sábado, 9 de enero de 2021

EL CINE DE MIKE LEIGH REVISADO POR ROGER EBERT (2)


El cine de Mike Leigh revisado por Roger Ebert. Parte 1. Traducción: Frog2000

SECRETS & LIES (SECRETOS Y MENTIRAS, 1996)

Reseña de Roger Ebert (2009)

Se suele prestar demasiada atención al famoso método de Mike Leigh para "idear" sus guiones. Es conocido que suele imaginar a los personajes y una situación, pone a los actores a interpretar a los personajes, se une a ellos en los talleres donde el diálogo y la trama empiezan a tomar forma, y ​​solo entonces se pone a escribir el guión. Es cierto, pero tampoco eso significa que deje las cosas a medias: su película "Secrets & Lies" (1996) revela a un cineasta que suele trabajar con la más delicada de las precisiones para lograr exactamente lo que desea. La recompensa al utilizar su método se produce en escenas como las dos tomas más largas e ininterrumpidas de la película, cuando urge a sus actores a utilizar las disciplinas propias del teatro y la pantalla.

Leigh, nacido en 1943, filmó su primer largometraje, "Bleak Moments", en 1971. Su segundo, "Grandes ambiciones", se estrenó en 1988. En medio, estuvo trabajando constantemente para televisión y teatro, pero no fue capaz de financiar ninguna película porque los patrocinadores querían ver primero un guión y, por supuesto, el director no tenía ninguno. Cuando vi "Bleak Moments" la primera vez, supe que estaba viendo una obra maestra de un gran director y escribí una larga reseña para el Sun-Times. Resultó ser la primera crítica que se hacía de la película; Leigh había sido ampliamente ignorado en su hogar en Inglaterra. En los 17 años transcurridos entre las dos cintas, perfeccionó lo que instintivamente había empezado: retratos tragicómicos de personas descontentas en circunstancias difíciles, y un retrato del bochorno que se puede producir en las situaciones sociales que bordea la patología.

Aunque a veces convierte a alguno de los personajes en caricaturas, su trabajo posee cierta compasión que actúa como una red de seguridad para el espectador. Los personajes que parecen exagerados en una escena, de alguna forma se van puliendo más tarde mientras transcurre el metraje. En "Secretos y Mentiras" se puede ver en la actuación de Brenda Blethyn como Cynthia Purley, trabajadora de una fábrica que se tambalea descontenta por la pequeña casa en la que nació mientras observa a Roxanne, su hija de 20 años, con desesperación. Cynthia parece una antología de la tristeza y la preocupación más ásperas, pero cuando su peor pesadilla se haga realidad empezará a transformarse.

Es lo que sucede cuando recibe una llamada telefónica de Hortense Cumberbatch, a quien Cynthia dio a luz a los 16 años y terminó dándola en adopción sin haberla visto nunca. Hortense (Marianne Jean-Baptiste) es una mujer negra, ahora de unos 20 años, que trabaja de optometrista. Después de la muerte de su madre, decide buscar a su madre biológica, y el secreto guardado sobre la primera hija de Cynthia amenaza con salir a la luz. Este secreto ha sido ocultado no solo por Cynthia sino por su hermano menor, Maurice (Timothy Spall), y su esposa, Monica (Phyllis Logan).

Cynthia rompe a llorar y le cuelga el teléfono a Hortense. Su hija vuelve a llamarla. Cynthia acepta temerosamente reunirse con ella. Al principio no se puede creer que su hija sea negra: "Tiene que ser un error, cariño. Mírame". Cuando vio por primera vez sus documentos de adopción, Hortense también pensó que tenía que ser un error: "Aquí dice que mi madre es blanca". Hortense y Cynthia entran en un bar a tomar una taza de té, y aquí comienza la primera toma larga e ininterrumpida de la película: la cámara nunca se desplaza del plano medio, y nadie más entra en la composición. Cynthia le comenta que nunca ha dormido con un hombre negro ("Recordaría algo así, ¿verdad?"). Entonces su cara cambia. Acaba de despertar un recuerdo enterrado. Empieza a sollozar.

La forma en que las dos mujeres interpretan la escena es fascinante. Están actuando en tiempo real, generando una nueva relación en el acto: Cynthia siente los primeros sentimientos hacia esta hija que trabaja de optometrista, cuando su otra hija, Roxanne, es barrendera.

Las escenas de las dos mujeres, juntas y separadas, se entrecruzan con otras de Maurice y Monica, sin hijos, y la frialdad en la que ha encallado su relación. El director dedica una cantidad inusual de tiempo a los retratos realizados por Maurice en su estudio. Son interesantes en sí mismos. Una mujer cuyo rostro quedó señalado en un accidente de tráfico dice que quiere tener "el peor aspecto posible" para cobrar más cantidad del seguro. Luego se produce una extraña visita por parte de un borracho que le vendió el negocio a Maurice. ¿Por qué enseñar estas escenas? Porque sientan las bases del estallido de Maurice cerca del final, comenzando con: "Me he pasado la vida intentado hacer feliz a la gente".

Maurice y Monica, que viven en una espaciosa casa nueva, casi nunca ven a su hermana y su hija. Un día deciden invitarlos para celebrar el 21 cumpleaños de Roxanne. Cynthia insta a su hija a traer a su novio: "No sabría quien es ni aunque se parase frente a mí". Luego llama a Maurice y le pregunta si puede llevar a la fiesta a "una compañera del trabajo". Esta será Hortense, aunque es reacia a asistir a un acto familiar en el que se pueden producir ciertas dificultades.

Pronto llega la segunda toma larga e ininterrumpida, centrada en una mesa de picnic llena de gente en el patio trasero de la casa de Maurice, mientras los invitados se acomodan con cierta inquietud. La tensión es palpable, y no solo por la inexplicable presencia de Hortense. Cynthia, que crio a Maurice como su "hermano pequeño", odia a Monica, y el sentimiento se reproduce a flor de piel. A Roxanne no le gusta Maurice. Paul (Lee Ross), el novio, solo tiene un pequeño murmullo que casi ni es diálogo, pero si se le observa atentamente se verá que está aterrorizado mientras sujeta la comida: las manos apretadas, la barbilla temblando. Y luego, mientras se reparte el pastel de cumpleaños, Cynthia deja caer la bomba: Hortense es su hija.

Cómo se desarrolla este hecho y a qué conduce está englobado en el título de la película. Lo interesante es que no hay signo alguno de prejuicio racial. El hecho de que Roxanne esté aprendiendo que tiene una media hermana es suficiente. La conmoción del anuncio del secreto se extiende por la habitación, haciendo sacudir otros secretos familiares y mentiras.

Fíjate bien en la escena, porque ilustra perfectamente lo que quiero decir acerca de la delicada precisión de Mike Leigh. Cada ejecución de la cámara, cada primer plano, el tamaño y el tiempo de ejecución de cada primer plano, la edición de todo el conjunto, suman para poder desplegar la escena con la mayor fuerza posible. Es material suficiente para una temporada de tele-novela, pero desarrollado en varios minutos sin parecer nunca forzado o arbitrario.

Lo que se hace más complicado de muchas películas de Leigh es intentar procesar la parte cómica. En sus películas más optimistas como "La vida es dulce" (1991) y "Topsy-Turvy" (1999), la comedia es más evidente. En sus películas más oscuras, como esta, "Bleak Moments", "Grandes ambiciones" (1988) y, por supuesto, "El secreto de Vera Drake" (2004), se puede encontrar el humor, pero a menudo está reprimido y es insidioso, el tipo de humor que en una situación social te tienta a reír cuando parece inapropiado. Uno de los mecanismo favoritos de Leigh es idear algún tipo de fiesta, cena o reunión de la que se generan todos los hilos de la historia, a veces con tremendos inconvenientes.

"Bleak Moments" está finalmente disponible en DVD, al igual que la famosa película de la BBC de Leigh "Abigail's Party" (1977). La vergüenza social en ambas resulta palpable: ¿se supone que tenemos que reírnos o torcer el gesto? Es el tipo de elección que puede convertir una película en algo hipnótico. Considera una de las escenas largas de "Bleak Moments", cuando la heroína, una mujer hermosa, fría y reservada (Ann Raitt), acude a una primera cita con un maestro dolorosamente tímido (Eric Allen). Durante su parálisis en el restaurante chino, y en su confrontación con el camarero, puedes sentir toda la carrera de Leigh al acecho.

En mi crítica de "Bleak Moments" escribí que la película "no es entretenida de ninguna forma convencional. Lo que no quiere decir que ni por un momento sea aburrida o difícil de ver; por el contrario, es imposible no verla". Describe gran parte de su trabajo. Un compañero de la crítica me dijo hace mucho tiempo durante una proyección en un festival: "Estaba fascinado con lo que acontecía en la pantalla. No podía dejar de ver la película. Pero no podría volver a verla nunca jamás".

Yo sí que podría, escribí entonces, y lo he hecho. La fascinación que provoca Mike Leigh es diferente a casi cualquier otra cosa en el cine, porque se arriesga, profundiza, y explora la comedia humana buscando entre las lágrimas.

CAREER GIRLS (DOS CHICAS DE HOY, 1997)

Reseña de Roger Ebert (1997)

El mundo de Mike Leigh está lleno de esas pequeñas victorias ganadas dolorosamente. Sus personajes no poseen vidas que puedan evolucionar fácilmente; no se pueden rehacer de la noche a la mañana, como si fuesen historias de auto-ayuda exitosas. Están atrapados en quiénes son y en cómo empezaron, y de alguna forma encuentran el coraje para mantenerse y llevar a cabo mejoras sustanciales en su vida.

"Career Girls", la primera película de Leigh desde la anunciada "Secretos y mentiras", trata sobre dos mujeres de 30 años que fueron compañeras de habitación cuando iban a la universidad hace seis años en Londres. Ahora se encuentran de nuevo. ¿Han mejorado sus vidas? Sí. ¿Están donde quieren estar? No. ¿Están seguras de que pueden llegar hasta allí? La verdad es que no mucho.

