martes, 8 de noviembre de 2016

LOST IN TRANSLATION: UN FESTÍN NATURAL, "NASU" DE IOU KURODA (PARTE 2 DE 4)

Artículo de Bill Randall aparecido originalmente en The Comics Journal 258 (2004). Traducido por Félix Frog2000. Parte 1.

En serio, parece que su inclusión responde a una jugada comercialmente inteligente: de esta forma los editores pueden estar seguros de que todas las historias tienen un gancho aglutinador y la recopilación no parece un batiburrillo, mientras que Kuroda puede hacer lo que realmente quiere.

Hay dos historias en el segundo recopilatario que ilustran perfectamente dicha flexibilidad. La primera, "O-Hikkoshi" (o "Moving"), nos presenta a una joven llamada Sanae Kunishige que acaba de mudarse de la casa de sus padres a su primer apartamento. La historia comienza con Kunishige y Arino, un joven con el que ha empezado a salir, tomando té en una pausa que se han tomado mientras estaban abriendo las cajas de la mudanza. A continuación dos viejos amigos aparecen por el apartamento y le dicen a Arino que se vaya a por unas cervezas para poder charlar a gusto con la protagonista. Aunque están contentos de que por fin ella pueda vivir en su propia casa, también les preocupa que se meta en problemas al intentar afrontar las estrecheces y la vida en solitario en un apartamento tan espartano. Ella les contesta que aunque no es rica y su vida será bastante sencilla, también puede tener cierto glamour. Después de todo, gracias a su nueva localización tiene los baños públicos a quince minutos. El resto de la historia sigue contando cómo transcurre la relación con Arino mientras ella vive su nueva tesitura. ¿Dónde hacen aparición las berenjenas en la historia? Justo en medio, cuando uno de los mandamases de una tienda aparece para comprar verduras enlatadas, y Kunishige se lleva algunas a casa para cenar. 

Por otro lado, Kuroda también hace una visita al mítico pasado de Japón en su historia "Touto Hayamono Gurai", un título difícil de traducir que sencillamente intenta evocar la atmósfera de Edo, el antiguo nombre que tenía la ciudad de Tokyo. La historia se va desarrollando como un drama de samuráis de la NHK, con campesinos oprimidos, samuráis en liza y espadachines. Las berenjenas aparecen porque son el primer producto de temporada que fue oficialmente prohibido en Edo. Todos los espadachines y hombres de Estado debían hacer cumplir la ley y castigar su violación. La historia dista mucho de ser la típica de samuráis, porque el tono que le imprime Kuroda es un poco retorcido. Es más, la trama se distancia bastante de otras similares, porque el autor intenta emular el estilo de dibujo de la época. Para ello emplea el pincel de una forma suelta y energética al estilo del entintado sumi-e, con reminiscencias de la obra de Hinako Sugiura. Aunque sus maneras no son ni tan rotundas ni tan atrevidas como las de Sugiura, ni tampoco como el estilo que presentan maestros occidentales como Baudoin o John J. Muth, Kuroda es capaz de combinar una sólida narrativa y un dibujo de trazo libre y vibrante.

De hecho, el dibujo de Kuroda (al igual que sus calculadas historias) también lo distancia de la manada de autores que intentan hacer algo parecido. Es capaz de mezclar pincel y rottring de una forma adecuada, utilizándolos en las historias contemporáneas así como en las que están ambientadas en el pasado. El autor no teme acometer el trazo de forma rápida y suelta, y también hace uso de su técnica de trazado para sombrear y de su habilidad para el dibujo de la figura humana. Es capaz de capturar poses naturales de una forma bastante casual, utilizando unos pocos trazos, y puede que lo más impresionante sea que aunque sus personajes hacen sus tareas habituales, los revista de cierto aire de grandeza. Takama aparece a menudo trabajando en el campo o enlatando alimentos, y ver las habilidades mundanas de cualquiera trasladadas al medio del cómic resulta placenteramente extraño. Uno de los motivos más importantes por el que estos personajes parezcan encajar en su ambiente de una forma tan natural es que Kuroda lo dibuja todo él mismo. En lugar de fondos impersonales y precisos dibujados por un asistente, o calcos a partir de un libro de fotografías, Kuroda les ofrece a sus personajes un mundo del que en realidad forman parte. En último término resulta tan orgánico como real, más como una especie de boceto que un trabajo laborioso y excesivo. En su estilo se puede observar el trabajo de alguno de sus ancestros, pero basta con comentar que para los ojos occidentales su estilo parece más fresco que la mayoría de lo que puede haberse traducido hasta ahora. Después de todo, raramente utiliza ayudas como una regla, y creo que muchos dibujantes deberían tomar nota de lo que se puede conseguir sin hacerlo. 

