jueves, 14 de noviembre de 2013

COMENTARIOS SOBRE CRUMB 24: JAY LYNCH

Varios autores ofrecen sus impresiones sobre Robert Crumb y su trabajo. Artículo aparecido en Blab nº3 (1988). Traducido por Frog2000. 

1. JAXON
2. KIM DEITCH
3. JOHN THOMPSON
5. JOEL BECK
6. TRINA ROBBINS
7. HARVEY PEKAR
8. ACE BACKWORDS 
9. SAVAGE PENCIL
10. TOM VEITCH
11. SPAIN RODRIGUEZ 
12. JOSH ALAN FRIEDMAN
13. BETO HERNANDEZ
14. GEORGE HANSEN 
15. DON DONAHUE 
16. BOB BURDEN
17. JUSTIN GREEN
18. DANIEL CLOWES
19. LESLIE CABARGA
20. CHESTER BROWN
21. RICHARD SALA
22. REVERENDO IVAN STANG
23. RALPH STEADMAN

24. JAY LYNCH 

[Historieta americano creador de la célebre tira "Nard n' Pat" para Bijou Funnies, el autor también ha colaborado para un gran número de publicaciones y medios como Mad, The Chicago Reader (donde durante 17 años estuvo dibujando "Phoebe and the Pigeon People" junto a Gary Whitney) o las "trading cards" humorísticas "Wacky Packages" y "Garbage Pail Kids" para la editorial Topps.]

Mientras me encuentro sentado en mi mullido sofá de cuero marroquí (su bonito recubrimiento labrado a mano casa perfectamente con la mayoría de los libros que reposan en las estanterías de la extensa biblioteca de mi bien equipado estudio del fondo), levanto la vista de las páginas del último número de "The San Francisco Jung Institute Library Journal" y las poso sobre Monte Beauchamp, el editor de Blab!, y su encantadora y joven esposa Laurie. Un atisbo de diversión irónica cruza mi cara mientras los saludo. "Buenas tardes, chicos. ¿Qué os trae hoy hasta mi humilde morada?", les pregunto en un tono simulado de vergonzosa aprehensión mientras ojeo con mi mirada de sincera preocupación aprendida en la Escuela de Teatro de Yale. Atisbo el bulto de una Magnum .357 bajo la zona del bolsillo del pectoral izquierdo del abrigo de tweed marca "Harris" cortado a medida de Monte. "¿Has acabado ya tu artículo sobre Crumb para el Blab!?", me inquiere el archivista de la E.C. franco-americano. "Claro que sí", le miento. "Está en la sala de billar. Si me perdonáis un momento, iré allí y os lo traeré." "¿Por qué no llamas sencillamente a la criada para que te lo acerque?", sugiere la sofisticada aunque inocente Laurie. Tomando ventaja psicológica de sus sentimientos de nueva era por la compasión humana le replico: "Supongo que sería un poco sexista. No, iré y lo traeré yo mismo". Segundos más tarde, en mi santuario de la sala de billar, me siento ante mi procesador de textos e instantáneamente tecleo el artículo que sigue a continuación:
Fascinado por la mística que se podía encontrar en la revista Playboy, me mudé a Chicago en 1963. Era la época en la que Hef [Hugh Hefner] era un hipster, y la meta de todo joven historietista pelirrojo americano era la de aparecer en Playboy. En aquel entonces Skip Williamson vivía en Canton, Missouri, y Art Spiegelman en Rego Park, Long Island. Los tres llevábamos en contacto desde hacía varios años a través de la red de fanzines satíricos y humorísticos, cuya chispa había empezado a arder subrepticiamente a principios de la década, aunque pronto explotaría como una bomba de cincuenta megatones a través de la prensa underground de finales de los sesenta. 