Annie (Lynda Steadman) toma el tren en dirección a Londres para encontrarse con Hannah (Katrin Cartlidge), que todavía vive en la ciudad. Annie es tan tirante como una cuerda de guitarra: no habla, deja escapar las palabras a partir de sus inhibiciones. Sin embargo, está mejor que el primer día que conoció a Hannah en respuesta a un anuncio para buscar compañera de piso. En aquellos días, Annie tenía una desagradable afección cutánea que cubría la mitad de su rostro, y no era necesario que un especialista supusiera que la erupción estaba relacionada con sus nervios.

A Leigh le gusta dejar que las escenas se desarrollen a su propio ritmo. Nunca se apresura para llegar hasta la conclusión, porque la forma de hablar los personajes suele ser más importante que las conclusiones. Ambas actrices actúan de una forma muy femenina (o Leigh les indica que lo hagan), y mientras las observamos, recordamos cuán tranquilos y articulados suelen ser la mayoría de los personajes en las películas: ¡te imaginas que alguien ha escrito todos sus diálogos para que los memoricen! No es el caso de Annie, que parece ardientemente consciente de sí misma, ni de Hannah, que es tan nerviosa que las palabras le salen como si te fuesen a saltar encima. Me recordó una buena actuación en una película muy diferente: el trabajo de Benicio del Toro en la nueva "Exceso de equipaje", donde también encuentra un nuevo tono para sus diálogos, perezoso y arrollador. Los estilos discursivos distintivos pueden estar llenos de afectación, o pueden ser un regalo del actor: "Career Girls" es como un taller sobre la defensa personal conversacional.

Las dos mujeres se sientan y conversan, y luego deciden salir (Hannah está buscando apartamentos). Se encuentran con algunos viejos amigos de sus días universitarios, lo que incluye a un agente inmobiliario llamado Adrian (Joe Tucker), quien sorprendentemente me recordó algunas escenas de "Trainspotting", cuando Renton, el personaje de Ewan McGregor, se pone un traje y corbata y empieza a trabajar como agente de bienes raíces. Adrian estuvo saliendo con una de las compañeras de habitación, luego con la otra, pero no recuerda a ninguna de las dos.

En un flashback hilarante, vemos otra página de su vida social: cuando beben en un pub con Ricky (Mark Benton), que cierra los ojos cuando habla, quizá para leer mejor las palabras en el interior de sus párpados. Uno de los actores favoritos de Leigh es Timothy Spall, quien interpreta al fotógrafo de "Secretos y mentiras"; no es difícil ver a Ricky como una versión más joven del mismo personaje.

A medida que avanza "Career Girls", gradualmente nos vamos dando cuenta de que no habrá mucha trama que resolver. Annie y Hannah se encuentran en mitad de su búsqueda. Saben de dónde vienen, pero la dirección en la que van parece bastante turbia. No han tenido éxito ni tampoco han fracasado, ni son felices ni particularmente tristes, y tienen trabajos que, por el momento, conforman el eje de sus vidas. En resumen, son como la mayoría de los jóvenes con empleo de las grandes ciudades, y de forma importante, su imagen se define por los apartamentos en los que viven. (Al mirar por la ventana de un rascacielos que les enseña un agente inmobiliario, una de ellas comenta: "¡Desde aquí se puede ver la lucha de clases!") ¿De qué sirve una película como esta? Inspira a la reflexión. Las películas con un guión fuertemente delimitado establecen un objetivo y lo alcanzan, y podemos irnos a casa con la impresión de que se ha logrado alguna cosa. Las películas de Mike Leigh se dan cuenta de que para la mayoría de las personas, la mayoría de los días, la vida consiste en la rutina de ganarse la vida, interrumpida por pensamientos fugaces de adónde nos llevarán nuestros esfuerzos algún día: financiera, romántica, espiritual o incluso geográficamente. Nunca llegaremos a la mayoría de esos sitios, pero las imágenes mentales son las que nos mantienen intentándolo.

Annie y Hannah juegan siempre a un juego. Sostienen un ejemplar de "Cumbres borrascosas" de Emily Brontë, cantan "Señorita Bronte, Señorita Bronte..." y luego hacen una pregunta, como si fuese una tabla Ouija. A continuación abren una página al azar, apuntan con el dedo, y leen lo que indica donde están señalando.

Reconocí la edición que estaban usando: el libro en rústica de Penguin English Library, publicado por primera vez en 1965. Tengo una edición idéntica en mis estanterías, así que la agarré. "Señorita Bronte, señorita Bronte", dije: "¿cuál es el resultado final para los personajes de esta película?". Lo abrí en la página 163, apunté con el dedo y leí: "¡Oh, ¡me estoy abrasando! Quisiera estar al aire libre, ser una niña fuerte y salvaje, reírme de las injurias en lugar de enloquecer cuando se me dirigen.''

TOPSY-TURVY (1999)

Reseña de Roger Ebert (2000)

"Topsy-Turvy" de Mike Leigh es el trabajo de un hombre enamorado perdidamente del teatro. En esta obra de época gloriosamente entretenida, se cuenta la historia de la génesis, preparación y presentación de una ópera cómica, "El Mikado" de Gilbert y Sullivan, celebrando de paso todos los sueños y el trabajo duro, el conflicto de personalidades y el espíritu de equipo, la inspiración y lo mundano que sucede en cualquier presentación teatral, por muy inspirada o inepta que sea. Cada producción es completamente diferente y todas son exactamente como esta.

Al comienzo la película, Arthur Sullivan y William S. Gilbert acarrean 10 éxitos seguidos y gobiernan la escena teatral de Londres. Sus operetas cómicas, producidas por el famoso empresario Richard D'Oyly Carte, han costeado incluso la construcción del Teatro Savoy, donde, lamentablemente, su última colaboración, "Princess Ida", ha supuesto tal fracaso que incluso el dentista de Gilbert le dice que en realidad duraba demasiado.

El compositor Sullivan tiene suficiente. Recién nombrado caballero por la reina Victoria, decide que es hora de componer óperas serias: "Mi trabajo con Gilbert me está matando". Escapa a París, a un burdel, donde D'Oyly Carte lo localiza y se entera de que tal vez Gilbert (Jim Broadbent) y Sullivan (Allan Corduner) no vuelvan a colaborar jamás. Cuando Sullivan regresa a Londres, mantiene una reunión con Gilbert tensa y estudiosamente educada, y rechaza la última obra de Gilbert, tan boba como todas las demás: "¡Oh, Gilbert! ¡Tú y tu mundo del "Topsy-Turvy!" Los dos hombres son bastante diferentes. Sullivan es un mujeriego y un dandy, Gilbert es un hombre de negocios con buen ojo para los detalles teatrales. Un día, en mitad de su actual situación en punto muerto, su esposa Kitty (Lesley Manville), lo arrastra hasta una recién inaugurada exposición japonesa en Londres, donde observa una actuación de Kabuki, bebe té verde y se compra una espada, que su mayordomo clava en la puerta. Poco después, mientras camina por su estudio, la espada cae y surge la inspiración: Gilbert corre hasta su escritorio para empezar a escribir "El Mikado". El mundo de Gilbert y Sullivan está formado por tonterías caprichosas con rigurosa atención al detalle. La diversión se puede encontrar en la tensión entre la invención absurda y la entrega meticulosa: fíjate en la canción "I Am the Very Model of a Modern Major-General" de "Los piratas de Penzance", interpretada con la disciplina de un metrónomo, pero a un ritmo vertiginoso. Su propio formato supone todo un shock para los valores victorianos: las tramas y las canciones parecen convencionales mientras a la par las hacen parecer claramente una locura.

Mike Leigh podría parecer el último de los directores británicos modernos atraído por el mundo de las óperas del Teatro Saboya. Sus películas, que empiezan con guiones sin rematar, "ideados" por el director en colaboración con sus actores, siempre han tratado sobre la Gran Bretaña moderna, a menudo sobre tipos inarticulados, alienados, tímidos, hostiles, psicológicamente torpes tanto en su comedias como en sus obras más serias. En su filmografía se incluyen "La Vida es Dulce", "Indefenso" y "Secretos y Mentiras", nada ni remotamente cercano al cosmos de Gilbert y Sullivan.

Pero dale otra vuelta. Leigh ha trabajado tanto en el teatro como en el cine, y sus películas dependen más que la mayoría de disciplinas teatrales como la improvisación y el ensayo. En Londres, a menudo sus producciones han tenido lugar en pequeños teatros, donde incluso detalles como los tickets de entrada y la contratación de los tramoyistas no escapan a su atención. Cada átomo de su ser respira un hombre del teatro, y por eso existe una conexión directa entre su obra y la de G&S.

Los primeros tramos de "Topsy-Turvy" se asemejan en líneas generales a otras películas sobre teatro: fracaso, crisis, promesa de no volver a trabajar nunca más, inspiración repentina, un nuevo comienzo. Todo está muy bien hecho, pero la película empieza a brillar cuando se toma la decisión de seguir adelante con "El Mikado". No es simplemente una película que se fija en lo que hay detrás de la escena, sino en los libros de contabilidad, en la forma de contratar a los actores, en el diseño de vestuario, en los problemas del personal, en las decisiones de casting, en la vida sexual y en los trabajados ensayos sin fin llenos de detalles: para fabricar y perfeccionar incluso un estúpido momento sin importancia se necesitan horas de trabajo, y en lugar de prescindir simplemente del mismo, se desecha con estilo e ingenio.

Mi escena favorita es aquella en la que Gilbert hace ensayar a sus actores a base de lecturas lineales. El actor George Grossmith (Martin Savage) no expresa la agitación suficiente, y Gilbert le recuerda que su personaje está condenado a muerte, "por algún elemento sólido, sea aceite hirviendo o plomo derretido. Tenlo muy en cuenta". También se esfuerzan mucho para poder pronunciar de forma correcta la palabra "corroborativo". Gran parte de los miembros del reparto son veteranos de otras películas de Leigh, incluyendo a Timothy Spall, con su forma de pera y sus labios carnosos: su personaje parpadea en un intento de contener las lágrimas cuando su gran canción parece estar condenada al fracaso durante el ensayo general. Broadbent construye a un Gilbert preciso, engañoso e incisivo, y el Sullivan de Corduner es un estudio del típico socio que no es capaz de admitir que la grandeza radica siempre en la colaboración. El montaje de Leigh es astuto, ya que muestra grandes números musicales como "Three Little Maids" desde el ensayo hasta la noche del estreno, y el vestuario y los decorados recrean fielmente las clásicas producciones de la D'Oyly Carte Company.

