lunes, 21 de septiembre de 2015

FU MANCHU E HIJO, INC. (PARTE 3 de 4)


Fu Manchu e Hijo, Inc. Artículo de Lou Mougin aparecido en Amazing Heroes 12 (1982). Traducido por Frog2000. Parte 1, parte 2.

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LA ERA DE GULACY Y MOENCH

Después del "Special Edition" se lanzó la serie (renombrada sencillamente como Master of Kung Fu #17), que durante cuatro números más estuvo bajo la férula de Steve Englehart. Los dos siguientes episodios fueron dibujados por Jim Starlin, guionizados por Englehart y entintados por Al Milgrom con yonquis atacantes que eran brutalmente apalizados por Shang en dicho número 17. "¡No fue idea mía, tío!", replica Starlin simbólicamente mientras repasa la portada. "¡Ol-ví-da-lo!" Mientras tanto, el protagonista veía cómo su hermano carnal Midnight era asesinado por Fu Manchu después de haber sido elegido como asesino de su propio hermano, y Black Jack Tarr hacía acto de presencia en "Lair of the Lost". Un calvo y fornido agente del MI-6 (al igual que lo era el propio Smith, por cierto), que tenía un mostacho de morsa y que pronto se convertiría en un personaje del estilo de Dum-Dum Dugan. Black Jack servía devotamente a la Reina, al País inglés y a Denis Nayland Smith con sus poderosos brazos de hierro y su embotada mente. Cuando finalmente Smith estuvo a punto de asesinar a Shang en la mansión, éste lo derrotaba en una lucha justa. Shang-Chi hacía las paces con él y lo convencía de que debería levantarse de su silla de ruedas y pelear. Finalmente se convertían en grandes aliados, y Black Jack adquiriría una reticente admiración por un joven al que nunca dejó de referirse como "el chino". (La brusca coraza de Tarr finalmente sería atravesada en una historia de 1978, cuando revelaba que tenía un corazón de oro y rompía a llorar.)

Luego apareció el #18. Y Paul Gulacy.

De todos los cerca de la docena de dibujantes que pasaron por Shang-Chi, Gulacy se sitúa en la cima. Gulacy es un dibujante comercial que empezó como un imitador de James Steranko y siguió evolucionando desde ese punto, hasta que difícilmente cualquiera podría degradar su obra comparándola con la de otro dibujante; sus renderizaciones fotográficas de combates de artes marciales en papel bombardeaban el ojo con el mismo artificio que el de una película de espías. En sus dibujos, Shang-Chi y su elenco deambulan mientras son vistos desde extraños ángulos, se ciernen dulcemente por fondos sin rasgos distintivos, con los tendones estirándose en los huesos mientras pelean combates que parecen un ballet. Nadie a este lado de Reed Crandall podría rivalizar con la precisión del dibujo de Gulacy. Esto, por supuesto, era reforzado por un juicioso pedacito de fotografías birladas. Gulacy jugó con todo ello, y sus imitaciones de personajes se convirtieron en un entretenimiento por derecho propio. Shang-Chi combatía con poses cercanas a las de Bruce Lee. Fu Manchu era interpretado por Christopher Lee según las caracterizaciones aparecidas en las películas de la Hammer. El propio Jim Steranko aparecía como Demmy Marston, un zar del juego, y Ward Sarsfield, un áspero equivalente del Q de James Bond, era la viva imagen de David Niven. Pero no eran copias serviles, sino que el dibujo de Gulacy era el dibujo de Gulacy, punto.


El ritmo impreso por Englehart hacía que las peripecias de Shang-Chi tuviesen un regusto solitario y errante que recordaba a El Fugitivo, donde o bien el titular de la serie acechaba a alguien o era acechado por los esbirros de su padre. La última entrega del guionista, en el #19, terminó con Shang-Chi haciendo extraño equipo con El Hombre-Cosa, que era forzado a quemar a Si-Fans encapuchados. Incapaz de manejar la carga que suponía Shang-Chi en su propia serie y en Deadly Hands of Kung Fu, sobre la que luego hablaremos un poco más, Englehart le pasó la serie a Doug Moench, que con todo su aplomo se encargó tanto de ambas como de los Giant-Size Master of Kung Fu.

Doug Moench era perfecto tanto para hacer equipo con Gulacy como para el personaje de Shang-Chi. Moench era un escritor profesional que había desembarcado en los cómics a través de la Warren y luego había llegado a Marvel. Sus guiones para los cómics estaban adecuadamente libres de clichés. Los personajes de Moench parecían reales, gente compleja que necesitaba dormir, amar y comer, y que eran heridos cuando no conseguían hacerlo, o peor aún, cuando lo conseguían de la forma equivocada. Los villanos no eran simples matones de artes marciales con una neurona, sino que lo más común es que fuesen manipuladores como los de Ian Fleming. Gradualmente fue cambiando el estilo del personaje a lo David Carradine/ Kung Fu de Englehart hacia el thriller de espías moldeado en las películas y novelas de James Bond… una evolución que Englehart nunca le perdonaría.


