viernes, 17 de noviembre de 2017

HISTORIETISTAS ALCOHÓLICOS, por Monte Beauchamp y John Petrie (1 DE 2)

Historietistas, ¿un grupo jovial? ¡Bah! ¡Mejor ni creerlo! Aquí tenemos algunos casos recuperados de nuestros archivos...

HISTORIETISTAS ALCOHOLICOS

Por Monte Beauchamp y John Petrie para Blab! nº 6, 1991. Traducción: Frog2000.

Ilustraciones de Daniel Gillespie Clowes.

"Como he dicho, lo tenía claro. Cada pensamiento me llevaba al hogar. Cada pensamiento, en su pequeña jaula, se había agachado y estaba vestido listo para largarse como prisioneros a medianoche, esperando la fuga. Y cada pensamiento era una visión, refulgente... nítida, inconfundible. Mi cerebro estaba iluminado por la blanca y clara luz del alcohol. John Barleycorn era un verdadero fanático de la verdad ... y yo era su portavoz."

-Jack London, de "John Barleycorn, las memorias alcohólicas"

Los tipos creativos llevamos empleando el alcohol para convocar a esa vieja musa ilusoria desde antes de la época de Baco. Mientras los místicos, los genios y el resto de variados cowboys cósmicos abusan de sustancias simplemente para ver a Dios, a nosotros también nos gustaría que este nos contase una historia, o nos hiciese un dibujo... preferiblemente a tiempo para cumplir con los plazos que llevamos meses ignorando.

Los desagües de la historia de las artes y las letras están repletos de los cadáveres causados por las casualidades artísticas, muerte cerebral, hígados hinchados del tamaño de balones medicinales, suicidio... y todo porque la poderosa musa finalmente encuentra a un baboso y balbuceante borracho meado como pobre compañero de juerga.

De hecho, el propio compañerismo puede ser uno de los problemas. La mayoría de los artistas trabajan en dolorosa reclusión, arrojando sus neuróticas confesiones sobre el lienzo. En santuarios tan húmedos y silenciosos, a menudo Jack Daniels puede ser mejor compañía que ninguna compañía en absoluto.

En el campo de los cómics las cosas todavía son peores. Hay que acatar reglas fascistas de cadena de montaje. Y para la mayoría de los artistas, la paga no es que sea precisamente principesca. Así que te puedes encontrar a un brillante talento como Wally Wood, reconocido internacionalmente, desbordado por los fanboys pero incapaz de pagar el alquiler.

Lo que sigue se podría llamar "Un retrato del artista como un degenerado borrachín". O si lo prefieres, "indigentes en Marvel y E.C."

Y dado que amamos algo la uva (y consideramos que los programas de 12 pasos simplemente son otra adicción), no deberías interpretar esto como una fábula moral, sino tan sólo como una nota al pie de la historia de los cómics.

PRIMER CASO DE ESTUDIO: BOB WOOD

No es que Bob Wood fuese un artista de talento excepcional. De hecho, si lo comparamos con un artista comercial de habilidades moderadas, es probable que lo pudiésemos considerar un mercenario, uno de los muchos que encontraron refugio de la tormenta en la cursi industria del cómic de la década de los cuarenta. Era una industria donde los sueldos eran míseros, se echaban muchas horas, el ambiente de trabajo era deprimente, y en el mejor de los casos la mayoría del producto generado era de mala calidad.

Sin embargo, aún con todas esas malas cartas en su contra, Wood logró hacerse un nombre en este rincón de las publicaciones estadounidenses. Sin embargo, hay que recordar que producía su obra para un medio editado a cuatro colores, aunque el que le dio más fama fue el color rojo sangre, resultado de un homicidio particularmente espeluznante.

Wood estaba considerado un dibujante poco talentoso incluso por sus propios compañeros. En 1942 abandonó sabiamente ese papel en favor de un puesto editorial como asistente del dibujante y guionista Charles Biro en "Crime Does Not Pay", el primer cómic mensual centrado principalmente en casos de crímenes auténticos.

Según el informe, fue en un bar de Broadway donde Biro, con gran energía, le habló a Wood sobre sus planes para realizar este innovador proyecto. La sinergia creativa de los dos neoyorquinos les llevó a ser partícipes de una asociación que duró más de una década y le hizo ganar un buen fajo de billetes a su editor, Lev Gleason.

La idea original de Biro se convirtió en un éxito inmediato al tocar alguna oscura y receptiva nota en el público estadounidense (además de ofrecer una refrescante alternativa a los cómics de superhéroes que entonces saturaban los quioscos.) Tal vez el embriagador y dulce aroma del éxito se convirtiese en intoxicante para el por lo general tímido Wood (que ya poseía una intensa pasión por el alcohol, aunque ahora empezaba a ser de importancia. De mucha importancia.)

Por supuesto, el éxito de "Crime Does Not Pay" engendró una avalancha de imitaciones. Con cada editor tratando de superar a la competencia, sus excesos crearon títulos cada vez más espeluznantes y gráficos. El resultado fue una investigación en 1954 de un subcomité del Senado que intentó vincular los comic books (en particular los crueles títulos sobre crímenes) con el aumento de la delincuencia juvenil en la posguerra. Pronto unos cuántos paquetes de cómics empezaron a ser rechazados por los quioscos. Los distribuidores finalmente se olvidaron de repartir los cómics más populares del género. Sin acceso al mercado, los cómics sobre crímenes empezaron a fracasar y luego desaparecieron. Sin trabajo (y sin suerte), la vida de Wood cayó en barrena.

