viernes, 19 de febrero de 2016

JOHN CONSTANTINE ES UNO DE LOS NUESTROS (2 de 2)

Por Félix Frog2000, artículo para el facebook de Gotham Central Comics. Parte 1.

“John es un gran personaje. Me gusta escribir a un protagonista que es un poco hijo de puta y que se enfrenta a decisiones morales que parecen realmente creíbles, alguien que nunca se sabe a ciencia cierta si hará lo correcto. Además, me encanta todo el ideal de la magia visto desde el punto de vista realista: puede ocurrir cualquier cosa.”

-Denise Mina

Vertigo, la marca corporativa de DC que durante años fue administrada por Karen Berger, acogía obras “adultas” según los estándares “adultos” del otro lado del charco, que básicamente se podían resumir en: desnudos, argumentos más elaborados que pretendían disertar sobre profundos temas del devenir humano (y que en ocasiones eran de una vacuidad absoluta) y palabras malsonantes. Se lanzaron un puñado de colecciones que hacían uso de estos tres elementos y que sabían sacarle bastante partido. Pero en la serie del mago rubio parecía haber algo más. Por medio de Hellblazer y otros productos contemporáneos del mismo período, como las películas de Ken Loach, conocimos la amargura que suponía (y supone) pertenecer a la Clase Trabajadora inglesa, y nos dimos cuenta de que Constantine y el resto del elenco nos resultaban próximos porque sus miserias eran peligrosamente parecidas a las nuestras. 

John Constantine es uno de los nuestros. Las calles por las que transita y los bares donde se resigna a vivir su vida mientras trasiega una pinta tras otra son similares a los nuestros, y además utiliza la palabra JODER con fruición y sin cortarse. Es una palabra que se escucha a todas horas en las tiendas donde compramos habitualmente y en nuestro trabajo. Con la inflexión vocal correspondiente, es un exabrupto que se puede utilizar para expresar todo el catálogo de emociones: ira, dolor, tristeza, alegría… John la utiliza mucho, es una “zona cómoda” que te ofrece un par de segundos de ventaja con los que pensar la respuesta que te hará ganar la discusión a tu contrincante, o con la que sintetizar todo lo que quieres expresar de la forma más rápida y contundente posible. Es otro de los tabúes, el de no utilizar nunca “la palabra que empieza con F”, como dicen eufimísticamente los norteamericanos, hecho añicos por los guionistas de la serie. Y además, dicho con la suficiente potencia, “FUCK!”, “¡JODER!”, suena muy bien.

“[...] Y sin embargo, paradójicamente se siente obligado por las personas que ha conocido y de las que se preocupa. Nunca dejará atrás despreocupadamente a una persona que sufre si hay algo que pueda hacer al respecto.”

-Mike Carey

Hablando de irreverencia, Constantine perteneció a una de las generaciones que iba a cambiarlo todo y que inició un movimiento global con miles de ramificaciones, la del punk, que sería asimilado, deglutido y vendido como mainstream por el Sistema pocos años después. Pero por lo menos, estrategias descubiertas por dicha tendencia juvenil como el famoso “DO IT YOURSELF” (Hazlo tú mismo) han seguido utilizándose a lo largo y ancho del Planeta para saltarse lo convencional. John formaba parte del movimiento primigenio. Cantaba en un grupo de nombre estupendo, MUCOUS MEMBRANE, que llegó a actuar con los Sex Pistols, aunque según cuentan los personajes de la serie sus canciones sonaban atroces. La mayoría de los primeros punks no querían más que sumergirse en un hedonismo mayúsculo, demostrarle al mundo quiénes eran a través de sus ropas e instrumentos comprados en los saldos, por lo que no elaboraban demasiado sus propuestas. Todo tenía que ser inmediato. Muchos de los ensayos literarios y biografías (“Rastros de Carmín” de Greil Marcus, “No Irish, No Blacks, No Dogs” de Johnny Lydon) que se centran en esta revolución menor señalan que en sus comienzos, en el Año Zero del punk inglés (1976), todo era más divertido y colorido. No existían los dogmas que barrenarían más tarde la escena, y cada cuál hacía literalmente lo que le daba la gana, tanto en la forma de vestir como en las expresiones artísticas o en cuanto a la actitud que enarbolaban frente al mundo. Luego empezaron las reglas y ahí fue cuando Constantine abandonó. Ya no tenía sentido seguir la corriente si no podías ser libre de verdad, si alguien te señalaba que tus pintas, tu música, tu forma de comportarte no eran punk según el manual del punk.

“La verdad, cualquiera suficientemente quisquilloso como para volver a los números anteriores de Hellblazer y revisarlos minuciosamente, se encontrará probablemente con pequeños errores en la continuidad (¡y créeme, personas como esas existen!). Pero también me gusta que ocurra. Aquellas cosas que no tienen sentido, las pequeñas inconsistencias, son las que hacen que Constantine parezca real. La vidas reales están hechas de momentos desordenados.”