No todos los espectadores estarán familiarizado con Gilbert y Sullivan. ¿Necesitan estarlo para disfrutar de "Topsy-Turvy"? Sospecho que no mucho más de lo que uno necesita saber sobre Shakespeare para poder disfrutar de "Shakespeare in Love", aunque en el caso de ambas películas, cuanto más sepas, más las disfrutarás. La crítica ha comparado las dos películas porque son de capital británico, ambas tratan sobre genios teatrales, y se ocupan de la tradición teatral. La diferencia es que "Shakespeare in Love" se centra en una historia de amor y "Topsy-Turvy" trata sobre el amor por el teatro. El amor romántico envejece y madura. La película nos recuerda que, de alguna manera, el amor por el teatro siempre es adolescente: descuidado, apasionado, culpable. Es una de las mejores películas del año.

ALL OR NOTHING (TODO O NADA, 2002)

Reseña de Roger Ebert (2002)

"All or Nothing" de Mike Leigh echa un vistazo detrás de tres puertas de una urbanización de vivienda pública del sur de Londres y encuentra soledad, desesperación y una obstinada veta de humor entusiasta. Sus personajes intentan recordar una época en que fueron alegres y tenían esperanza. Pero ahora queda poco que los anime, excepto comer y dormir, la tele, el pub el sábado por la noche y, el joven y desconsiderado sexo que los hace apurarse para criar a sus propios hijos ingratos.

Phil Bassett, interpretado de forma triste y con la dignidad maltrecha por Timothy Spall, es un conductor de taxi que mira hacia adelante mientras en el asiento trasero se desarrollan varios dramas. Su esposa, Penny (Lesley Manville), trabaja de cajera en Safeway. Tienen dos hijos gordos y poco atractivos: Rachel (Alison Garland), limpiadora en una residencia de ancianos que se sumerge en la lectura de novelas románticas, y Rory (James Cordon), que se tambalea desde la mesa hasta el sofá, sus ojos hipnóticamente fijos en la televisión, su voz oscilando entre la ira y el martirio.

Su piso da al pasillo exterior de un proyecto de viviendas de rasgos anónimos, pero tiene una puerta de madera con un llamador, un recordatorio de la época en que la familia tuvo la esperanza de transformarlo en hogar. Ahora es un lugar donde apenas se pueden encontrar. Phil duerme hasta tarde, su esposa va a trabajar temprano, Rachel vive en su propio mundo, y Rory rezuma hostilidad. Al menos Penny tiene la compañía de los vecinos del corredor: suele salir con Carol (Marion Bailey) y Maureen (Ruth Sheen), y acuden por la noche al karaoke del pub. Maureen es una madre soltera a cuya hija Donna (Helen Coker) maltrata su novio. Carol, cuyo esposo, Ron, también conduce un taxi, es una alcohólica que se tambalea alucinada a plena luz del día.

Suena sombrío, y lo es, pero nunca es deprimente porque Leigh, quien puede que en sus películas anteriores provocase algunas risas a expensas de sus personajes, claramente ama a estas personas y se preocupa por ellas. Son, nos damos cuenta, gente completamente sin recursos; carecen de las habilidades necesarias para disfrutar de la vida y se han visto atrapados en una rutina de debacle económica. Phil tiene la apariencia de un filósofo, y comenta tristemente que la vida es trabajar todo el día, dormir toda la noche y luego te mueres. Cuando un colega conductor se queja de un accidente automovilístico, Phil mira el lado positivo: "Es posible que si hubieses seguido conduciendo, hubieses atropellado a una niña a la vuelta de la esquina". La película presta atención a los vecinos, pero se centra principalmente en los Bassetts, hasta que un día sucede una situación imprevista, aunque no revelaré en qué consiste, que actúa como un catalizador que los saca de su depresión y letargo. Es el tipo de cosa negativa de las que surgen cosas buenas. Fíjate cuidadosamente en cómo sucede, quién reacciona y cómo lo hace, y verás que Leigh ha convertido a todos los vecinos en personajes cuyos problemas ayudan a definir la respuesta.

En "All or nothing" hay momentos de observación tan aguda que asentimos comprendiendo. Mira la forma en que Maureen se entera de que Donna está embarazada, y cómo lo maneja (al principio y más tarde), y cómo trata al novio. Mira cómo la alegría y la belleza brillan brevemente en el pub cuando las mujeres empiezan a cantar. Y fíjate en cómo Timothy Spall atraviesa una crisis vital mientras apenas dice una palabra y nos transmite todo lo que necesitamos saber con la mirada.

Hay una escena que explica a la familia Bassett tan bien como cualquier otra. Phil necesita reunir cierta suma de dinero, y habla con su esposa e hijos por separado. Rebusca una moneda debajo del cojín del sofá donde está Rory, pero Rory la encuentra primero y se la quita. Rachel le presta dinero como si fuese la menor de sus preocupaciones. Penny intenta averiguar qué estará pensando. Phil sigue repitiendo que le devolverá el dinero al día siguiente. Es su pareja desde hace 20 años y recoge el préstamo como si se lo estuviesen dando en el pub.

En la actualidad, Mike Leigh es el principal de los directores británicos, toda una ironía, porque después de su brillante "Momentos sombríos" (1971) pasó muchos años haciendo películas para televisión porque nadie le financiaba las películas para la gran pantalla. Sus actores y él improvisan los guiones durante largos períodos en los que viven como si fuesen los personajes. Los temas suelen ser la vida laboral de la clase media en Gran Bretaña, aunque en su alegre "Topsy-Turvy" (1999) nos habló sobre el "backstage" de las producciones de Gilbert y Sullivan. En "Todo o nada", regresa a su material más familiar en una de sus mejores películas.

Las escenas finales del filme casi son perfectas. Rory es el centro de atención: no te pierdas cuándo y cómo, de repente, dice algo en medio de una conversación que trata sobre su persona. Cuando un director consigue una risa de reconocimiento por parte del público, demostrando que conoce a sus personajes y retratando su comportamiento típico, es que ha hecho bien su trabajo. Estas personas son reales como pocos personajes del cine. Al final, parece que dejarán entrar un poco de sol en sus vidas y podrán comunicarse entre ellos un poco más. Y como espectadores nos quedamos aliviados.

jueves, 31 de diciembre de 2020

EL CINE DE MIKE LEIGH REVISADO POR ROGER EBERT (1)

Si tienes posado mi reciente fanzine ARCADE PUNK sobre la mesita del café (y si no, puedes conseguirlo escribiendo a felixfrog2000@yahoo.com), podrás leer la absurda peripecia que vivió el crítico cinematográfico Roger Ebert junto a los Sex Pistols, cuando lo contrataron para escribir el guión del proyecto "Who Killed Bambi?". Ebert es santo de mi devoción, y por eso llevo tiempo traduciendo en mi terruño de facebook algunas reseñas que no han salido publicadas en sus libros que se pueden localizar en el mercado de segunda mano en nuestro idioma. El oriundo de Chicago es capaz de sacar el corazón y el alma de una película en cuestión de un par de párrafos. Si a esto le sumas que le encanta el cine de Mike Leigh, como a mí, comprenderás por qué no me quedó otro remedio que traducir todas sus reseñas de las películas del director británico. Aquí van las primeras cuatro.   

BLEAK MOMENTS (MOMENTOS SOMBRÍOS, 1971)

Reseña de Roger Ebert (1972)

En la década actual de los setenta ha aparecido un nuevo tipo de película emergente que desde una percepción casi aterradora, tiene en cuenta las diferentes maneras en que las personas se comportan entre ellas. Ninguna otra forma de arte se adapta mejor a dicha temática que el arte cinematográfico: las obras de teatro no nos permiten acercarnos lo suficiente, y las novelas intentan describir cosas que solo se pueden observar. Pero estas nuevas películas que centran su atención en los matices más irrisorios del comportamiento humano dan pavor porque muestran mucho sobre quiénes somos.

Estas películas (aún no las he puesto nombre) se interesan en cómo el lenguaje corporal y las expresiones de territorialidad influyen en las relaciones humanas. La mayoría no solemos entrar en un salón al estilo John Wayne ni bebemos cerveza como Karen Black, pero desplegamos todo un conjunto de respuestas y señales personales que permiten que otras personas sepan cómo reaccionar ante nosotros. Disponemos nuestras señales, y leemos las señales de los demás.

Hasta la semana pasada solo había visto una película que utilizase esta nueva forma de contar una historia de forma exitosa: "My Night at Maud's" [Mi noche con Maud, 1969] de Eric Rohmer. En ella se contaba todo un drama personal (entre dos personas que querían o no hacer el amor a lo largo de varios momentos), no a través de palabras, sino que se fijaba en cómo interactuaban los personajes entre sí. De hecho, muchas de sus frases intentaban evadir la situación, pero a través de las mismas Rohmer mostraba la propia evasión.

Acabo de ver otra película que podríamos incluir en la misma categoría: "Bleak Moments" de Mike Leigh. Es una primera película de un joven director británico que en cada escena exhibe un dominio completo del tipo de caracterización que se ha propuesto mostrar al empezar a rodar.

Simple y llanamente, esta película es una obra maestra, y esa es una declaración que dudo que alguna vez tenga motivos para revisar de nuevo. Seguro que no atrae la atención de la mayoría de cinéfilos. Todavía recuerdo las muchas cartas que recibí, algunas muy sinceras y reflexivas, preguntándome por qué demonios había alabado tanto "My Night at Maud's" y "Claire's Knee" [La rodilla de Clara, 1970] de Rohmer. Intenté describir el atractivo que ejercían estas películas sobre mí, y por qué me parecían diferentes del cine ordinario, pero siempre resulta difícil, porque la gente todavía espera instintivamente que una película "avanzada" no lo sea tanto, y quieren entretenerse de una forma más convencional.

"Bleak Moments" (el título es muy apropiado) no es entretenida de ninguna de las formas convencionales, lo que no quiere decir ni por un momento que sea aburrida o difícil de ver: por el contrario, es imposible no seguir mirando. Después de la proyección anticipada en un festival, uno de mis colegas de la crítica me dio una opinión que sospecho que puede estar bastante extendida: “Me quedé fascinado y con la vista puesta en la pantalla. No podía dejar de ver la película. Pero nunca querría sentarme a verla de nuevo."

