miércoles, 8 de junio de 2016

LOST IN TRANSLATION: "¡HEY, CHICOS! ¡GEKIGA!" PARTE 6 DE 8, por Bill Randall.

Artículo aparecido en The Comics Journal nº 244 y 245 (2002). Traducido por Frog2000. Parte 1parte 2parte 3parte 4, parte 5.

Aún teniendo en cuenta la profundidad de la obra, permíteme revisarla bajo el contexto del resto de gekigas como otro producto de la época de posguerra. Desde el principio podemos darnos cuenta de que la historia ha sido ideada por una mente obsesionada por las reflexiones en torno a la guerra: la página de apertura muestra al narrador caminando laboriosamente por la playa bajo la silueta de un avión de guerra bimotor. A lo largo de toda la historia los pueblos (en realidad villorrios) apestan a podredumbre, aunque puede verse que se encuentran en proceso de ser urbanizados. Al narrador-protagonista le asalta la nostalgia al pensar en su juventud, aunque ese mundo ya solo exista en sus recuerdos. Las tierras a su alrededor se encuentran desoladas, y las imágenes de los aviones y los barcos de guerra van puntuando toda la historia. En esta obra nunca se especifica qué guerra en particular está teniendo lugar, aunque bien podría ser la Segunda Guerra Mundial, pero la historia fue ideada en 1967, fecha bastante próxima a las guerras que tuvieron lugar en Corea y Vietnam. Como mínimo, durante ese año se sucedieron conflictos políticos en Asia propiciados por acciones militares de Estados Unidos, todo ello con la complicidad de Japón. La historia parece estar transcurriendo durante una guerra, pero los personajes nunca dicen cuál puede ser en ningún momento. Aún así, el encuentro del narrador con un mezquino burócrata apesta a la ignorancia típica que puede encontrarse en este tipo de personajes en la literatura bélica. A la luz de estos conflictos, el ser humano se hace menos humano. 

Durante su búsqueda el narrador verá señales emitidas desde una fábrica enorme que escupe humo. En un cartel puede leerse "Obstetricia y Ginecología" y "Caramelos Kintaro", un dulce tradicional casero. Al ser asociadas con la fábrica, estas actividades humanas se convierten en algo industrial, mecanizado: cuando el ginecólogo cura las arterias del protagonista con una válvula de paso, completa un proceso por el cuál pasa de ser un humano completo a un ser medio mecanizado. Esta cura es tan absurda como metafórica. La enfermedad es reparada de forma mecánica y ahora el narrador ya será capaz de encajar en esta sociedad mecanizada y encontrar así una forma de escapar de su alienación. No sólo se ha convertido en un ser medio maquinal, sino que disfrutará un montón al conducir su bote a altas velocidades, una señal tanto de su éxito material como de su conversión en un ciudadano de pie que se somete a las reglas que rigen esta sociedad. Esa imagen final también representa una transformación económica: el hombre, plantado tanto frente a Tsuge como a Japón, ha ido evolucionando a la sombra de una guerra, pero también ha sido curado, transformado a base de la mecanización de su cuerpo y del progreso. Reveladoras, las primeras imágenes del relato nos muestran unas blusas secándose no en una cara secadora automática sino al viento, mientras que en las imágenes que cierran el volumen se puede ver una lancha motora, un emblema de una sociedad que tiene dinero suficiente como para malgastarlo.

Que una historia que está montada a base de fragmentos de sueños pueda leerse de varias formas no debería resultar ninguna sorpresa. Lo que resulta más impresionante es que Tsuge tenga las habilidades artísticas suficientes como para ensamblarlo todo en una historia coherente y unificada. Tsuge es capaz de comunicar una ambientación de temor y alienación de una forma clara y sencilla, incluso aunque en su superficie la narración parezca irracional y tenga la lógica propia de una ensoñación. Tal y como ocurre con los sueños, en esta obra la interpretación ha de pasar a segundo plano para que podamos sentir toda la experiencia al completo. La intención de Tsuge no es captar la comprensión del lector, sino poner en solfa sus propias dificultades para poder adaptarse a las demandas exigidas por la sociedad. Seguramente sea este uno de los cómics más importantes a escala global. Por descontado es uno de los más influyentes, y treinta años después parece igual de poderoso que cuando se editó por primera vez. Hasta ahora nunca ha sido traducido al inglés y ese es uno de los mayores agujeros en el canon del manga traducido a nuestro idioma.
El resto de la recopilación recoge un amplio espectro de la obra de Tsuge, historias que a menudo han sido pasadas por alto porque se encontraban incluidas en el mismo tomo que "Screw-Style". Aunque diferentes a su obra maestra, de vez en cuando el autor emplea las mismas tácticas surrealistas en ellas, aunque se decante mucho más por utilizar estrategias narrativas más tradicionales. Por ejemplo, "Yoshibo´s Crime" comienza con una imagen donde las chicas de un magazine vestidas con un bikini se contonean voluptuosamente. Mientras están retorciéndose, el protagonista las coge y saca de la revista con unos palillos y se las empieza a comer. El resto de la historia tiene lugar en un entorno aparentemente realista, por lo que los actos de Yoshibo se han producido en sus fantasías (su madre lo llama tras dicha "comida", lo cuál subrayará la vergüenza que siente el personaje. Si en este mundo donde trascurre la historia existen leyes diferentes, es algo que no queda demasiado claro.) Sin embargo, etiquetar a Tsuge como surrealista sería ignorar que la característica más consistente de su obra es el sosegado terror que fluye por debajo de una (a menudo) mundana superficie. Para Tsuge, la vida del día a día parece inconexa, una cosa incómoda a la que hacer frente. Sus personajes no son capaces de conectar con ella: aunque sus relaciones con otras personas parezcan marchar bien, es bastante raro que funcionen correctamente, y por lo general sus historias terminan con un aislamiento que conduce a la iluminada trascendencia del personaje principal. Las experiencias sufridas terminan alejándolo de la vida social, pero al hacerlo le empujan a encararse consigo mismo, con la naturaleza, o a enfrentarse al dilema de la existencia. 

(Continuará)