sociedad donde todo se podía comprar. En sus ficciones se conjeturaba quiénes eran los verdaderos enemigos del contrato social, plagándose todos sus productos culturales de psicópatas, hombres de negocios corruptos, maldades de andar por casa. Los antiguos demonios y criaturas terroríficas ya no funcionaban demasiado bien en los entornos urbanos donde los ejecutivos quemaban vagabundos (un espeluznante hecho real). En nuestro entorno, en el metro, era habitual asustarse con la cara pésimamente manipulada por una mala cirugía ilegal. La contaminación del agua avivada por los desechos arrojados por las grandes empresas podía convertir a tu hijo en un mutante resentido. Se descubría que en los entornos rurales donde se nos había asegurado que la vida era más sana, se llevaban a cabo rituales ocultos y abundaba el incesto, vidas horribles en familia en mitad de la Naturaleza. La carne se podía modificar, atravesar y cortar con piercings, cadenas o cuchillas de afeitar, era un elemento susceptible de doblegarse y adquirir proporciones imposibles. Los barrios más degradados de la urbe se convertían en mataderos donde no dejaban de producirse ajustes de cuentas, violaciones, donde los basureros descubrían casi todos los días al abrir los contenedores cadáveres cortados en varios pedazos. También en Hellblazer se recogía esa sensación de amenaza continua, donde el verdadero monstruo era tu propio vecino.

"Sí, claro. ¿Es que cuando ves Alien te quedas pensando: "¡vaya! ¡Qué examen tan brillante del terror secreto que tenemos a nuestro cuerpo y a la naturaleza inherentemente sexual de la muerte!"? No, en realidad lo que piensas es: "¡hey, mira! ¡Ha atravesado su pecho! ¡Como mola!" Cuando ves "Un hombre lobo americano en Londres" piensas: "vaya hombre lobo más pulcro. Jajaja, ¡le ha cortado la cabeza al policía de un solo golpe! ¡Oh, mira a Jenny Agutter desnuda! ¡Es algo bastante inusual!". Y cuando ves a Drácula te quedas pensando: "¡Vamos ya! ¡Que he pagado una buena pasta por esto!"

-Garth Ennis

A pesar de que a veces haga gala de un incómodo y gélido carácter, los escalofríos atípicos que a veces padece nuestro protagonista están provocados por la larga ristra de amigos y conocidos muertos que acarrea a sus espaldas. El remordimiento es un aguijón que no descansa. Son la consecuencia de decisiones tomadas en el último momento, o de una planificación concienzuda donde algún viejo colega pagará arteramente el pato para salvar el día. Dichos decesos también son la desagradable e inevitable moneda de cambio con la que Constantine ha quedado maldito. En su fuero interno tiene bien claro que sus encuentros esporádicos aquí en la Tierra con las almas a las que ha condenado a churruscarse por toda la Eternidad son lo suficientemente tenebrosos como para intentar seguir vivo y coleando por todos los medios. John sabe de primera mano que cuando llegue al Infierno tendrá muchas cuentas que rendir, por lo que demora todo lo que puede su descenso. En sus derivas psico-geográficas por las ciudades y pueblos de Inglaterra, su delgada figura se recorta solitaria bajo la lluvia, con un propósito en mente y nadie con quien compartirlo. Pocos personajes de la ficción, obviando las esporádicas relaciones que ha mantenido con sus amigos muertos o la puñalada que supuso su malogrado noviazgo con Kit Ryan, están tan solos.

(Continuará)