miércoles, 16 de mayo de 2018

EL CASTIGADOR DE MIKE BARON Y KLAUS JANSON

Artículo de Gerard Jones para Amazing Heroes nº 120 (1987), traducido por Frog2000.

No todos los buenos cómics de Marvel son simples episodios hábilmente producidos que forman parte de una gran historia. Algunos son poderosos por sí mismos.Cuando Miller dejó Daredevil el año pasado, pensé que había visto por última vez dentro de las fronteras del Universo Marvel este tipo de historias violentas y punzantes. Estoy muy contento de descubrir que estaba equivocado. También pensaba que me estaba cansando de ese tipo de aspereza, fealdad y destrucción urbana en los cómics. Pero Baron y Janson me han demostrado que todavía no lo había visto todo.

De inmediato, The Punisher se pone en cabeza del resto en un género que parecía hastiado por el simple hecho de que en sus páginas todo es diversión y te lo espetan en la mismísima cara. A pesar de las drogas, la tortura y los homicidios que parecen superar en número a las páginas que componen el tebeo, la trama no cae presa de la importancia y la sensación de náusea que pesa más en otros cómics protagonizados por "vigilantes sombríos". Este es un ejercicio de fantasía violenta: descarnado, desparramado, juguetón hasta el final. Porque es tan perfecto y simple que parece una maravilla.


Baron cuenta la historia en primera persona, a través de la "voz interior" del Punisher hace que el personaje parezca tener un estilo suave e inteligente que nos hace reír entre dientes a través de todo el horror. "Once de la mañana. Lunes, Lower East Side", empieza el cómic. "Mastercard, estoy aburrido. Los nativos amistosos me entretendrán un poco". Mientras Punisher se arma para asaltar una fortaleza de las drogas, piensa en lo que va a hacer como si fuese a acudir a una fiesta (un lanzacohetes portátil es su "invitación"). Después de irrumpir y matar a siete u ocho hombres en el lugar, señala: "Dejó a uno respirando para que me suelte información". Ese único superviviente le pregunta: "¿Vas a matarme o qué?" Punisher le responde: "Voy a tener que pensarlo. Me pondré en contacto contigo". Después de cinco páginas por el estilo, me dí cuenta de que Baron no intentaba ofrecerme una visión seria del mundo o una profunda caracterización de sus personajes y circunstancias. Su intención es entretenerme, y lo hace de forma tan magistral que me encanta.


Pero no me malinterpretes, este no es un cómic humorístico. De hecho, esta es la historia más implacablemente salvaje que he leído en el medio. Nadie en el mundo del Punisher se preocupa por nada más que por la sangre, el dinero y las drogas. Nadie cuestiona ni por un segundo el mundo en el que vive, solo da por hecho que matará o será asesinado. No existe la "normalidad" como punto de referencia en absoluto. El Punisher se abre camino a través de las paredes, ametralla a los tipos sin pensárselo dos veces, juega con los odios y temores de sus enemigos para conseguir penetrar en sus organizaciones. El protagonista se queda agazapado al otro lado de una puerta, intenta atraer al hombre que está adentro, da un paso adelante y evita los disparos, luego coge el cuerpo del enemigo para parapetarse contra las balas. Y lo más espeluznante es que ni siquiera sabemos si el tipo que está atrapado entre el tiroteo y el protagonista está muerto o simplemente inconsciente; todo lo que ha hecho el Punisher antes fue lanzarlo contra una pared. The Punisher mata sin remordimientos. Asesinar a los demás no lo desconcierta ni por un segundo. En algún momento se encuentra con un viejo amigo de Vietnam que le da información sobre el tráfico de drogas, luego intenta comunicarse con él un par de días después. Leemos lo siguiente: "Llamé a Ayers el sábado. Estaba muerto. Suicidio, dijeron. Se había tragado su arma. Estrés de combate, etc." Eso es todo. Ninguno de los reflejos melancólicos usuales, ni tampoco juramentos de venganza. Baron ha convertido a un héroe en una máquina de matar.


