miércoles, 20 de julio de 2016

LOST IN TRANSLATION: "ES EL ROLLO DE TOKYO" (PARTE 4 DE 4)

Artículo de Bill Randall para The Comics Journal 243. Traducido por Frog2000. Parte 1parte 2, parte 3.

CULTURA DE GASTO Y LECTURA

Después de callarme y terminar la cena, les pregunto sobre los retales de cultura pop con los que llenan su vida. Mis anfitriones acceden a través de los programas de variedades de la televisión a la mayoría del material sobre el que chismorrear y con el que maravillarse ante una cultura diferente. "Mira, es Beat Takeshi. Es todo un alborotador." "¿Has visto Hana-Bi?" "¿Hace películas?" Para ellos, moverse por esta cultura resultó mucho más fácil una vez que aprendieron a deleteirse con el entretenimiento para las masas como el Sumo o la música pop japonesa. En su caso el manga solo forma una pequeña parte del mismo. Sin embargo, cada vez que puedo los arrastro hasta el interior de cualquier tienda donde pueda encontrar manga. A pesar de que empiezan a estar exhaustos incluso hasta el punto de debilitarse y enfermar, la verdad es que tampoco hay demasiadas tiendas en la ciudad y la mayoría son librerías estándar.

Aún así cada librería tiene una sección de manga de tamaño considerable: en el Seibunkan de Toyahashi (una cadena del estilo de Barnes & Noble), todo el cuarto piso está dedicado al manga. Allí se pueden encontrar desde secciones con cómics para niñas hasta géneros dirigidos a adolescentes, pasando por los clásicos, los mangas para niños, para quinceañeros o los contra-culturales. Tristemente, este piso de la tienda empequeñece cualquier tienda de cómics americana que haya visto alguna vez, y mucho menos podríamos encontrar algo comparable en la sección de cómics de cualquier cadena de tiendas de Estados Unidos. Por eso uno se podría esperar todo un universo de manga variado, pero la mayoría de los títulos son reconocibles, o por lo menos tan genéricos como se podría esperar. Dicha monotonía también proporciona la misma comodidad y refugio para las masas que cualquier predectibilidad que se pueda encontrar en los géneros literarios. El manga popular tampoco está tan mal, no solo porque esté perfectamente dibujado y su narrativa haya sido unificada, sino porque genera un espacio conceptual en el que cualquiera puede convivir con los "personajes y situaciones" que utiliza, tal y como la característica marca de las creaciones de Rumiko Takahashi parecen enunciar. Quizá ese sea el quiz de su popularidad, y no solo del manga, sino de sus productos asociados. Si podemos afirmar algo con completa convicción, ese algo es que los japoneses son unos genios del marketing cruzado de productos. Si lo deseas, puedes obtener cualquier cosa con el rostro de Sailor Moon en ella. O del Captain Harlock. De hecho, justo en mitad de esta cuarta planta del Seibunkan hay una amplia zona con productos de personajes del manga, lo que significa que puedes pillarte una taza para lápices de Doraemon, pósters y, bueno, cualquier cosa. De alguna forma, el dibujo de algunos cómics seriados como Love & Rockets también es utilizado de la misma forma conceptual, aunque en Estados Unidos no hay tanta gente que se compre los zippos con la imagen de los personajes.

Por otro lado, tan gigantesca selección solo se puede encontrar en las ciudades más grandes. En Tahara y Atsumi no hay nada comparable, aunque bien se pueden ufanar de tener varias librerías y algunas tiendas "de reciclaje de segunda mano" donde se venden CDs y mangas, además de un Manga Café. Este último tiene diez, quizá quince mesas y docenas de estanterías donde se pueden escoger un montón de los mangas más populares. Entras, te sientas con tu taza de Royal Milk Tea y te lees Slam Dunk. Aunque aún son un fenómeno relativamente reciente, estos cafés están empezando a abrirse por todo el país.

¿Por qué son tan populares? En parte se debe a la recesión que vive el país, por lo que cuesta mucho menos alquilar un manga que comprárselo, y en parte porque una de las fuerzas motivacionales de la cultura japonesa son los pequeños apartamentos en los que viven. Uno de los temas habituales del manga es la carencia de espacio que sufren los habitantes de las ciudades: en el manga Living Game aparece dicho problema como alivio cómico mediante el traslado de toda una oficina al apartamento de uno de los personajes. Cuando vives encajonado en un pequeño espacio, seguro que te gustaría estar en la calle todo el tiempo que puedas, y beber una taza de té mientras estás sentado leyéndote toda la saga de Bastard! parece un agradable cambio de ritmo vital, especialmente cuando no cuesta los 8500 yenes (80 dólares americanos) que costaría hacerte con toda la colección. El fenómeno parece todavía más interesante cuando se empieza a considerar que las tiendas de alquiler, iniciadas con Sanpei Shirato y otros artistas del gekiga, se acabó a finales de los sesenta, solo para resurgir de esta otra forma diferente.