Para compensar, Moench presentó a Shang como un fugitivo errante en la revista en blanco y negro de mayor tamaño, Deadly Hands of Kung Fu, también con historias de Englehart, Starlin y Alan Weiss. A menudo Moench hizo equipo con Mike Vosburg en dicho título y contó una larga saga de Shang-Chi en San Francisco, unas historias que eran una combinación de discurso moral y combate a puñetazos. Algunas eran buenas y otras no tanto, y eso es todo lo que puedo decir de ellas. Más tarde, por supuesto, Moench se juntaría con Rudy Nebres para acometer el serial en seis partes titulado “Golden Dragon”, que fue excelente.

De vuelta en su propia colección, Shang-Chi se encaró y enfrentó a los ejércitos de Si-Fan que le atacaban con sus sais, sables y su actitud contra el progreso, derrotándolos de vez en cuando. Las mejores historias aparecieron en Giant Size MOKF, donde Doug y Paul colaboraban narrando prolongadas batallas entre Shang-Chi y Fu Manchu. En el segundo número se presentó el amor de Shang Chi, una sexy instructora de Kung Fu llamada Sandy Ling. “¿No es algo mágico, Shang-Chi?”, le preguntaba mientras lo abrazaba en un banco del parque. “¿O es que tu espíritu desea abrazar falsos cúlmenes imposibles? ¿Crees que esto es algo mágico en sí mismo, o que es algo creado por dos personas cuyas almas se encuentran solas?” “Esas son preguntas que nadie debería responder”, replicaba Shang. “No,” decía Sandy, “Sencillamente son preguntas escalofriantes. ¿Es que no quieres afrontarlas? ¿O es que temes llegar a…?” Todo esto había sido precedido por el ataque de un grupo de malos tipos de los Si-Fan durante una página. Al final, Fu Manchu hacía que él se pusiera en contra de ella con un ardid, causándole no poco dolor. Como ocurría con el resto de los personajes de Gulacy, al protagonista todo se le hacía cuesta arriba.


Gulacy y su compañero se esforzaron por meter a Shang-Chi en las trampas que habían visto en cada película de artes marciales que se hubiese rodado alguna vez, y más aún. Shang-Chi caía en arenas movedizas, dentro de un reloj de sol gigante lleno de pinchos, entonces daba un salto mortal y se agarraba de dos de los pinchos y saltaba sobre un foso relleno de ácido. Shang-Chi era el pasajero de un avión lleno de asesinos Si-Fan, pero los derrotaba casi sin tomarse un respiro. Shang liberaba a una bella chica que se encontraba atada en un techo lleno de cuchillas y con el suelo repleto de cobras, eliminaba a todo un ejército de asesinos con un solo nunchaku, y desafiaba a Fu Manchu en su mismísima guarida mientras machacaba a siete asesinos expertos en artes marciales armados hasta los dientes, para luego encararse a su padre y escabullirse. Golpeaba a cinco tipos malos a la vez y si alguno seguía en pie después de una única patada, es que ese era el villano principal del número del mes. Nunca se enfrentó a un maníaco con una pistola, pero si hubiese tenido que hacerlo estoy seguro de que hubiese esquivado hábilmente las balas.

Lo mejor de todo es que Shang-Chi nunca hablaba durante la pelea. En los cómics de Marvel, donde Spider-Man se pasaba más tiempo ensayando chistes que escalando muros, esto era un cambio muy refrescante. De hecho, a menudo los textos de apoyo narrados en primera persona eran demasiado extensos. (“Aterrizo en mitad de fragmentos de memoria distorsionada… sabiendo que la galería está siendo vigilada.”) Simplemente era una narrativa que no se entrometía en lo que pasaba en la viñeta, ya que tu atención estaba completamente obnubilada por la pelea. “Master of Kung Fu” era tan única como cualquiera de las colecciones de mediados de los setenta, y se mantiene orgullosamente en el podio junto a titanes como Warlock, Killraven y Drácula. De hecho, se ha convertido en un “anciano respetable” en una proporción mucho mayor que cualquier número mensual de Conan.


ARTES MARCIALES SOBREALIMENTADAS

De nuevo, en MoKF #26 Shang-Chi se reunía con su medio hermana Fah Lo Suee. Ella era presentada como una perra fría y despiadada, menos exigente que su amor y ciertamente menos brillante, aunque probablemente un cincuenta por ciento más desagradable. Después de su derrota en los épicos números 44 a 50, cambió de papel y se convirtió en un agente del MI-6 de aristas más amables, e incluso esta vez tenía cosas bonitas que decirle a Smith, su antiguo amante. La historia presentaba a Lord Robert Greville, el hijo de uno de los personajes de Sax Rohmer, que tenía una sobrina llamada Melissa que terminaría siendo la secretaria de Sir Denis y que en los siguientes números se convertiría en un importante personaje de la serie. Y también tenía una hermana llamada Mandy, que acabaría como otro de los personajes secundarios de la colección… y así sucesivamente.