-Peter Milligan

Durante los ochenta se crearon un puñado de personajes que facilitaron que su público se identificara mucho más con ellos que con los que se habían creado en décadas anteriores, justamente porque eran más terrenales, no tenían poderes, o aunque hiciesen alarde de algunos no eran demasiado espectaculares, y además miraban la vida con un punto de desapego. Eran indolentes porque la vida ya les había dado bastantes disgustos y como se suele decir, “estaban de vuelta de todo”. Algunos de ellos, como Reuben Flagg en American Flagg, demostraban a lo largo de su serie un proceso de cambio y veíamos cómo su gazmoñería inicial se convertía en descarado cinismo mientras se iban sumando ejemplares. En otros casos el protagonista ya venía torcido, y lo fascinante era descubrir en los flashbacks que los mejores guionistas administraban con cuentagotas qué terribles pruebas habían facilitado la transformación del personaje en alguien tan cabronazo. El truco, que ya era viejo cuando lo desveló Claremont al responder a las inquisitorias preguntas de los fans centradas en Logan, subrayaba que nunca había que desvelar todo el pasado del protagonista, que siempre había que dejar al lector con la intriga. Contar el incidente de Newcastle con pelos y señales, quitarle el vicio del tabaco a Constantine (por lo que ya no sería Constantine, a no ser que fuese un truco argumental que durase una saga de unos pocos números) o matar a Chas y encima hacerlo terriblemente mal, son el tipo de caminos que transitan los guionistas desesperados, aquellos a los que se les ha angostado el cerebro, como a Don Quijote. Demasiadas lecturas superheróicas. Porque cuanto menos biografía sepamos de John, más adictivo resultarán sus misterios tras la cortina. No hace falta desbaratar nada porque se tenga un mal día en el que no te visiten las musas. Sobre todo porque Hellblazer está protagonizado por Constantine, pero también hay otro "personaje" mudo del que siempre se puede hacer uso para edificar guiones audaces: la ambientación, que es lo que hace que funcione o no una colección que se basa en el misterio y especialmente en el terror, elemento este último dificilísimo de comunicar a través de un cómic. Los números de la serie que se nos han quedado en la memoria, como “Abrázame” o la trama en la cárcel guionizada por Brian Azzarello y dibujada por Richard Corben, tuvieron la suerte de tener a bordo dibujantes que supieron perfeccionar la labor del guionista. Su labor, la de los creadores, es la de sugerir en lugar de desvelar minuciosamente cada detalle, porque nunca hay que tratar al público como a un imbécil. 

“En las historias se pueden encontrar pedazos y trozos de retorcida y distorsionada experiencia personal entrelazados como una "autobiografía novelada"; todos los escritores están constantemente extrayendo materia prima de sus propias vidas: ¿con qué más podemos trabajar?”

-Jamie Delano

En España, la pasmosa edición de la colección ha provocado muchos quebraderos de cabeza a sus seguidores. Etapas completas sin editar. Números del final de la serie publicados antes que los que dan inicio a la colección, enésimas impresiones del mismo material, con lo que resulta imposible hacerse con una edición homogénea…  Por otro lado, dado el carácter errático de la serie, las desventuras de un hosco mago moderno que vaga por el Mundo cargando con su desgraciada soledad allá por donde va, dicha molestia bien puede ser menor. En nuestro país Hellblazer se ha convertido en un puzzle, una odisea que avanza a trompicones y que usa la melancolía y las situaciones terroríficas con la pretensión de entretener, que no es poco. Hasta hace poco DC tenía bien claro que el personaje le reportaba un sello distintivo de calidad en el mercado, con autores que no sólo eran ingeniosos y competentes, sino que se esforzaban por dar lo mejor de sí, conscientes del estatus que concede haber sido uno de los guionistas elegidos para la colección. Es el motivo por el que podemos disfrutar de la lectura, independientemente de su cronología. Lo único que debería importarnos a los aficionados de John Constantine es poder seguir pasándolas canutas con sus escabrosas hazañas, porque en realidad es otra forma de pasarlo bien, antes de que algún día algunos sucesos extraños empiecen a sucederse de forma incontrolada en la intimidad de nuestro hogar, minutos antes de que se desate el Infierno. 


"Empezaron a erradicar todo rastro de referencias sobre la semejanza de John Constantine y Sting en la introducción de los primeros números de La Cosa del Pantano. Pero puedo afirmar categóricamente que el personaje sólo existe porque Steve y John querían hacer uno que se pareciese a Sting. Después de haberme arrojado ese desafío pensé, ¿cómo podría encajar a Sting en la serie? Tenía la idea de que la mayoría de los místicos que aparecen en los cómics son generalmente personas mayores, muy austeras, muy correctas, muy de clase media en muchos sentidos. En la calle no son funcionales del todo. Se me ocurrió que podría ser interesante crear por una vez a un brujo que fuese obrero. Alguien que fuese de la calle, de clase obrera y con un trasfondo diferente que el de la ambientación habitual que tienen los místicos en los cómics. Constantine surgió de ese concepto."

-Alan Moore