Mientras prosperan los cafés, las ventas de los manga están empezando a decrecer un poco, probablemente por culpa de la amplia variedad de entretenimiento disponible. Su caída no ha impedido que el New York Times comentase el 10 de enero de 2002 que en Japón las ventas de literatura han bajado debido a que la gente lee manga sub-literario en lugar de memorizar los miles de caracteres necesarios para poder leer japonés. Por supuesto, el Times se equivocaba y tuvo que retractarse, y si todos estos años como profesor de inglés me han servido para algo es para saber que en Japón las ventas de literatura son mucho más elevadas que en los Estados Unidos. Además, en Japón existe toda una cultura alrededor de la lectura, y algunos de los editores más importantes del mundo y las librerías de las ciudades pequeñas suelen colaborar algunas veces.

Esta diferencia cultural podría ser el argumento principal contra la mayoría de la retórica que pretende adoptar los modelos japoneses para "salvar" la industria de los cómics americana (que artísticamente está mejor que nunca, y punto), dándonos cuenta de por qué tiene tan poco peso. La vitalidad económica del cómic japonés tiene sus raíces plantadas firmemente en aquellos habitantes de las grandes ciudades que tienen que viajar diariamente hasta su trabajo y la relativa comodidad de su distribución dentro de un espacio tan pequeño y tan densamente poblado. Fuera de las grandes ciudades, los cómics juegan un papel más restringido en la vida diaria de la gente, si es que juegan alguno. Intentar trasplantar el modelo de producción y distribucción japoneses a otra cultura completamente diferente supone tanto no entender el manga como los problemas que barrenan la industria americana. 


ESO ES TODO

Según estaba finalizando mi estancia en Japón, experimenté un par de experiencias divergentes, una religiosa y la otra no. Holly tiene un amigo devoto que profesa las enseñanzas de la secta budista de Shinryo-En, una escisión nacionalista japonesa de las prácticas de Mahayana. Fuimos a su templo para asistir a una celebración del culto y me quedé maravillado de los paralelismos que pude encontrar con las iglesias protestantes evangélicas. Las caras sonrientes, la arquitectura, los cánticos, los testimonios. Nos dieron algunos panfletos y en uno de ellos se podía leer un cómic evangelista de cuatro viñetas donde dos conejos dibujados mantenían el siguiente diálogo.

Primer conejo: ¿Cuántos cristianos hay? 1.1 billones.
Segundo conejo: ¿Cuántos budistas? ¡Seis billones! ¡Todo posee la naturaleza de Buda en su interior! ¡Wokka wokka!

Aunque no me convertí, le tengo mucho respeto a la idea de que los cómics pueden llegar a confundir el cerebro.

Para contrastar, Ian y yo visitamos la Viladj Vaengad durante mi último día en Japón. Esta tienda conscientemente a la última, un poco como lo son los Starbucks, se encuentra situada cerca de una tienda de ropa trendy en un centro comercial de una estación de tren. Entre las latas de Dr. Pepper, los juguetes de GI Joe y las pegatinas de Popeye me encontré una verdaderamente amplia selección de manga underground: Suehiro Maruo, Nekojiru y Hideshi Hino. Había una buena cantidad de títulos inspirados en la cultura del hip hop americano: bastará con nombrar la revista Giant Robot. Aún así, la tienda parecía tener un fuerte aroma de extraña astucia comercial que resultaba poco comparable con la de cualquier tienda americana que yo haya visitado alguna vez. Cuando volví a casa empecé a sentir que pisaba terreno familiar, pero en Japón me encontraba desorientado. Más que ninguna otra, estas dos experiencias subrayaron la forma en que la cultura occidental se entrelaza con la cultura japonesa con algunos rasgos tan complejos como fascinantes. También me demostraron lo notablemente engañoso que puede parecernos que Japón es como los Estados Unidos.

"MANGA COMO LA RESPIRACIÓN"

En Hicksville, Dylan Horrocks recordaba la famosa frase de Tezuka de "el manga como la respiración", que significa que en Japón el manga es omnipresente. Y lo es: pude ver unas cuántas copias de Jump justo en la entrada de pasajeros antes de irme, y como ocurre con el aire que respiramos nadie las hizo ni caso. Quizá tenga bastante sentido, dado lo poco que tienen que ver estas revistas con las diferentes realidades que viven muchos japoneses. En Atsumi los bloques de apartamentos están embutidos entre invernaderos repletos de flores, y también se pueden encontrar manojos de berzas plantados a lo largo de la carretera. Compáralo con lo que suele aparecer en el manga, que inevitablemente se centra en la vida de los habitantes de la ciudad. Esos jóvenes tokyotas parecen estar listos para dominar el mundo. Es la típica ruptura entre las realidades de la vida y la fantasía escapista. Quizá no en el caso de todo el mundo, pero al menos sí que parece una ruptura para los habitantes de las grandes ciudades. Por otro lado, en los últimos años el manga está generando cierta sensación de escapismo auténtico tanto en las mentes de los creadores de cómic como en los fans de Norteamérica. Si ellos son capaces, ¿por qué nosotros no podemos lograr lo que hacen ellos? Quizá deberíamos trabajar en Kodansha para saberlo. Quizá deberíamos publicar una antología mensual de mil páginas. Quizá deberíamos empezar a hacer un anime. 

Cuando observamos el papel que representa el manga en la vida diaria de los japoneses profundizando un poco más en este arte, entonces todas estas ideas pueden parecernos simples ilusiones. Y puede que Frederick Buechener esté en lo cierto y las ilusiones no sean malas del todo, pero siguen teniendo poca relación con la realidad palpable.