En mi caso, podría sentarme una y otra vez, pero entiendo los sentimientos de mi colega. Esta película se ocupa del dolor y la absoluta frustración de la vida de una forma tan básica que, después de todo, soportarla puede ser demasiado. Su grandeza no solo reside en la dirección o en la temática, sino en la completa singularidad de las actuaciones. Nunca nadie había actuado de esta forma en el cine: Annie Raitt y Eric Allan celebran escenas conjuntas tan buenas y dolorosas que te da miedo respirar por miedo a que se equivoquen. Pero nunca lo hacen.

La película se centra en Sylvia, una mujer que trabaja en una oficina y llega a casa por la noche para cuidar de su hermana, de 29 años y con retraso mental. La mejor amiga de Sylvia es una chica del trabajo que se llama Pat, y que vive con su madre inválida. Sylvia es una mujer hermosa, austera, de ojos grises, muy tranquila y callada. Proyecta inteligencia y una diversión cínica sobre su vida y su destino. Leigh es bueno retratando a sus personajes a base de escenas cortas y perfectamente planeadas, y creemos conocer a Sylvia después de una escena en la que se sienta en una habitación desordenada, bebe jerez y se lee algunas páginas de un libro. No es alcohólica, solo que cualquiera debería poder beber un poco de jerez por la noche sin sentirse mal al respecto.

Durante una de las semanas de su vida aparecen dos hombres. Uno es un maestro al que conoce ligeramente que la invita a cenar un sábado. Ella acepta. El otro es un hippie dolorosamente poco articulado, totalmente inundado de sus propios sentimientos de inutilidad, que viene a ocuparse de una máquina mimeográfica, ya que forma parte del staff de una revista underground que ha alquilado el garaje de Sylvia.

Sylvia da la impresión de ser un tipo de mujer con un profundo sentido del humor, alguien inteligente con necesidades eróticas generosas y exigentes. No es una solterona, sino que se encuentra cautiva. El maestro, Peter (interpretado por Eric Allan), también tiene sus propias necesidades, y son tan desesperadas que es incapaz de satisfacerlas.

Es alguien que sabe sobrellevar situaciones difíciles y proyectar maneras aprendidas: en la casa de Sylvia elude al hippie tratándolo como al niño escolar fracasado que (de hecho) es.

¿Y qué debería hacer Sylvia? Interpretada por Anne Raitt, es una persona que ha llegado a contener sus pasiones reservándolas para su intimidad. Durante la cena, la pareja sufre una experiencia dolorosa y (para Peter) humillante por culpa de un rudo camarero chino. Esta escena, como muchas otras de la película, hace gala de mucho humor oculto: durante su desarrollo nos apetece reír y llorar. Luego los dos regresan al apartamento, se sientan y se miran, y Sylvia bebe jerez e intenta tentar a Peter para que se relaje un poco. Pero él nunca lo consigue del todo.

Esta escena en la sala de Sylvia, que dura bastante tiempo, es de las mejores, y se puede ver cierto paralelismo con la famosa escena del dormitorio en "My Night at Maud's". Está claro que Sylvia quiere que Peter haga algo, pero tampoco puede obligarlo. Dios, ¡hazlo de una vez! Así que ella se sienta en el sofá y utiliza sutilmente su cuerpo, su rostro y su voz para intentar atraerlo a través de la habitación con su magnetismo erótico, pero él termina por no responder.

La escena es una de las más sexys que puedo recordar: a veces la represión de la pasión es más erótica que su realización inmediata. Lo que sucede en la habitación entre estas dos personas está tan recargado de deseo, y de la ira en la que se puede convertir el deseo frustrado, como cualquier cosa que puedas encontrar en la laberíntica evasión sexual de los personajes de Henry James.

Y luego asistimos a otro gran momento: Peter finalmente toma un sorbo de su vaso, y Sylvia cruza la habitación para llenárselo de nuevo. Pero él no quiere más. No importa: se lo llena hasta el borde y se lo queda mirando. "Bueno, ¿qué vas a hacer al respecto?", le dice (o beberlo o derramarlo). "Sostenlo tan firmemente como puedas", apunta. La agresión mutua enterrada en esta escena es tan violenta como las más frenéticas escenas de Peckinpah.

La interpretación de Anne Raitt es una de los mejores que he visto nunca. Su papel es tremendamente complejo. Tiene que hacernos saber todo sobre ella sin perder el control. Su superficie permanece intacta; su actitud es a menudo impasible, o convencionalmente educada o amable. Pero de alguna forma, nos metemos en su mente, entendiendo cómo se siente acerca de su hermana, sus amigos, su destino. La magnífica personalidad de Sylvia está atrapada dentro de esa vida desesperada, y Anne Raitt logra una de las cosas más difíciles que una actriz puede hacer para convencernos de algo así sin que creamos que lo está intentando sin conseguirlo.

Nunca antes había oído hablar de Mike Leigh o de sus actores. No sé de dónde provienen, ni de qué grupos de experiencia humana habrán podido extraer la película. Y sospecho que la gran intensidad de "Bleak Moments" evitará que alcance al gran público. De hecho, esta historia en particular nunca se podría haber contado de una forma atractiva para todo el mundo.

Es tarea de los festivales de cine encontrar películas como esta y proyectarlas para que puedan sobrevivir y prevalecer. El festival de Chicago de 1972 estuvo repleto de películas que vale la pena ver y recordar. Pero si solo nos hubiese descubierto "Momentos sombríos", habría cumplido perfectamente su misión.

HIGH HOPES (GRANDES AMBICIONES, 1988)

Reseña de Roger Ebert (1988)

Los personajes de "High Hopes" están justo en medio de la gran división generada en Inglaterra por Margaret Thatcher, entre los nuevos yuppies y los socialistas acérrimos.

Cyril y Shirley, supervivientes seudo-hippies de la década de los 70, viven haciendo gala de una cómoda pobreza en un pequeño apartamento, manteniéndose gracias a las ganancias de Cyril como mensajero motorizado. La hermana de Cyril, Valerie, vive en un vecindario exclusivo rodeada de comodidades modernas con su esposo, Martin, un vendedor de coches usados. Mediante su lenguaje, sus valores y la forma en que amueblan sus vidas, cada pareja sirve como un estereotipo para su clase: Cyril y Shirley son lo que los Tories creen que son los izquierdosos, y Valerie y Martin representan todo lo que la izquierda odia de aquellos más escorados hacia el thatcherismo.

A veces, los dos extremos viven literalmente uno al lado del otro. La madre de Cyril y Valerie, una anciana amargada y retraída llamada señora Bender, vive en soledad en el último piso de protección en una calle que se ha ido gentrificando. Sus vecinos de al lado son dos ejemplos particularmente aterradores de la clase social emergente que los británicos llaman "Hooray Henrys" (y "Henriettas", una traducción podría ser "cayetanos"). Embutidos en su lenguaje y sus gestos afectados, interpretan una grotesca parodia de la vida de la clase alta en su propia casa adosada reconvertida, y gustan de olvidar que hace muy poco fue una vivienda social para los pobres.

Todas estas vidas, y algunas otras, se entremezclan durante el transcurso de unos días en “High Hopes”, escrita y dirigida por Mike Leigh con la participación de los actores, quienes desarrollaron sus escenas y diálogos a lo largo de varias sesiones de improvisación. Leigh es una figura legendaria en el teatro británico moderno por sus obras de teatro y por sus películas para televisión, donde se disecciona sin piedad el sistema de clases británico, utilizando como arma la única emoción que más temen los británicos, la vergüenza.

Leigh sólo ha rodado otra película, la brillante “Bleak Moments”, hace unos 18 años. Al director le resulta difícil encontrar financiación para sus películas porque, durante dicha etapa, aún no tiene el guión: su sistema es desarrollar el material a medida que avanza. "High Hopes" fue respaldada por Channel Four, el innovador canal alternativo de televisión británico, y con su aportación ha producido una de esas raras películas en las que coexisten la ira y la diversión, en las que las escenas más divertidas son también las más dolorosas.

Por ejemplo, considera por un momento el dilema que se le presenta a la anciana madre, la señora Bender, cuando se queda en la calle, sin poder entrar en su vivienda de protección oficial. Naturalmente, pide ayuda a sus vecinos. Pero Rupert y Laetitia, que viven en la casa de al lado, son yuppies que tratan a los pobres como una enfermedad que esperan no contraer. Mientras la anciana se queda impotente esperando al pie de las escaleras, agarrando su carrito para la compra, su elegante vecina empieza a pensar que, después de todo, debería acogerla, así que la dice: “Date más prisa. ¡hop, hop!" La señora Bender llama a su hija, Valerie, quien apenas se molesta en venir a ayudarla, hasta que se entera de que su madre está dentro de la casa yuppie de al lado. Entonces se planta allí en un instante, con la esperanza de husmear y ver lo que "han hecho" con el lugar. Algunos de sus diálogos casi nos hacen sangrar, como cuando mira dentro de la guarida de cuero y latón de Rupert y grita: "¡Mamá, mira lo que han hecho con tu agujero para el carbón!" Ese tipo de materialismo y orgullo por las posesiones queda bien lejos de la actitud de Cyril y Shirley, la pareja de izquierdas, que todavía duermen en un colchón en el suelo y decoran su piso con carteles y cactus. Carentes de ambición, ganan lo suficiente para vivir con el trabajo de mensajero de Cyril, y allanan los momentos difíciles gracias al hachís.

Son una pareja muy amable, y la película da comienzo cuando se llevan a un desconcertado paciente mental a su casa; estaba vagando despistado por las calles de Londres, víctima del desmantelamiento del estado de bienestar por parte de Thatcher. (De hecho, Estados Unidos y Gran Bretaña son primos hermanos: recordemos que la administración de Reagan, benévolamente, llevó a miles de nuestros propios enfermos mentales a las calles). La mayor parte de la acción de "High Hopes" se centra en dos situaciones, ambas conectadas con la madre: la crisis de las llaves perdidas, y más tarde su fiesta de cumpleaños, que la histérica Valerie escenifica como una parodia de tiempos más felices. Mientras la confundida señora Bender se sienta desconcertada en la cabecera de la mesa, su hija la grita para animarla con estridente desesperación. La velada termina con una amarga disputa entre la hija y su esposo, mientras Cyril y Shirley conducen a la miserable anciana a su hogar.

