viernes, 8 de junio de 2018

TÍO GILITO, EL IMPERIALISTA, por Robert Boyd (1 de 2)

Artículo para The Comics Journal nº 138 (1990). Traducción: Frog2000

Desde que se imprimió por primera vez hace veinte años, "How to read Donald Duck" se ha convertido en una de las obras más importantes de la crítica de cómics que se han publicado hasta ahora. Su influencia puede fácilmente medirse consultando cualquier bibliografía seria sobre cómics desde mediados de los setenta. En "How to Read Donald Duck" (ensayo escrito por los chilenos Ariel Dorfman y Armand Mattelart y traducido por Richard Kunzle) se examinan los cómics de Disney desde un punto de vista marxista y del Tercer Mundo. Salvador Allende acababa de ser elegido presidente de Chile cuando Dorfman y Mattelart escribieron el libro en 1971 (en español "Para leer al Pato Donald"). El triunfo de Allende facilitó que fuese la primera vez que un auto-denominado presidente marxista fuese elegido en Sudamérica, y Chile se consideró el modelo para otros países que querían girar hacia la izquierda pero no querían seguir el revolucionario, pro-soviético camino de Cuba. En 1973, un golpe de Estado apoyado por Estados Unidos derrocó el gobierno de Allende. El nuevo gobierno ultraderechista de Augusto Pinochet prohibió "Para leer al Pato Donald", y los autores del libro tuvieron que exiliarse.

Podría decirse que el libro fue uno de los resultados del proceso "revolucionario" chileno, que enfatizó el desarrollo económico de Chile e intentó despojar al país de su dependencia de los Estados Unidos. Cuando se escribió este libro, Chile producía básicamente una sola materia prima, el cobre, que exportaba al extranjero, e importaba todo tipo de productos manufacturados del Occidente industrializado. Chile también importó la cultura de masas en todas sus formas: películas, programas de televisión, libros y cómics. Dorfman y Mattelart sostenían que los productos culturales de América apoyaban por lo general la ideología mayoritaria norteamericana, es decir, el capitalismo burgués, y que esta ideología era perjudicial para Chile.