Además de su estilo de dibujo, Kuroda tiene a su disposición una pequeña enciclopedia de variadas técnicas narrativas. La mayoría de sus historias se desarrollan a lo largo de arcos de principio a final, pero Kuroda las cuenta utilizando cualquiera de los trucos que conoce, desde el creativo trazado en blanco y negro hasta una amplia variedad de puntos de vista. La composición de sus páginas alternan lo atestado y lo parco, aunque siempre son de ágil lectura. Como lo que principalmente le preocupa son sus personajes, nunca busca el efectismo fácil, sino que en su lugar intenta ser mucho más sutil. 

Uno de los aspectos más cautivadores de la narrativa de Kuroda es su uso del tiempo fragmentado. Aunque sus historias van progresando de una forma lineal, su forma de saltar entre una escena y otra choca contra las prácticas estándar llevadas a cabo en Occidente y en Japón. Aunque es capaz de seguir la tendencia del manga de hacer que la historia transcurra a lo largo de cientos de páginas, dedicando decenas de viñetas a los momentos más pequeños, a menudo Kuroda hace exactamente lo contrario. En "O-Hikkoshi" se centra en un puñado de escenas principales: el comienzo en el apartamento de Kunishige, un día en el trabajo, otro pescando, jugando a los video-juegos. La historia solo necesita 26 páginas, por lo que las escenas solo tienen una media de tres o cuatro páginas. La más larga, la escena del video-juego, dura ocho páginas. Kuroda conecta todas estas escenas mediante transiciones muy cortas. Por ejemplo, una de las escenas de tres páginas nos muestra a Kunishige comiéndose la cena y de repente suena el teléfono. Arino la dice desde el otro extremo que quiere regalarle una televisión que ya no utiliza. cuando la comenta que es porque se va a marchar a la India durante un año, Kunishige se queda pasmada, pero la conversación sigue durante cuatro viñetas más. En las dos siguientes, ambas mudas, ella aparece atusándose el pelo y colocando los platos. En la última viñeta de la escena, Kunishige se echa hacia atrás y dice: "India..." como si acabase de darse cuenta de lo que ocurre. Pero la escena ha cambiado de lugar sin hacer falta transición alguna o un recuadro de texto explicativo, ahora se encuentra en los baños públicos, y solo su pelo despeinado y algunas gotas de sudor, además de su espalda desnuda, le indican al lector donde está. Además, Kuroda fragmenta la composición de tal forma que la espalda de la mujer y la cabeza de otra persona se solapan y recortan de tal forma que si te lees el cómic rápidamente podrías perderte. Los azulejos del fondo componen una escena del Monte Fuji cerniéndose por encima de todo, subrayando lo radical que parece el viaje hasta la India. Estas rápidas transiciones le permiten a Kuroda un mayor uso del tiempo y el espacio. El autor está menos interesado en la causa y el efecto que en mostrar la evolución de los sucesivos estados emocionales de sus personajes, pero a pesar de toda esta fragmentación, la historia nunca se transforma en algo confuso o resulta pretenciosa. Sobre todo, estas transiciones demuestran que el autor es un narrador capaz de economizar cuando así lo requiere la historia.

(Continuará)