“High Hopes” no es una película de mensaje simple, ni tampoco propaganda de izquierda que aluda a que los laboristas son más bondadosos y que el egoísmo siempre proviene de los conservadores. Leigh nos muestra un Londres que existe más allá de distinciones tan sencillas, y es posible que esté casi tan cabreado con Cyril y Shirley, relajados, gentiles e ineficaces fans de la marihuana, como con los crueles luchadores sube-peldaños de la escala social que aparecen en la película.

Gran parte de las preocupaciones de las que hace gala el filme parecen centrarse en el deseo de Shirley de tener un hijo, y en la objeción de Cyril de que quizá no deberían hacerlo. El conflicto no es el ya conocido de si "hay que traer o no" un niño a "este mundo". Más bien parece basado en la pereza manifiesta de Cyril.

Sencillamente no se quiere molestar. Por supuesto, en principio defiende todas las cosas buenas y se opone a todas las malas, pero en la práctica, es más sencillo encenderse un porro.

“High Hopes” es una película viva y desafiante, que nos arroja a la cara nuestras propias suposiciones y dejadez. Leigh se fija en sus personajes y sus estilos de vida de una forma tan vívida, tan despiadadamente y con un tono satírico tan agudo, que la película logra realizar un truco muy ingenioso: comenzamos riéndonos de los demás y terminamos sintiéndonos incómodos con nosotros mismos.

LIFE IS SWEET (LA VIDA ES DULCE, 1990)

Reseña de Roger Ebert (1991)

La mayoría de las películas comienzan sabiendo todo sobre sus personajes.

"La vida es dulce" parece ir descubriéndolo a medida que avanza. Realmente parece que la historia les resulta tan sorprendente a los personajes como a nosotros. Su director, Mike Leigh, trabaja de una manera única: reúne a sus actores y luego se pasan semanas o meses ideando el guión e improvisando juntos. Cuando terminan, empiezan a rodar con los personajes ya repasados de arriba a abajo.

En "Life is Sweet", dicho enfoque genera más humor y sentimiento en la misma historia de lo que la mayoría de los guionistas se habrían atrevido. Hay escenas que son más divertidas que las de cualquier otra película del año, y otras que nos hacen lamentar el dolor que pueden producir algunos tristes secretos familiares, y cuando termina, nos damos cuenta de que hemos visto una especie de obra maestra. Esta es una de las mejores películas del año.

La historia tiene lugar en una pequeña casa en un barrio de los suburbios de Londres, donde los padres, Wendy y Andy (Alison Steadman y Jim Broadbent), viven con sus hijas gemelas de 20 años (Claire Skinner y Jane Horrocks).

Las niñas son como la noche y el día. Nicola, interpretada por Horrocks, se esconde detrás de sus gafotas, su cabello enredado y sus cigarrillos. Además desprecia enormemente todo lo convencional, progresivo o saludable. Natalie, interpretada por Skinner, es cristalina, alegre y obediente. Cada hermana es la antítesis de la otra.

Andy, el padre, era atlético de joven, pero ahora se está dejando cómodamente. Wendy y él se casaron cuando eran muy jóvenes y han crecido juntos, aprendiendo algunas difíciles lecciones por el camino. Pero ahora parecen haberse acomodado en una confortable existencia, inspirada en parte por los lunáticos planes de Andy, y en parte por la forma en que Wendy se horroriza y se divierte con ellos. Hay un momento en que Andy lleva a su esposa al frente de la casa cubriéndola los ojos, y luego... ¡ta-da!, se los destapa para revelar su último plan para conseguir una vida más holgada, un puesto móvil de perritos calientes.

En su trabajo diario, Andy curra en la industria del "catering", algo que odia. Un día se tropieza con una cuchara y se rompe una pierna, se lleva la cuchara a casa, la cuelga en un lugar prominente de la pared para sentir vergüenza, y la acusa de haberlo traicionado con adjetivos de lo más cálidos y personales. Es difícil imaginar a un guionista escribiendo un diálogo así, pero nos parece tan original como apropiado; el tipo de cosas que surgirían de una actuación de improvisación donde se investiga un papel.

En realidad, el momento más divertido de la película tiene poco que ver con el resto: en él aparece un amigo de la familia (el temerario Timothy Spall) que abre las puertas de un sucio restaurante francés a pie de calle, contrata a una de las chicas de la zona como camarera, y luego se emborracha mientras espera a los clientes y revisa su inverosímil oferta gastronómica.

Mientras tanto, en casa, de una manera tan sutil que al principio no nos damos ni cuenta, la película desgrana sus matices más serios. Nicola está verdaderamente perturbada, convencida de que es fea y gorda, y la alegría de su hermana tan solo actúa como un depresor diario.

Las gemelas saben casi todo acerca de la otra, pero nunca han discutido abiertamente alguno de sus secretos, y ahora que los problemas subyacentes de la familia salen a la luz, empiezan a hacerlo. No quiero revelar demasiado. Especialmente quiero evitar estropear el extraordinario impacto de uno de los estallidos de Wendy, la madre, quien les dice a sus hijas algunas de las cosas que los niños nunca parecen percibir sobre sus padres.

Al final de "La vida es dulce", nos ponemos en contacto con la propia vida, con la forma en que todos nos esforzamos y hacemos las cosas, con cómo comprometemos algunos de nuestros sueños e insistimos en el resto. Ver esta cinta me hizo darme cuenta de lo aburridas y débiles que son muchas películas: cómo sustituyen las tramas por las cosas más deslumbrantes de la vida.

"Life is Sweet" ha sido el mayor éxito hasta ahora en la larga y valiente carrera de Mike Leigh, quien grabó una película titulada "Bleak Moments" que entró en mi lista personal de "lo mejor del año" en 1972, y luego no gabró otra película hasta "Grandes Ambiciones" de 1989 (que también se metió en mi lista de las "10 mejores", por lo que nunca ha hecho una que no formase parte de la lista). Los socios capitalistas de una película son comprensiblemente lentos a la hora de respaldar un proyecto sin guión, pero Leigh ha persistido en estas colaboraciones con sus actores donde, a su propia manera intrépida y terca, finalmente se ha convertido en un héroe.

Lo más sorprendente es que un hombre pueda ponerse en contra de las fuerzas del mercado del teatro y la pantalla durante 20 años y aún así conservar su sentido del humor. Y sin embargo, ese es el logro de este director. "La vida es dulce" es tan divertida, espontánea y libre como si la hubiese rodado un millonario por diversión. Véala y sentirá la libertad con la que se pueden hacer películas cuando se liberan del bloqueo producido por el trabajo en cadena.

NAKED (INDEFENSO, 1994)

Reseña de Roger Ebert (1994)

Parece como si los personajes de "Naked" de Mike Leigh hubiesen vivido de puertas adentro toda su vida, tal vez en un sótano. Su piel pálida y pastosa tiene pinta de ser fría al tacto a causa de la iluminación azul grisácea de la película. La cinta está filmada a base de grandes contrastes que logran que todo parezca un poco más sombrío y angosto de lo que debería ser. Y si escuchas atentamente la banda sonora, te das cuenta de que falta gran parte del sonido ambiental de fondo de la mayoría de las películas; se escuchan voces planas y sin tonalidad, resonando en lo que parece una habitación vacía.

En el caso de "Naked", todas estas elecciones estilísticas parecen de lo más adecuadas, y también el título, que describe a estos personajes sueltos en el mundo sin las habituales máscaras protectoras. Están vestidos, pero no de forma cálida o alegre. Pero también están desnudos de familias, relaciones, hogares, valores y, en la mayoría de los casos, trabajos. Viven con pocas posesiones en la Gran Bretaña moderna, excepto por sus palabras.

El personaje central de "Naked" es Johnny (David Thewlis), quien al comienzo de la película protagoniza una fuerte escena de sexo con una chica que llora en un callejón de una árida ciudad del norte, y luego roba un coche y conduce hasta Londres. Por la forma en que habla y ciertas cosas a las que se refiere, poco a poco intuimos que ha tenido una educación: es un "intelectual", en el sentido de que sus opiniones están formadas principalmente por palabras, no por sentimientos.

Algo ha ido terriblemente mal en su vida, y lo ha dejado varado y sin relaciones, empleo o esperanza. Acude al apartamento de una vieja novia, que está de vacaciones, y se muda allí, iniciando una relación condenada con la compañera de piso Sophie (Katrin Cartlidge), tan chiflada por las drogas que en todo caso, apenas parece capaz de conectar lo que dice con lo que piensa.

La "relación" entre los dos es tan patética que llega a hacerse casi inaguantable. El "sexo" que mantienen es un intento tan desesperado de sentir algo en medio de sus separadas tierras de nadie que es muy parecido a verlos infligirse heridas. Cuando otros personajes aparecen en el piso, especialmente uno arrogante e hiriente (Greg Cruttwell), el propietario, parecen visitantes de otros círculos del infierno cercanos.

Tampoco las cosas mejoran con la llegada de Sandra (Claire Skinner), cuyo nombre figura en el contrato de alquiler. Ella tiene trabajo, aparentemente se considera normal y productiva, y ofrece consejos y críticas gratuitas, pero la película nos invita a ver cuán precariamente se encuentra al borde de caer en el mismo abismo que sus amigos.

El método de trabajo de Mike Leigh es bien conocido. Reúne a sus actores, sugiere una temática y les pide que improvisen las situaciones de la película. El guión se desarrolla a partir de estas sesiones de trabajo. Este método ha creado en "Indefenso" a un grupo de personajes que posiblemente no podrían haber surgido con un guión convencional. Es el tipo de película más allá de lo imaginable, y solo se puede crear mediante la experimentación y la observación. ¿Es que existe gente así? Sí, un montón, con la capacidad y la inteligencia suficientes para llevar una vida funcional, pero carecen de la voluntad y, en particular, de empatía hacia los demás. De alguna forma se han escurrido de la foto. No es fácil volver a salir en ella.

