miércoles, 3 de junio de 2015

EL FUTURO YA NO ES GRANDE. EL FUTURO ES PEQUEÑO.


Por Warren Ellis para Wired (2009). Traducido por Frog2000.

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Problemas del futuro: diseñar un centro de transporte para regular el flujo del tráfico de cápsulas farmacéuticas revestidas de carbón fullereno que trabajan a nanoescala para administrar medicamentos directamente en el corazón de los tumores cancerígenos. La comunicación entre la estructura y el vehículo tendrá que llevarse a cabo a través de la transferencia de proteína codificada, ya que estarás por debajo del límite en el que las ondas de radio pueden ser transmitidas o recibidas.

Después de haberme leído el tomo de Masamune Shirow, diría que a esto se le puede llamar depósito de intrón. Pero un "intrón", según me asegura la ciencia, es un pedazo de ADN que se encuentra dentro de un gen y que no es capaz de codificar la proteína, por lo que tal vez no encajaría bien del todo en lo que he descrito. Pero ese muy bien podría ser el verdadero problema a resolver, diseñar un depósito de intrón para que pueda gestionar el flujo de vehículos que administren fármacos nanoscópicos. Estoy intentando imaginar el tipo de ordenador que se necesitaría para supervisar el tráfico artificial en el cuerpo humano, cuando todavía no somos capaces ni de controlar el tráfico en Birmingham. 

Casi desearía que el escenario fuese parecido al de la película de los sesenta "Fantastic Voyage" [Viaje Alucinante, 1966] y sus Fuerzas Disuasivas de Miniaturas Combinadas. Los mejores científicos y soldados de Estados Unidos siendo conducidos por una extraña y enormemente brutal base subterránea, a bordo de carritos de golf eléctricos, trabajando para reducir los submarinos a tamaño microscópico en grandes salas científicas con aspecto discotequero. Pero eso es un problema del futuro: el futuro ya no es grande. El futuro es pequeño.

Dubai sigue lanzando estructuras enormes y raras hacia el cielo, pero allí no hay futuro alguno. Las mega-estructuras se han convertido en algo medieval. Parece obvio, pero todavía existe ese impulso aparentemente ineludible de mirar las cosas como si fuesen una aparatosa nave espacial, algo que sus propios pilotos denominan como Ladrillo Volador, y cuyo procedimiento de huida de emergencia en realidad consiste simplemente en "sentarse allí y morir". Llámalo El Futuro y laméntate mientras pasa por encima tuyo como una de las señales de que nuestro camino hacia el futuro parece estar bloqueado por vertederos y pilas de Daily Telegraph podridos.

Echo de menos gigantescas y locas bases subterráneas tanto como cualquiera, posiblemente más, porque en el fondo siempre he creído que debería haber sido un villano de James Bond, pero me encanta el hecho de que el Laboratorio de Propulsión a Chorro parezca estar controlando los rovers de Marte desde un Portakabin en algún lugar de las afueras de Pasadena. Y me atrae mucho la idea de que los estudiantes de arquitectura actuales se enfrenten a problemas relacionados no con estúpidos despilfarros de mucho dinero como los Estadios Olímpicos que en seis años de tiempo no serán nada más que receptáculos para la espusmosa e incandescente orina de vagabundos bebedores de meta líquida, sino que en su lugar se les pedirá soluciones para ideas como la del depósito de intrones. Desde prótesis valvulares contra la propensión a la corrosión hasta secciones prefabricadas de hormigón para un estúpido tumor, pasando por estaciones catedralicias a escala atómica donde organizar las trayectorias por la corriente sanguínea de los trenes bala de nanocarburo imputrescible. Eso me parece hermoso.

Estoy preparado no para un futuro, sino para el hoy en día en el que la ciencia ficción se convierta accidentalmente en un hecho científico. Diseñar un edificio atravesado por canales para ordenadores líquidos: el ruido sereno de un procesador coloidal burbujeando como un arroyo, una nota constante en el centro de negocios, pequeñas escuelas hechas de agua centelleante que indiquen el recorrido de las hojas de cálculo y documentos por los pasillos hacia el mundo exterior. Concebir una nueva universidad de espejos con servidores de fotones ejecutando su intranet. 

Me gusta pensar que el depósito de intrones también podría ser dirigido para aliviar el dolor producido por el síndrome de túnel carpiano de usuarios pioneros que podrán ser vistos tamborileando extrañamente los dedos en las mesas de cafés y bares. Me gusta imaginar el Área de la Bahía casi completamente en silencio excepto por el golpeteo de los dedos. Porque todos estarán inmersos en Twitter, ya lo verás, todos llevarán lentillas que proyectarán un teclado virtual bajo su mano derecha y una muñequera que leerá los movimientos de la mano, y el golpeteo constante estará enviando mensajes invisibles de 140 caracteres. Eso es lo que ocurrirá. Hazme caso.

Me gusta pensar que un Steve Jobs enloquecido por la envidia será capturado en Castro con un cuchillo de carnicero y un saco lleno de manos derechas. En su mente todos los policías le parecerán Bill Gates, y todos estarán repitiendo esa frase del Frankenstein de Andy Warhol enunciada por Udo Kier: "Para conocer la muerte, Otto, primero debes follarte la vesícula biliar de la vida."

Estos son los pensamientos que me alientan el día. Hola.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, Frog2000, buenísimo como siempre el blog, pero... ¿se acabó Ruta 66? Si así fuera, gracias por los 122 números, así y todo, ojalá sea que no, un saludo

Carlos Ortega

frog2000 dijo...

No, el Ruta seguirá. Pero hasta que no me arreglen el ordenador, no podré seguir escaneando ejemplares. Espero que la próxima semana siga la fiesta,
un saludo,
F.

Anónimo dijo...

Genial, muchas gracias!

Carlos