Su único medio de vida en 1958 era como sórdido dibujante para revistas de trazo grueso. ¡La ingesta de uva de Wood tuvo que dispararse justo entonces! Su vida dio un giro decisivo a peor. A finales del verano de ese año, Wood entró en un taxi de sopetón y le dijo al conductor: "Me he metido en un problema terrible. Voy a dormir un par de horas y luego me voy a tirar al río".

Asumiendo que era la habitual conversación casual en el taxi, el conductor le respondió: "¿Ah, sí? ¿Qué ha pasado? ¿Es que has matado a alguien?" A lo que Wood replicó: "Sí, he matado a una mujer que me estaba haciendo pasar un mal momento en la habitación 91 del Hotel Irving. ¿Por qué no llamas a alguien de un periódico y te ganas unos dólares?" Después de dejar a Wood en el Regina Residence Hotel de Greenwich Village, el taxista fue directamente a la policía (que fue directamente al hotel donde estaba alojado Wood). Allí se encontraron con que un hombre que se ajustaba a la descripción de Wood se había registrado bajo el nombre de Roger Turner. La policía entró en la habitación y encontró a Wood en calzoncillos, con la ropa cubierta con tanta sangre que el gerente del hotel tuvo que pedir prestado un par de pantalones para él. Los policías entraron en la habitación 91 del Hotel Irving y encontraron el cadáver sin vida de la mujer, maltratado y ensangrentado, entre un mar de botellas de whisky vacías. Mientras tanto, en la Central de Polícia Wood daba todo tipo de detalles. "Perdí la cabeza", dijo como alucinado. "¡Me lo estaba haciendo pasar realmente mal!" Más tarde, el Juez estableció que el espeluznante crimen de Wood se cometió después de una borrachera de once días. Wood se volvió completamente loco y luego golpeó a su amante con una plancha eléctrica hasta matarla. Después de ver las fotografías de la policía de un Wood de 41 años completamente borracho, un reportero del Daily News escribió que parecía "un dibujo de un delincuente enjaulado de los que se publicaban en la revista "Crime Does Not Pay" que el delincuente editó una vez". Extrañamente, Wood solo fue sentenciado a cuatro o cinco años en Sing Sing acusado de homicidio en primer grado. Tal y como el juez le explicó a Wood: "me parece que por su forma de beber, usted y la fallecida son personas mentalmente enfermas, y el informe de libertad condicional me indica que este episodio fue un estallido de alcoholismo e intoxicación". Wood fue liberado de la trena después de apenas tres años, pero nunca fue capaz de encontrar el trabajo suficiente como para llegar de forma desahogada a fin de mes. Aproximadamente un año más tarde, aparantemente por culpa de una disputa por unos préstamos no pagados que solicitó mientras estaba en la cárcel, Wood fue asesinado y su cuerpo sin vida arrojado sin miramientos en la autopista Turnpike de New Jersey. ¡Por lo que es cierto, el crimen nunca beneficia a nadie!

SEGUNDO CASO DE ESTUDIO: BILL EVERETT 

El dibujante de cómics de la Golden Age, Bill Everett, se encontraba en una posición mucho mejor que Bob Wood. Era al menos tan creativo y talentoso como el resto de sus compañeros. Desafortunadamente, compartió la obsesión de Wood por el alcohol, un mono subido en su espalda que nunca podría sacudir por completo. A lo largo de los años arrasó lentamente su cuerpo y finalmente terminó por consumirle: espiritual, emocional y físicamente. 

Nacido en 1917, Everett abandonó el instituto y la Escuela de Arte, y comenzó su carrera en la industria del cómic por accidente. Después de dejar el mundo de la publicidad en Chicago se trasladó a Nueva York, donde el joven Everett estaba listo para agarrar a la ciudad por los tobillos y sacudirla para que cayesen todos los shekels de sus bolsillos. En cambio, terminó en las oficinas del paro, buscando desesperado un trabajo de cualquier tipo. A instancias de un amigo, decidió intentar dibujar cómics. Everett se desempeñó bastante bien en lo que entonces era una incipiente industria. Creó una variedad de coloridos personajes como Amazing Man, The Fin, Hydroman, y -el más notorio- el Príncipe Namor, The Submariner, cuyas aventuras todavía siguen apareciendo bajo el sello Marvel unos 50 años después de su creación. A diferencia de la mayoría de los trabajadores habituales del cómic, que simplemente sirven como engranajes en la maquinaria de la gigantesca cadena de ensamblaje editorial, Everett era un extraña ave, un talento verdaderamente versátil cuya capacidad llegaba mucho más allá de cumplir un solo papel. Al mismo tiempo, era un narrador imaginativo y un gran entintador con un estilo afilado y reconocible. Y a pesar de que sobresalía y se las arreglaba para hipnotizar a sus lectores, Everett nunca se tomó en serio el medio. "En realidad, no me interesaba en absoluto", proclamó una vez sin rodeos. "Me convencieron de que estaría bien trabajar en él". Al reflexionar sobre el momento en que conoció a esta leyenda de los cómics, el autor de la revista Raw, Kim Deitch, recuerda: "Everett era un tipo muy agradable. Era extremadamente servicial y se desvivía por animarte y hablar contigo sobre el negocio. Es otro de los casos de un tío con un grave problema con la bebida, tanto que se interpuso en su camino para poder convertirse en uno de los mejores artistas y guionistas del negocio. Everett era un alcohólico y eso es lo que terminó con él. Una vez casi consiguió salvarse, pero volvió al vicio y eso le terminó debilitando". El 27 de febrero de 1973, Bill Everett se jugó la última mano y murió sobre la mesa de operaciones. Su muerte no fue tan dramática como la de Bob Wood (Everett murió por complicaciones que surgieron durante una cirugía a corazón abierto), pero no fue menos definitiva.

(Finalizará)

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