Su enfoque metodológico fue uno que, lamentablemente, rara vez se suele utilizar en la crítica y la erudición en el medio de los cómics. Los autores se leyeron cien historietas de Disney y basaron sus críticas en su contra en la evidencia estadística de la "vida" extensa de un cómic en lugar de en los eventos que podían ocurrir en una sola historieta. A diferencia de la mayoría de los estudios de este tipo, los dos escribieron en un estilo no académico, fácil de leer. En la obra hay ocasionales muestras de cachondeo (aunque creo que en su mayoría me las pierdo: o bien el humor es difícil de traducir o simplemente los autores no son graciosos). Por lo general el libro rebosa de sarcasmo. Temiendo ser castigados por criticar a un icono amado como Disney, los autores intentaron responder y contrarrestar cualquier crítica posible de antemano. En consecuencia, el texto es un poco paranoico. Al final, el libro fue atacado, prohibido y quemado, y aún sigue ardiendo (véase, por ejemplo, la crítica en la sección "Doc's Bookshelf" escrita por Dwight Decker para Amazing Heroes nº 163), justificando en retrospectiva dicha paranoia.
La crítica contra el libro en los Estados Unidos no está enarbolada por fanáticos de derechas o guardianes de la moralidad pública, como fue el caso en Chile. Aquí el libro ha sacado de quicio a los fans de Carl Barks. Por lo general, estos fans están tan dedicados a Barks y son tan ignorantes del pensamiento marxista que no entienden el libro para nada. Por ejemplo, Decker está dispuesto a admitir que los autores "tienen vagas ideas de lo que estaba ocurriendo". Después de todo, asegura, cuando las reimpresiones extranjeras baratas inundan un mercado determinado, los guionistas y dibujantes locales se desalientan a la hora de producir sus propios cómics. A Decker le parece algo negativo. Sin embargo, Dorfman y Mattelart nunca hablaron de algo parecido, y nunca llegaron a hacerlo. Para ellos, el mayor problema no era el mercado. Afirmaban que el mayor problema era el contenido de los cómics de Disney, no el hecho de que los cómics llegasen al mercado chileno. Además, Decker presupone que los autores estaban pidiendo que se censurasen los cómics de Disney (y luego afirma que si su libro fue prohibido, entonces mala suerte, porque no fue algo peor de lo que ellos mismos intentaban hacer). A pesar de que claramente despreciaban los cómics de los que hablaban, en su libro Dorfman y Mattelart nunca pidieron prohibirlos. De hecho, los dos estuvieron trabajando en la producción de cómics infantiles en la editorial estatal Quimantu. Ese fue su antídoto práctico contra Disney, no la censura. (Quimantu también publicó las reimpresiones de Disney, por lo que el gobierno socialista de Chile, lejos de censurar a Disney, paradójicamente estuvo promocionando los cómics que Dorfman y Mattelart consideraban tan dañinos para los jóvenes chilenos). Tratar de equiparar el gobierno socialista democrático con el subsiguiente gobierno totalitario fascista es un insulto a los recuerdos de las miles de personas que fueron ejecutadas inmediatamente después del golpe.
El propósito de los autores era exponer la ideología que consideraban inherente a los cómics de la editorial Disney. Querían que su análisis fuera comprensible para el lector promedio. ("Para leer al Pato Donald" se convirtió en un éxito de ventas en Chile, entonces una nación de 9 millones con una tasa de alfabetización del 85 por ciento.) El descubrimiento más interesante y revelador que hicieron fue que los cómics de Disney eran una especie de tierra de fantasía burguesa donde todo rastro de producción (de personas, de la Historia, de los bienes materiales, etc.) habían sido excluidos. En Disney los niños no tienen padres, solo tíos y tías. Los tesoros que Donald se encuentra constantemente no los manufactura ninguna persona viva, sino que pertenecen a civilizaciones muertas hace mucho tiempo que no dejaron herederos. A pesar de que los productos de la industria se pueden encontrar por todas partes, no hay fábricas ni trabajadores de la industria. Ninguna producción implica productor alguno. Dorfman y Mattelart no ven esto como el "Estilo de Vida Americano", sino como el "el Sueño Americano de Cómo Debería Ser la Vida", un sueño que nunca se hará realidad para los países colonizados económicamente como Chile. Los autores escribieron: "Leer Disney es como si te embutiesen por la garganta tu propia condición de explotado endulzado con un poco de miel". El primer capítulo se titula "Tío, cómprame un condón". En el mismo se asegura que, a excepción de Golfo y El Gran Lobo Feroz, en el mundo de Disney no hay padres ni descendientes. Al intentar proteger a los niños de cualquier atisbo de sexualidad, Disney termina generando un mundo aberrante y sin sexo. "En Disney, los personajes solo actúan en virtud de la supresión de factores concretos y reales, es decir, a medida que crecen y cambian, se les extirpa su historia personal, su nacimiento y muerte, y todo su desarrollo personal en el medio". Sin embargo, en el libro no se examinan psicológicamente las innegablemente extrañas relaciones familiares de los cómics de Disney, lo cuál podría parecer uno de los enfoques más obvios. Es uno de los errores en los que se puede caer al intentar revisar estos cómics (o cualquier tema crítico) desde una postura puramente marxista: todos los temas de la vida humana no se pueden reducir únicamente a las relaciones de clase. 
El libro pasa de hablar de los niños en el mundo de Disney a discutir el tema de los "nobles salvajes" , "esos habitantes infantiles de las tierras extranjeras que Donald y sus sobrinos visitan con tanta frecuencia." Los autores comienzan señalando que en los cómics Disney parece existir un odio distintivo hacia las ciudades, y luego hablan sobre cómo, frecuentemente, personajes como el Tío Gilito y Donald expresan su deseo de volver a la naturaleza. Esto lo interpretan como una aversión o temor por el habitante urbano promedio: el trabajador industrial. Esta idea poco importante (y algo endeble) se ve reforzada por otro elemento habitual. Como saben todos los lectores de "Tío Gilito", los patos escapan de su entorno urbano viajando a tierras rurales distantes. Los lugareños que conocen son campesinos [en el español en el original] bondadosos que solo necesitan y quieren la tierra que tienen bajo sus pies, los alimentos que cultivan, sus hogares, en otras palabras, las necesidades básicas para la supervivencia. Los campesinos no están corruptos: no necesitan oro ni tesoros. No conocen ni quieren el tesoro escondido que se encuentra justo debajo de ellos. La antigua civilización que dejó el tesoro inexplicablemente enterrado allí mismo no son antepasados de los campesinos que viven allí en ese momento. "El único propietario legítimo del tesoro es la persona que tuvo la brillante idea de empezar a rastrearlo, se convierte en él en el mismo momento en que piensa partir en su búsqueda". Cuando los protagonistas utilizan el trueque, los nativos se alegran de poder llevarse alguna baratija de Patoburgo (eso sí, ¿fabricada por quién?) a cambio de sus inútiles y fabulosas riquezas. No es sorprendente que este tipo de relaciones enfurezcan a Dorfman y Mattelart. Lo ven como un espejo distorsionado de la verdadera explotación del Tercer Mundo por parte del Occidente industrializado. "A estos pueblos subdesarrollados se les niega el derecho a construirse su propio futuro. Sus hijos, sus materias primas, su suelo, su energía, sus elefantes de jade, su fruta, pero sobretodo, su oro, nunca van a ser utilizados por ellos, sus legítimos propietarios. El progreso que proviene del extranjero es un juguete medido al milímetro. Nunca se van a poder unir al Club de Productores, porque el nativo ni siquiera entiende que estos objetos hayan sido producidos". Por ejemplo, el cobre que poseía Chile fue propiedad de dos corporaciones estadounidenses, Kennecott Corporation y Anaconda Copper, hasta mediados del año 1971, cuando Chile nacionalizó las minas. (Después del golpe fueron privatizadas por Pinochet.) Estas compañías pagaban por el cobre (y según el gobierno de Allende hicieron ganancias ilegítimamente altas), pero los dólares que se pagaron fueron de vuelta a los Estados Unidos y a otros países industrializados a cambio de productos manufacturados y bienes. Estas relaciones mercantiles (coloniales) se reflejaron en los cómics de forma inconsciente, aunque naturalmente no se retrataron como la opresión económica que Dorfman y Mattelart ciertamente se pensaron que era.

(Continuará)

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