jueves, 27 de septiembre de 2018

MÚSICA Y CÓMICS: DAN CLOWES EN LAS VEGAS

Artículo escrito para el facebook.

Los tórridos ritmos surgen descoyuntados desde el reducido escenario que ocupa la innominada banda habitual del local, haciendo que la mujer que la acompaña encima de las tablas se contonee en una parodia de baile africano. Las trompetas, azuzadas por los golpes de batería, expulsan un mejunje infernal que sería inaudible si no fuese porque su rápida cacofonía apenas dura unos segundos, para a continuación desacelerar y acoplarse mansamente a los desarrollos de la guitarra y el bajo, consiguiendo que el público vitoree a la stripper. La febril música les está haciendo sentir tan bien consigo mismos... tan poderosos por una sola noche, que han olvidado facturas, hijos, mujeres y pleitos. La velada es suya y esa chica también lo será. Agarrada a la barra, la deseada mujer se retuerce sensualmente mientras el cantante negro del grupo que ameniza el gallinero con su extraño aspecto de rock star venida a menos no deja de vociferar insultos y escupir a duras penas las letras del tema de Chuck Berry que la banda de desgraciados con la que suele actuar ha elegido desbaratar. Se atusa el pelo, peinado con un tupé gigantesco, y estira la solapa de su arrugada americana mientras aguijonea con lasciva mirada los movimientos embutidos en un mínimo traje de lentejuelas de su acompañante. Está seguro de que se acostará con él esa misma noche. Esos panzudos vendedores a domicilio y contables borrachos como idiotas de las mesas no tienen ni una oportunidad. El humo del tabaco y de los puros expelido en ebrias bocanadas revolotea por toda la sala velando las caras torcidas de absolutamente todo el mundo, incluyendo los camareros, facilitando que la bailarina que ahora mismo está haciendo girar las borlas de sus pezoneras parezca no tener más de veinte años cuando en realidad acaba de cumplir los cuarenta semanas antes. El calor es pegajoso...

Si el otro día hablábamos de Charles Burns, hoy nos toca ocuparnos del insigne Dan Clowes, quizá el dibujante que mejor ha sabido retratar diversos ambientes sórdidos de los cincuenta americanos en su Lloyd Llewellyn. Vale que el guión administrado en largas dosis podía parecer espeso, pero los dibujos eran icónicos, ¿no? Además, Clowes estaba empezando en el medio y se nota, porque en apenas seis años empezó a entregar sus mejores obras: COMO UN GUANTE DE SEDA FORJADO EN HIERRO, GHOST WORLD, DAVID BORING. Mezclaba la rareza y la rutina en dosis maestras que mixtificaban perfectamente entre sí y también sabía hacer blanco con sus historias cortas, en especial en esa agria CARICATURA que da nombre a una recopilación entre lo más acerado de su producción, que ya es decir. Pero todo esto poco tiene que ver con el largo texto introductorio del principio, en realidad un intento de presentar otra de las facetas de un autor que de las trincheras de lo alternativo ha pasado a ser respetado en las revistas de arte fino de todo el mundo mundial.

Daniel Gillespie Clowes también fue un significativo dibujante de portadas de discos para grupos como Supersuckers ("The Smoke Of Hell"), Raunch Hands ("Payday"), Thee Headcoats ("Heavens To Murgatroyd, Even! It's Thee Headcoats! (Already)") o Cheater Slicks ("Destination Lonely"), prodigándose además como embellecedor de recopilatorios donde se rescataba esa música del infierno tan vital llamada garage, fabricada por los chavales de los barrios residenciales norteamericanos de principios de los sesenta, buenos chicos que aún no habían llegado a la mayoría de edad como para bajar a la gran ciudad, según entendían sus padres, pero que sí eran lo suficientemente maduros como para tocar destartalado rock del que en muchos casos se editaba un single en una tirada de poco menos que cincuenta unidades. Y eso por no hablar de lo poco que ha quedado grabado de los combos, muchos de ellos anónimos, que tocaban en los garitos más tirados de Las Vegas acompañando los bailes de las chicas medio desnudas y que amenizaban las melopeas que se cogía el -poco- respetable público. Estos grupos son los que aparecen en los recopilatorios titulados LAS VEGAS GRIND, compilados por ese Alan Lomax del punk que atiende por el nombre de Tim Warren en su sello Crypt, y bendecidos por Dan Clowes en su segunda y cuarta entregas (en esta última se utilizó la misma portada con los colores cambiados, una más de las poco recomendables prácticas habituales del capo de la casa discográfica para ahorrar dinero.) En estos trituraderos suena rythm and blues, rock y blues, en su mayoría instrumentales, la voz suele reducirse a gritos y gorgoritos de acompañamiento, y los maravillosos ritmos son estándares de big bands y composiciones que repiten clichés rítmicos e imitan temas famosos interpretados por músicos que permanecen en el anonimato y cuyo trabajo era repetir los mismos acordes noche tras noche en el mismo garito. Sin pretensiones de ningún tipo, sonando a veces como la sintonía de los dibujos animados de los cincuenta, esta música solo estaba cocinada para una cosa, dar ambiente en bares de strippers y reprobables tugurios donde refugiarse noches enteras en la ebriedad más disoluta.

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