El tercer Giant-Size presentaba a la segunda estrella de importancia creada por Moench, Clive Reston. Un valiente clon de Sean Connery/ James Bond que fumaba en pipa y vestía una gabardina, de competentes habilidades deductivas, ducho en armas de fuego y con una volátil verborrea que acababa cruzando espadas con Shang-Chi a lo largo de toda la carrera del personaje. Le gustaba dejar caer comentarios sobre que su padre era James Bond y su tío Sherlock Holmes. De hecho, tanto le gustaba hacerlo que continuó así durante casi cien números, y se convirtió en una de las marcas de fábrica clásicas de Master of Kung Fu. Cuando Reston se fue a visitar a su padre en 1981, el dibujante Mike Zeck siguió con la broma dibujante a Reston Sr. como una silueta sin definir.


Como hemos dicho, Reston cruzó su camino bastante a menudo con Shang, y chocaron más de una vez a cuenta de Leiko Wu. Ella era una bella agente oriental y una luchadora de Kung Fu de primera categoría por derecho propio. Semanas antes de su presentación en el número 33, había terminados su relación con Clive, tomándose a continuación un relajante baño bajo una lámpara de lava en el apartamento del mismo. Era un amor de comic book a primera vista, y Leiko se convirtió en una de las mayores celebridades amorosas de Marvel. Al menos era capaz de patear sin problemas a la mayoría de los asesinos Si-Fan, de dos en dos ¡ni Sue Storm podría con ella! La tensión entre Leiko, Shang y Clive se mantuvo durante mucho más tiempo de lo que nadie se podría esperar. Si Shang y ella se hubiesen casado, se habrían divorciado dos números después. Y luego habrían continuado viviendo su vida como si tal cosa.

Después de algunos números con artistas marciales sobre-alimentados en la guisa de villanos (Phansigars, Shadow-Stalker y otros), Moench y Gulacy idearon una de sus primeras trilogías en los números 29 a 31 con el atlético Carlton Velcro. Dicha trilogía mostraba a Shang, Reston y Black Jack unidos peleando en el campo de juegos predilecto de un rey de la heroína, un lugar repleto de soldados, artillería pesada y montones de hermosas amantes. El propio Velcro era el perfecto villano de película de espías, completamente aburrido mientras ordenaba ejecuciones sin que le temblara la boquilla de su cigarrillo. Sus coloridos compatriotas incluían a Pavane, una preciosa rubia en un traje fetichista de cuero que portaba un látigo mortal, y el musculoso y enmascarado Puños de Navaja, que tenía dos grandes espadas en lugar de antebrazos. Sus diálogos eran en su mayor parte muy divertidos: “Mr. Velcro me ha pedido que os salude. Más concretamente, sus instrucciones fueron que os diera la mano. Estoy seguro de que apreciaréis el ingenio de Mr. Velcro cuando os reunáis con él... ¡pedazo a pedazo!”


Después de volar el Paraíso de Velcro, apareció otra explosiva némesis, el pueril asesino Mordillo, que quería activar un filtro solar mientras Shang-Chi se pasaba dos números sin revelar el misterio en una de esas patentadas historias “crípticas” de Doug Moench donde hacían aparición Darkstrider y sus Guerreros de la Red. A continuación llegó el momento de la pregonada historia con “El Gato” de los números 38 y 39. Esta historia repasaba de forma superficial los filmes de peleas, pero la caracterización hacía que incluso Operación Dragón pareciese algo interpretado deprisa y corriendo por Sonny Chiba. Shang-Chi se iba a Hong Kong para apoderarse de los documentos secretos de El Gato, un agente libre. En la secuencia de apertura el héroe salvaba a un felino siamés del ataque de una manada de merodeadores gatos callejeros en una escena simbólica poco elaborada. El gato lo seguiría durante toda la saga como contrapunto que rememoraba a Will Eisner. Shang conocía en un bar a la preciosa Juliette, una cantante pop. Ella era su contacto, pero también era la amante de El Gato y no podía traicionarlo. Una pandilla de punks intentaban asaltar a Shang-Chi, pero al girarse este, en un palco aparecía una figura vestida con una túnica de seda azul que se expresaba con un tono tan duro y frío como el mármol: “Soy Shen Kuei”, decía el recién llegado. “Soy… El… Gato”. Se abría la túnica y descubría el tatuaje de un felino. No era del tipo que venía como regalo con los chicles. Con sus botas callejeras ayudaba a Shang-Chi a diezmar a los punks y luego se detenía. Creía que Juliette lo había traicionado y no quería escuchar sus protestas y ruegos, por lo que ahora Shang y él tendrían que enfrentarse. Esto llevaría la mayor parte del siguiente número, mientras el duelo de Shang y El Gato tenía lugar a lo largo y ancho de los pintorescos y desiertos callejones de un puerto. Aquí estaba, por fin, el único tío que podía derrotar al Maestro de Kung Fu. Juliette detenía la trifulca hundiéndose un cuchillo en el hombro. Shen Kuei se disculpaba, recogía a su amante y se escabullía. Shang-Chi y él se encontrarían dos veces más, la segunda quedaron en tablas, pero en la tercera contienda, El Gato admitiría que Shang-Chi había ganado, aunque todos estos combates tendrían lugar años después. Por ahora, Shang se subía al avión con el gato siamés reposando en su brazo, sin los documentos que había venido a buscar.

(Continuará)