La película de Leigh ganó el premio al mejor director en el Festival de Cine de Cannes del año pasado, y el premio al mejor actor para Thewlis, cuyo papel también ha sido honrado por varios grupos de críticos. Su actuación no tiene fallos. Le concede a Johnny una especie de heroísmo: no es que nos guste o aprobemos su conducta, sino que admiramos la forma obstinada en que se adhiere a sus creencias y avanza a través de la miseria, la ira y la desesperación. Hay una escena que se cuenta entre las mejores que Leigh haya rodado nunca. Johnny entabla conversación con un vigilante nocturno, que lo lleva de recorrido nocturno por un moderno edificio de oficinas. El subtexto es que el vigilante nunca hará lo que hacen los empleados en el edificio durante el día, sino que debe su supervivencia a su trabajo de protegerlo por la noche, lo que a gusto de Johnny carece incluso de cualquier base sólida.

Es una película dolorosa de ver, pero también estimulante, como lo son todas las buenas películas, porque estamos viendo al director y a los actores aventurarse más allá de cualquier idea convencional de lo que debe ser una película moderna. No hay trama, no hay personajes con los que identificarse, no hay esperanza. Pero el cineasta pone mucho cuidado: se preocupa lo suficiente por estos personajes como para observarlos de cerca, para notar qué parecen y cómo suenan y qué sienten.

Leigh ha comentado en una entrevista que si bien sus películas anteriores (incluidas "Grandes Ambiciones" y "La Vida es Dulce") podrían haber encarnado una visión socialista del mundo, esta se acerca a la anarquía. Estoy de acuerdo. En "Indefenso" sugiere un mundo en el que los sistemas sociales se han distanciado de algunos habitantes como Johnny y las mujeres del piso.

Al mundo le resultan indiferentes, y él a ellos. Hasta cierto punto, ni siquiera saben lo que les ha ocurrido. Johnny tiene un leve atisbo de la verdad. Su respuesta no es esperanzadora ni tiene un plan. Consiste en una risa dura y sardónica.

La destrucción es su única respuesta.

jueves, 17 de diciembre de 2020

PAT MILLS Y LA FATALIDAD, ENTREVISTA CON EL FUNDADOR DE 2000 AD EN THE QUIETUS

Por Joel McIver para The Quietus, 2017. Traducción: Frog2000

Pat Mills, el fundador de 2000 AD, charla con Joel McIver sobre un imperio del mal en el que los señores satánicos aplastan a sus esbirros hasta dejar nada más que desesperación. También se repasa el estado de la industria editorial, y se habla sobre el mundo ficticio del Juez Dredd.

Fue aproximadamente en 1982, tendría alrededor de 11 años, cuando conseguí una copia de 2000 AD. No sé cómo lo hice, me la tuvo que pasar un niño mayor que yo. Todavía recuerdo la sensación de puro miedo que me asaltó nada más abrir la primera página y ver a un personaje llamado Nemesis The Warlock. Nemesis, un abrasador híbrido de Satanás, una cabra, una gacela y un pterodáctilo, se encontraba en plena guerra con una parodia cyborg de un obispo católico llamado Tomas de Torquemada, el nombre del Gran Inquisidor del siglo XV en la vida real. En una versión profundamente perturbadora del infierno, Nemesis y Torquemada luchaban con lanzas y magia, mientras que a su alrededor la gente se quemaba viva.

Era absolutamente horrible, y eso que yo ni siquiera pertenecía a una familia religiosa. No me imagino el impacto que pudo tener Nemesis en cualquier niño católico. Además del miedo que sentía, también me parecía asombroso.

Casi al mismo tiempo, un niño del colegio me enseñó una copia de la revista Action. La serie más popular de la antología, que había sido prohibida unos años antes por sus gráficas portadas, giraba en torno a un gran tiburón blanco llamado Hook Jaw que masticaba a la gente hasta hacerla pedazos a todo color. De nuevo casi me cago los pantalones. Y también me sentía genial.

La siguiente ocasión en la que leí 2000 AD, conocí por primera vez al Juez Dredd, y con eso bastó: me hice adicto de por vida. No porque Dredd sea un buen tipo ni nada así. Esencialmente es un completo bastardo del cuerpo policial que dicta sentencias de muerte contra los criminales durante todo el día, todos los días, mientras patrulla las calles de una desagradable futura metrópolis llamada Mega-City Uno, ubicada en la costa este de los EE.UU. Dredd es en parte Harry el Sucio, en parte psicópata y, al mismo tiempo, es una confusa pero de alguna manera atractiva mezcla de valores de izquierda y de derechas. No te gustaría mucho conocerlo.

Pero seguro que sí que te gustaría conocer a las personas que lo idearon. Como explica el guionista, editor y fundador de 2000 AD, Pat Mills en su nueva autobiografía "Be Pure. Be Vigilant. Behave!" (el grito de guerra de su creación Torquemada), Dredd lo inventaron tres personas en 1977, cuando le pidieron a Mills que creara el cómic 2000 AD. A Mills se le ocurrió el nombre de Dredd copiando el nombre de la banda de reggae Judge Dread, y escribió muchas de las primeras historias de la tira junto al guionista-creador del personaje John Wagner y el dibujante-creador Carlos Ezquerra. Una situación compleja que, afortunadamente, Mills aclara en su libro.

A Mills también se le ocurrió Nemesis The Warlock y, sorpresa, sorpresa, antes fue responsable de Hook Jaw y Action, convirtiéndolo en el tipo responsable de asustarme hasta la muerte de niño. Sin embargo, en "Be Pure" señala puntos bastante más importantes en lugar de simplemente arrogarse el manto de ser el hombre que causó que toda una generación de fans de los cómics se cagaran colectivamente.

Las cosas más importantes que revela Mills son las siguientes (algunas os resultarán deprimentemente familiares). Una, la industria británica del cómic se encuentra en serios problemas. Al igual que ocurre con el resto del negocio del papel, la distribución digital ha erosionado las ganancias, mientras que una gama más amplia de opciones de entretenimiento para el público ha reducido los ingresos. Dos, los creadores, aquí Mills se refiere a dibujantes, editores, rotulistas, desarrolladores y similares, están mal pagados y sobrecargados de trabajo, y la presión para producir sin parar conduce a sufrir unas vidas laborales miserables.

Tres, la peor parte de todo esto es un fenómeno en gran parte típicamente británico. Nuestra industria del cómic es tacaña respecto a los derechos de propiedad intelectual, lo que significa que a menudo, los creadores se ven privados de la propiedad legal de su trabajo y, por lo tanto, de los ingresos profesionales tradicionales basados en el copyright. Cuando consideras que un sector grande y lucrativo como el de la industria del cómic se dedica a editar lujosas recopilaciones de historias publicadas anteriormente (¿os suena familiar, amigos músicos?), la verdad es que es aún peor de como sonaba al principio.

Mientras tanto, Mills ofrece un ejemplo tras otro del espantoso comportamiento de los responsables, en su mayoría editores. Aunque no se refiere a todos los editores, los mayores responsables de insultar, acosar, degradar y excluir a sus creadores tienden a ubicarse en dicha categoría.

Me vienen a la mente algunas anécdotas: una en la que utilizaron dibujos artísticos originales de valor incalculable para bloquear una tubería llena de agujeros; otra donde se comenta que le dijeron a un guionista en ciernes de 25 años que no importaba lo bueno que fuese, que no sería editor hasta los treinta; una más en la que una invasión ficticia por parte del ejército ruso tuvo que atribuirse a los 'Volgs' para evitar causar problemas; y otra en la que un personaje negro se sustituyó por uno blanco sin dar más explicaciones.

Su tono es lúgubre, aunque está fermentado a cada paso por anécdotas divertidas y alocadas de las que Mills ha sido testigo y sobre las cosas que el guionista ha llevado a cabo durante décadas. Explica que Dredd y Torquemada se inspiraron en parte en un sacerdote de la escuela católica a la que asistió de niño. Dicho clérigo se excitaba tanto al aplicar un castigo corporal que literalmente corría por el aula hasta su víctima agitando un bastón por encima de su cabeza.

Las opiniones de Mills sobre bastantes temas relevantes son muy educativas. Desprecia rotundamente a los superhéroes estadounidenses habituales, o "tipos en mallas", como él los llama, por su política conservadora y mainstream. Su propia creación Marshal Law, un personaje satírico publicado por primera vez en 1987, es la antítesis del canon DC / Marvel. También explica que el pensamiento detrás de los cómics para niñas, que se vendieron masivamente durante los años setenta, influyó en los equivalentes para niños, dejando claro que personajes tan masculinos como Dredd y el resto de los héroes de 2000 AD, no solo son mera testosterona.

Sorprendentemente, Mills es bastante tolerante con la primera película de Juez Dredd de 1995, una adaptación rutinariamente odiada y estropeada por su torpe naturaleza cómica y el papel de Sylvester Stallone como Dredd. Como él mismo señala con precisión, conseguir que se hiciera una película de Dredd, un personaje apenas conocido en Estados Unidos, fue todo un logro.

Sobre todo, a Mills le regocijan sus recuerdos sobre el apogeo de 2000 AD, antes de que los lectores siguiesen adelante, la industria comenzara a colapsar, los editores entraran en pánico, y uno o dos editores de lo más imprudente intentaran convertir la revista en algo titulado Loaded (o algo peor). El final feliz, cuando los actuales propietarios de Rebellion se hicieron cargo adecuadamente de la revista, continúa hasta hoy, aunque Mills lamenta las asépticas relaciones habituales con la editorial en comparación con los viejos tiempos. En aquel entonces, sus dibujantes, guionistas y él colaboraban en una especie de camaradería etílica, echando los restos en series clásicas de todos los tiempos como ABC Warriors, Slaine, Strontium Dog, Flesh, Ro-Busters, Nemesis, Rogue Trooper y el resto de las grandes. El canon 2000 AD.

Fueron verdaderos esfuerzos de equipo, explica Mills, mientras tiene mucho cuidado en darle el crédito a quien le corresponde y de explicar la contribución de cada fuerza creativa. A cualquier editor de cómics le hubiese gustado haber tenido la suerte de emplear talentos tan feroces como los de Kevin O'Neill, Alan Moore, Grant Morrison y John Wagner. Incluso aunque solo nos fijemos en la tira de Dredd, los diferentes estilos de Carlos Ezquerra, Brian Bolland, Mike McMahon y el fallecido John Hicklenton hicieron ganar a la serie una gran cantidad de devotos.