¿Cómo habrán conseguido que esto sea aprobado por el Comics Code? ¿Cómo habrá pasado la supervisión de Marvel? Parece romper todas las reglas acerca de lo que distingue a un héroe de un villano en los cómics. Pero estoy feliz. Baron elude las reglas correctas para hacer que esto parezca nuevo y sorprendente, sin dejar de ser reconocible como un cómic de acción protagonizado por un vigilante. The Punisher se convierte en nuestro héroe simplemente porque es un personaje sorprendente y divertido. S
i no piensas demasiado en las implicaciones sociales, el hecho de que quiera matar traficantes de drogas mientras que todos los demás que lo rodean venden crack, parece ponerlo un escalón más arriba en la escala moral que al resto. Y dichas implicaciones son bastante fáciles de ignorar cuando un cómic como este reparte tanta diversión pura y visceral.
También me ha dejado deslumbrado la concisión y austeridad del guión de Baron. Me he fijado en las frases de los diálogos, y luego las he vuelto a leer para intentar comprender cómo se puede transmitir tanta información de una forma tan fácil con tan pocas palabras. Hay una especie de calidad de ametralladora en su guión: "Belinda, ¡habla con ese tipo!". "¿Cómo va el negocio de las modelos?" "No marcha bien. ¿Cómo va el de las drogas?" "Explotó. Deberías saberlo". "¿Que se supone que significa eso?" "No eres exactamente Little Bo Peep". "No tomo drogas". "¿En serio?" "De verdad. ¿Y por qué te lo estaré diciendo a ti? No tengo ni por qué hablar contigo". "Wilfrid te lo ha pedido". "Así que, ¿os lleváis bien vosotros dos?" Pero al mismo tiempo siempre hay la carne, el colorido y el estilo suficientes como para que los personajes parezcan distintos y los diálogos suenen naturales. Solía ​​tener mis dudas sobre la capacidad de Baron de escribir algo más que Nexus. Badger nunca me llegó. Incluso obras recientes como Flash y The World of Ginger Fox me parecieron buenas pero con fallos. Pero la precisión de sus guiones en Punisher me ha conquistado. Es obvio que se ha convertido en un narrador maestro del medio del cómic.

Klaus Janson es otro que ha madurado de forma impresionante en los últimos meses, todavía recuerdo mi decepción cuando se hizo cargo por primera vez del dibujo completo de Daredevil, aunque su entintado seguía siendo artístico y evocador, ver cómo cogía los lápices de Frank Miller era como ver cómo se derrumbaba la estructura de una casa bajo un hermoso techo. Sin embargo, desde entonces se ha afinzado como un diseñador de trazo a lápiz único y poderoso por derecho propio. Me encantan sus cuerpos grandes, cuadrados y de pecho enorme. Hasta que no puse mis ojos sobre este cómic, no creo que me hubiese cuenta de que probablemente la ominosa masividad de Bruce Wayne / Batman en Dark Knight fue contribución de Janson. 
The Punisher tiene esa misma presencia amenazante, esa misma sensación de estatismo y amenaza, da igual que vaya vestido con su traje negro con una calavera, con un esmoquin, o con nada más que con un par de pantalones cortos. Los cuerpos de Janson -y las diferentes formas en que los mueve y los coloca- son cosas violentas y opresivas por sí mismos. Mi única queja es que Janson todavía tiene algún problema con la claridad. Aquí y allá evoca estados de ánimo poderosos pero me deja preguntándome qué estará pasando. Algunas de sus caras se parecen demasiado, por lo que las personas se convierten en simples objetos corriendo en lugar de en personajes. En ocasiones, su torpeza anatómica y con las mecánicas del cuerpo lo superan, y el tiempo dedicado a averiguar qué se supone que debe hacer alguien -y cómo- te saca de la historia que Baron quiere hacer discurrir a toda velocidad. La mala calidad de impresión de los cómics de la Marvel actual tampoco ayuda: Janson evoca sus imágenes con muchos trazos, algunos finos y sutiles, y cuando desaparecen en un borrón de puntos de color, se pueden echar a perder caras enteras. 

Pero por lo general, este cómic es tan hábil y contundente como cualquier cómic sobre crimen que haya visto hasta ahora. En muchos sentidos me recuerda a Elmore Leonard, el veterano escritor de novelas policíacas que se puso de moda hace un par de años: no es demasiado sustancioso, cierto, pero su superficialidad es tan acerada y entretenida que es difícil pasarla por alto. Como Leonard, Baron hace un uso efectivo de un punto de vista cínico de los ochenta y utiliza mucha jerga propia de la delincuencia ("madriguera", "teléfono boliviano"). También, al igual que Leonard, representa poderosamente la conexión sudamericana del mundo de la droga y la etnicidad de sus drug lords (aunque en el mundo de los estupefacientes de Baron no hay negros, una extraña ausencia tanto del cliché como de la realidad.) Baron no nos oferta tantos juegos verbales y una caracterización barroca como la de Leonard, pero lo compensa con una violencia cada vez más brutal. Y por supuesto, Janson agrega su propia energía, una implacable dureza. Estoy impresionado. Pensaba que ya estaría cansado de las feas historias urbanas sobre crímenes y drogas en los cómics, en las películas, en los libros y en la televisión. Es raro que alguien, en este caso Baron y Janson, sea capaz de reavivar un interés que notaba que se estaba apagando.

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