Dicha edad de oro ha quedado atrás, pero Mills, que ahora tiene 68 años y viaja por el mundo, todavía sigue sin asentarse y relajarse, porque ha fundado su propia empresa editorial: millsverse.com. Siempre un instigador, el escritor apareció de manera memorable en el documental "Future Shocks" de 2014, ratificando su presencia con un furioso 'Si no sabes qué diablos estás haciendo en 2000AD, ¡déjalo en paz!'

Pat, ¿podríamos empezar comentando que los momentos más aterradores que experimenté de niño fueron gracias a ti? Cuando leí Nemesis The Warlock y Hook Jaw, me quedé absolutamente aterrorizado.

Pat Mills: ¡Ja, ja! Me parece genial. Cosas como Hook Jaw y Flesh tratan sobre el miedo catártico. Existen cosas como el miedo sano y el miedo malsano, aunque no sé si alguien alguna vez los habrá definido correctamente o se ha estudiado ese campo. Mi objetivo era emocionar a la gente. Cuando crecía y leía cantidades interminables de ficción pulp, siempre retomaba los libros que más me asustaban. Eran un mundo más fascinante que la vivienda de protección oficial en la que crecí.

¿Llevas mucho tiempo preparando "Be Pure"?

PM: Sí y no. Escribí un blog que cubría algunos de los elementos del libro y luego empecé a expandirlo. Lo que motivó el libro fue que este año se cumple el 40º cumpleaños de 2000 AD, y me dije: 'Si no escribo sobre esto ahora, ¿cuándo voy a hacerlo?' En realidad, todos nos hemos mantenido muy callados sobre algunas de las cosas de los cómics británicos que me parecen increíblemente horribles, y había llegado la hora de decir algo sobre el tema.

Lo primero en lo que pensé fue en los huevos que tenías al decir todas esas cosas, especialmente porque todavía sigues trabajando para algunas de esas personas.

PM: ¡Sí, ja, ja! Yo también lo pensé. Si no estuviese trabajando para ellos, probablemente habría sido todavía más duro, así que la verdad es que me moderé un poco. Todo esto tiene mucho que ver con la transparencia y la honestidad. Si solo eres un robot y trabajas para una máquina, no es divertido. Al final debes decir algo.

En "Be Pure" hablas extensamente sobre el deficiente trato sufrido por los creadores por parte de los editores, especialmente cuando se trata de reconocer sus derechos de propiedad intelectual.

PM: Probablemente es el punto más importante del libro. Dudé mucho acerca de hasta dónde llegar, porque podría ser un poco aburrido para el lector en general, así que no me dejé llevar demasiado, ¡eso espero! Pero tenía que decir esas cosas, porque la falta de derechos es lo que ha destruido la industria británica del cómic. Lo único que nos impulsa es nuestro amor por los cómics. Pero ahora estamos colgando de un hilo.

Cuando se compara a la industria británica con su equivalente francesa, mucho más sólida, nos damos cuenta de que a los creadores se les paga adecuadamente por su trabajo.

PM: Absolutamente. Japón, Francia y Estados Unidos, en ese orden, son los países líderes en la industria del cómic. Le dije lo mismo a un periodista estadounidense y me contestó: '¿Estás seguro?', y lo estoy, porque he visto las cifras de venta. En el caso de Francia, la serie de Astérix es obviamente excepcional: los pedidos de esos cómics pueden rondar los cinco millones. El cómic estadounidense más potente puede llegar a las 100.000 copias.

¿Cómo van las ventas de los cómics británicos?

PM: No muy bien, sobre todo si las comparas con su momento de mayor apogeo, cuando Tammy vendía más de 200.000 copias a la semana, y más de un cuarto de millón a la semana después de fusionarse con Sandy. 2000 AD también vendía 200.000 copias a la semana, y mantuvo esas cifras durante varios años. Por supuesto, bajaron, pero significativamente volvieron a subir con El Dios Cornudo [en 1989-90]. ¿Qué nos puede indicar esto? Nos indica que cuando encuentras una superestrella como [el dibujante] Simon Bisley, y consigues una obra de arte completamente pintada, la gente sale y compra el cómic aunque normalmente no lo haga. Últimamente, se ponen a la venta muy pocas copias de 2000 AD. Es un secreto bien guardado, pero me parece que estarán por debajo de las 20.000.

¿Estará relacionado con la caída generalizada de la industria editorial en la era digital?

PM: También son factores que entran en juego, claro. Puede que los profesionales del cómic se digan: "Bueno, hemos perdido a nuestros lectores porque la industria del papel impreso está cambiando y en su lugar los chavales prefieren jugar", etc. La respuesta es que también tienen juegos de ordenador en Francia. Los críticos te dirán: 'Ah, pero los franceses son diferentes. Su cultura es diferente y no debemos establecer paralelismos”. Bueno, claro que puedes, gracias a Games Workshop, que comenzó al mismo tiempo que 2000 AD y es una de las historias de éxito más asombrosas de todos los tiempos. Siempre he pensado que vender cómics a los niños debería ser más fácil que venderles juegos de mesa.

¿Por qué crees que los años noventa fueron tan difíciles para la revista?

PM: En esa época pasamos por un extraña período, porque algunos de los nombres más establecidos en la revista fueron ridiculizados públicamente por el editor. Un ejemplo clásico fue [el dibujante] John Hicklenton. Sufría de esclerosis múltiple y lo estaban criticando públicamente de una forma bastante desagradable. Durante la mayor parte de los noventa estuve ocupado escribiendo y teniendo una vida, y pensando '¡Mejor será ignorar la revista! ¿A quien le importa?' pero a finales de la década me dije: 'Mierda, debería hacer algo'.

John era una fuerza de la naturaleza, ¿no es cierto?

PM: Lo era. Lo más triste es que muchos artistas de culto como él nunca alcanzarán el mismo éxito que los artistas convencionales. Fijémonos en Brian Bolland, que es un maravilloso dibujante de culto y un artista convencional, motivo por el que todos aman su trabajo. Los autores como John Hicklenton suele tener seguidores de culto: muy fieles, pero al fin y al cabo son una minoría. Esos son los tíos a los que expulsaron de 2000 AD.

Entonces, ¿crees que la revista ha sufrido lo suyo?

PM: Sí. Estos últimos años he caído en la desesperación, porque cuando estaba trabajando en la revista, llegamos a un punto en el que podía mostrarle la obra de un artista a un editor, y me decía: 'Está bien, vemos qué pasa'. A fin de cuentas, he acertado más veces de las que la he fastidiado. De vez en cuando, había alguien que por así decirlo, no funcionaba demasiado, pero incluso entonces teníamos algo bueno para ellos. Un buen ejemplo es el que menciono en el libro, Fay Dalton, que ahora está teniendo más éxito en otros lugares. Miras su trabajo y piensas '¡Guau!'

Pero, ¿valdrá su estilo para 2000 AD? No. Y me pregunto por qué. No es que su trabajo sea oscuro o se oriente demasiado al público que busca artistas de culto: es un poco como una caja de bombones, muy sexy. La única conclusión que se me ocurre es que ella no encajaba en cierto tipo de perspectiva estrecha de cómo deberían ser las cosas. Espero y rezo para que no sea eso lo que pasó en 2000 AD, pero había ciertos indicios de ese tipo de cosas conservadoras que se pueden ver en muchos personajes con mucho éxito en los medios. Puede que los editores te digan: '¡Este personaje debería tener seis botones y solo has dibujado cinco!' y otras cosas por el estilo. Necesitan que el personaje tenga un aspecto muy definido, aunque uno de los elementos que llevó a 2000 AD al éxito fue que era bastante aleatorio y salvaje. El Slaine actual es muy diferente del de los primeros tiempos, por ejemplo.

Entonces, ¿cuál es la solución?

PM: El problema es que cuando tus ventas son relativamente bajas y estás sometido a mucha presión, inevitablemente los editores jugarán sobre seguro. Pero si juegas sobre seguro, especialmente en un cómic como 2000 AD, los lectores se empezarán a quejar y te dirán: 'Esto no es tan audaz como solía ser. ¿Dónde está la chispa?' Necesitas esa ventaja, no solo para los lectores de mediana edad, sino también si quieres atraer a los chavales. Tal vez no hay que ser tan audaz como John Hicklenton: no estoy seguro de si su trabajo le sentaría bien a un niño de 13 años, porque puede que se lo mirase y dijera: 'No lo entiendo'. Pero necesitas tener algún tipo de audacia. Mira los juegos de ordenador que les gusta a los niños: Assassin's Creed, Halo, Grand Theft Auto, etc.: todos son bastante claros.

¿Atienden los editores a lo que les dices?

PM: No. Mi argumento es el típico que a la gente no le gusta escuchar. Sé que es genuino porque yo, al igual que cualquier otra persona, soy responsable de perder a esos chavales. Todos debemos asumir colectivamente alguna responsabilidad por haber perdido a esos jóvenes lectores, los de 11, 12 y 13 años.

Has aludido a la palabra que empieza con C, conservadurismo. Es uno de los temas predominantes de "Be Pure", comenzando por los violentos sacerdotes de tu escuela que inspiraron a Dredd y Torquemada, hasta los editores de la vieja escuela durante los primeros días de 2000 AD. Seguramente la industria del cómic es menos conservadora en la actualidad.

PM: Puede que no sea conservadora, pero es emocionalmente distante. Los de Rebellion ni siquiera me mandaron una tarjeta por Navidad. Y no es que sea un paranoico, ¡es que a todos los autores les ha ocurrido lo mismo! Cuando tienes poco tiempo, algo salta por la ventana, y puede que eso sea la conexión emocional con el personal. Parece el signo de los tiempos. Es muy diferente a la época anterior en la que crecí, antes de la informática. En aquel entonces era muy normal que todos nos pasáramos largas horas de almuerzo borrachos, no solo en el mundo del cómic, sino en toda Fleet Street, y que se nos ocurriesen ideas geniales durante esa forma bastante horrible de hacer las cosas.

"Be Pure" explica en detalle la diferencia entre un creador y un desarrollador, y también señala que este último puede necesitar un período de seis semanas para hacer germinar una serie, sin que se le pague por ese tiempo.

PM: Suena mal, ¿verdad? Y en gran medida, hasta ahora se desconocía que se requiere un período de desarrollo creativo tan extenso. El tiempo mínimo para dar con un gran personaje, algo como Juez Dredd, Strontium Dog o los ABC Warriors, son seis semanas. Si piensas en cuánto tiempo lleva escribir una novela, seis semanas sale barato, porque es gratis. De nuevo, todo forma parte de la contracción del mercado del cómic británico. En el pasado, los editores sabían que necesitabas dicho período de desarrollo y probaban formas diferentes para ayudarte a lograrlo.

¿Cómo es ser un creador de cómics en 2017?

PM: Todo es un poco más lamentable. Todos los creadores de 2000 AD se enfrentan al problema de tener que hacerlo todo muy rápido. Los creadores británicos no son menos talentosos que los franceses o los de cualquier otro lugar: no les gusta tomar atajos, pero al final van a tener que hacerlo. Si eres un artista con una familia, tienes que trabajar muchísimas horas, y lo sé bien porque lo he estado hablando con una pareja hace poco. Hablamos de estar trabajando desde las ocho de la mañana hasta las 10 de la noche, lo cual se puede hacer sin problema cuando tienes 25 años, pero cuando llegas a los 50 o lo que sea, no es algo particularmente saludable, y además te gusta tener una vida.

¿Eres la única persona que se atreve a señalar la existencia de estos problemas?

PM: Casi que sí. La gente no asoma la cabeza, pero por alguna razón, ¡yo sí! ¡Jaja! Solo me digo: 'A la mierda' y subo el morro por encima del parapeto, y cuando empiezo a guionizar un cómic, me parece apropiado hacerlo. Ser subversivo te da como una especie de placer.

Tu trabajo se ha reimpreso muchas veces. ¿Te produce algo así como una emoción encontrada ver un nuevo tomo de Pat Mills? Es un artefacto hermoso, pero los beneficios por los derechos son una basura, casi inexistentes, ¿verdad?

PM: Esa es una buena forma de resumirlo, "reacciones encontradas". Te preguntas: '¿Cuánto voy a ganar con esta nueva edición?' y son cien libras. Ahora, tampoco son los escasos beneficios por copyright que ganan los autores independientes. Como tengo tantos tomos publicados, al sumarlos parecen algo, pero me sigue produciendo reacciones encontradas que no sé cómo afrontar. Cuando editas una serie propia con el contrato adecuado y los derechos claros, te asalta una sensación de satisfacción que siempre te falta con cualquiera de las que apenas obtienes nada, aunque sea absolutamente hermosa, como alguno de los recopilatorios de Rebellion. Los tomos de lujo de ABC Warriors tienen una calidad muy alta y están muy bien impresos. Así que sí, me produce sensaciones ambivalentes.

¿Puede que sea esto lo que te impulsa a ocuparte de tu propio negocio, donde eres más diligente con las series de tu propiedad?

PM: Sí. Si te soy honesto, me habría gustado escribir cómics hasta mi jubilación, pero a medida que el dinero se iba reduciendo cada vez más, me di cuenta de que no sería capaz. Habría terminado trabajando siete días de la semana, algo que he hecho de vez en cuando, una verdadera locura.

Ahora estás montando un negocio editorial.

PM: Todo empezó hace un par de años. Mi esposa Lisa y yo empezamos a publicar digitalmente mi serie francesa, Réquiem, el Caballero Vampiro, en inglés. Luego empezamos a publicar en enero de este año "Serial Killer", un thriller cómico co-guionizado junto a Kevin O'Neill, una historia alternativa y retorcida de los cómics británicos. Seguí con "Be Pure", y actualmente estoy terminando la secuela de "Serial Killer", titulada "Goodnight, John Boy". También tenemos listos otros dos o tres proyectos que aparecerán en breve. La velocidad con la que podemos crear y luego publicar resulta refrescante, porque no dependemos de los dibujos de los artistas o de los editores que no nos pueden encajar en su agenda. Hemos descubierto que las ventas son lo suficientemente altas como para que sea un negocio viable: en particular, "Be Pure" se ha vendido excepcionalmente bien. Las ventas superan fácilmente cualquier cantidad que hubiese ganado escribiendo un cómic durante el mismo tiempo. Es una sensación realmente agradable.

Entonces, ¿es probable que la industria del cómic de este país siga despeñándose?

PM: Mi experiencia me dice que el hecho de alejarme de la industria tendrá su reflejo en otros autores, que también terminarán por hacerlo. Sin duda, hay gente que se presentará para ocupar nuestro lugar, pero el resultado será que el producto neto se irá diluyendo. Los editores del pasado solían pensar: "Me da igual que estos tipos se marchen a Estados Unidos o Francia, que los jodan, conseguiremos que otros ocupen su lugar". Y por un tiempo tuvieron razón, porque llegaron tipos como Glenn Fabry, Simon Bisley y Jock, pero hasta donde sé, en la última década no ha ocurrido lo mismo. La mayoría, tal vez todos, de los nuevos chicos se marchan directamente al mercado de los juegos o al cómic estadounidense, y ocasionalmente a Francia, como hice yo.

¿Nos puedes dar alguna buena noticia?

PM: Lo mejor de todo es que sobre 2000 AD ya no pende ninguna amenaza, como ocurría en los noventa. No lo he estudiado con el suficiente detalle como para poder comentarlo, porque cuando dejé la dirección editorial me hice la promesa de que no lo haría, y la he cumplido. Sin embargo, en el corazón del cómic reside la contracultura. Las historias siempre deben ser contraculturales. Mi forma de hacer las cosas es muy diferente a la de Grant Morrison, Alan Moore y John Wagner, pero el hilo común que nos atraviesa a los cuatro, y a otros guionistas, es esa sensación de intentar desafiar algún aspecto del statu quo, burlándonos de él y criticándolo. Si alguna vez esas historias llegaran a convertirse en ciencia ficción "mainstream", si es que existe tal cosa, empezarían a desaparecer. En ellas, el lector busca una experiencia colectiva y desafiante, y si no la encuentra en alguna, la dejará de lado.

¿No crees que para bien o para mal, en la actualidad hay menos protestas y quejas? Mucha gente acusa a cualquier menor de 30 años de estar totalmente desinteresado en desafiar el status quo, porque está demasiado ocupado mirando su teléfono móvil en Starbucks.

PM: Es posible. En los años setenta, cuando escribía historias contraculturales, no parecía algo tan notable. La Guerra de Charley era una historia donde criticábamos la Primera Guerra Mundial: ¿y qué? En realidad no destacaba entre las demás. Y la cosa continuó durante la era de Thatcher. Tampoco Crisis, el spin-off de 2000 AD, fue una pequeña ida de olla del editor: era un reflejo de que los adolescentes que compraban 2000 AD eran bastante tontos.

¿Cuándo crees que cambiaron las cosas?

PM: Fue a principios de los noventa, cuando se produjo una violenta reacción contra esas historias políticas. Los lectores decían que querían que Slaine matase dragones en las historias de Simon Bisley, en lugar de analizar la mitología. Solo es una suposición por mi parte, pero a medida que avanzó la década y las ventas fueron bajando, imagino que los editores se dijeron: '¿Por qué estamos perdiendo ventas? Quizá somos demasiado políticos. ¡Expulsemos a Pat de su tribuna!´ Definitivamente me dijeron que bajase el tono, lo cual hice un poco, porque necesitaba comer, y me retiré al campo de la ciencia ficción. Creé un personaje llamado Finn, un activista ecologista con un lado oculto y mucha acción, aunque nunca lo han recopilado en forma de tomo. Pero sí, la sociedad se ha vuelto muy tonta, y es probable que se necesite algún evento político terrible para que todo esto cambie, el equivalente a las protestas por los impuestos de lujo.

Hablando de asuntos ocultos, en el libro mencionas tus experiencias con los ovnis.

PM: Me hubiese encantado escribir más sobre el tema, ¡pero no quería que nadie se disgustase y tirase el libro a la basura! Una vez estuve en un programa nocturno sobre ovnis, y otro de los chicos que acudió se pensó que los del programa se estaban riendo de él, y destrozó el estudio, y los de seguridad se lo tuvieron que llevar... Me fascina cómo reaccionaron los demás cuando les dije que había tenido un encuentro en la tercera fase. En ese momento mis hijas gemelas estaban en plena adolescencia. Una me dijo: '¿Puedo ir a verlos la próxima vez, papá?' y la otra comentó: '¿Llamó alguien a la policía?' ¡Ja, ja! Frente a estos fenómenos, cualquiera reacciona de forma diferente. Muchos de los que han sufrido experiencias con ovnis rara vez hablan sobre el tema, porque no quieren que se los lleven los hombres con batas blancas, aunque, por supuesto, para alguien que escribe cómics no está nada mal, ¡porque de todos modos ya debemos estar bastante majaras!

¿Qué piensas sobre las películas de Dredd de 1995 y 2012?

PM: Se ha vuelto tan estándar cargar contra la primera que mi instinto natural me obliga a defenderla, ¡pero tampoco voy a llegar tan lejos como para ponerme bajo la pica! El robot me parece genial, y algunos de los efectos especiales eran buenos, pero lo más desconcertante es que en algunos momentos parecía bastante plomiza. Incluso sin ser muy buenas, a la mayoría de las películas de ciencia ficción les suele ir bien en taquilla, pero en lugar de simplemente decir algo en plan: "era terrible porque Dredd besaba a la Juez Anderson" o "Nunca debería haberse quitado el casco", a la película sobre el Juez Dredd de 1995 la machacaron de una forma horrible. El verdadero problema es que en ese momento, en Estados Unidos no se conocía al personaje, incluso hoy sigue sin ser muy conocido. Quizá no existían los vínculos culturales necesarios para que Dredd triunfase en Estados Unidos, y lo mismo se puede aplicar a la película de 2012, que por supuesto, prefiero a la primera. Lo triste es que Dredd se originó en el underground estadounidense, a raíz de un tebeo titulado Manning que a John Wagner y a mí nos encantaba.

Si el editor actual de Rebellion y 2000AD, Matt Smith, te dijese alguna vez: 'Pat, nos gustaría que volvieras a ser el editor' y la oferta fuese la adecuada, ¿dirías que sí?

PM: Oh, sí. Tendría que hacerlo, ¿verdad? No creo que suceda, claro, pero me sentiría tentado, porque los lazos emocionales que nos unen a todas las series, revistas y cómics en los que hemos estado involucrados nunca desaparecen. Sigues atado a todo para siempre.

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