Nosotros tres éramos jóvenes historietistas beatniks. Vivíamos para las emociones fuertes, pero siempre gobernándonos por el imperativo moral manifestado en el didactismo que podíamos ver en los modelos que admirábamos de los medios hipster. Eramos chicos cuyos super-egos totalmente formados habían sido modelados mediante los discursos de Kurtzman, Krassner y Lenny Bruce, así como con la vieja marca de Ética Humanista de Corlis LaMont. También con la semántica en general, el Budismo Zen, las ideas racionales de Albert Ellis, el cool jazz y otros ingredientes sin especificar que habían sido arrojados de forma proverbial dentro del caldero de nuestro sistema de creencias y llevados hasta la ebullición por nuestras alborotadas hormonas adolescentes, para ser servidas a continuación en nuestro estofado ético-realista de la época. Esta receta entrante no ha cambiado mucho desde entonces. Puede que se hayan añadido una pizca o dos de la primera enmienda constitucional, pero en esencia, nosotros tres, los gatos rebeldes, siempre nos hemos reservado el derecho de sazonar nuestros propios gustos. A principios de los sesenta, cuando todo esto suponía una nueva receta, nos gustó tanto el sabor del guiso que decidimos dedicar nuestras vidas a alimentar por la fuerza y con el mismo estofado a una Sociedad endémicamente anoréxica. ¿Y cuál era el nombre de este plato delicioso que nos disponíamos a proporcionar? La sátira didáctica y responsable.
Skip, Artie y yo... definitivamente creo que estaba en las cartas que nosotros tres haríamos una revista satírica que llamase la atención sobre los fallos de la Sociedad. Skip pidió la cuenta y se trasladó a Chicago. En el verano del ´67, nosotros dos, asistidos completamente por Artie a través del correo norteamericano, estábamos listos para acudir a imprenta con el primer número de The Chicago Mirror. Nuestra intención era la de convertirla en una revista satírica local, incorporando la misma iconoclastia que se podía encontrar en el Realist de Krassner y en el popular semanario satírico británico Private Eye. De repente, incluso antes de que la cola de las páginas empastadas de nuestro primer número se hubiese secado, toda la cosa hippie empezó a despegar. El público que anhelábamos formado por beatniks intelectuales locales se convirtió en un rebaño de bebes del amor conscientes de lo cósmico que parecían estar idos. La pérdida de los límites del yo de nuestros lectores no casaba demasiado bien con nuestra inclinación por el cinismo editorial. Tuvimos que reducir el tono. Intentamos hablarles a nuestros lectores en su propia jerga, pero de alguna forma, los hippies y la sátira no parecían mezclarse bien.
Conocíamos la obra de Robert Crumb. Habíamos observado su evolución desde el material de finales de los cincuenta que había hecho para el fanzine Foo hasta los increíbles sketchbooks sobre Bulgaria y Harlem para las páginas de la revista de humor de primeros de los sesenta comandada por Harvey Kurtzman, Help!. Harvey se encargaba de una sección titulada "Help´s Public Gallery", donde presentó el trabajo de Crumb, Shelton, Skip, Terry Gilliam, Don (ahora conocido en las páginas de Mad como "Duck") Edwing, Dennis Ellefson (ahora editor de la revista CARtoons), yo mismo, y una larga lista de jóvenes historietistas, talentos que Harvey había sabido reconocer justo al principio de nuestras carreras. Alrededor de la época en la que el tercer número de The Mirror llegaba a las estanterías, Crumb estaba publicando su Zap Comix. Yo estaba en contacto por correo con Crumb y Shelton (que estaba viviendo en Austin, Texas, haciendo tiras para el Austin Mag). Gilbert me escribió para enviarme el primer número de Zap y me dijo que tenía planes para publicar su propio título, Feds n´Heads. Skip y yo habíamos estado haciendo tiras de cómic surrealistas para The Mirror, pero el grueso de nuestra producción en aquellos días era una tira de una viñeta para revistas para hombres como The Realist y The Idiot (una revista satírica editada por James Wojack, un humorista satírico de San Francisco que finalmente dejó de publicar su magazine y se enroló en la marina mercante.) Animados por el uso del medio del cómic que habían propuesto Crumb y Shelton en este nuevo y directamente accesible formato, el comic book underground, Skip y yo decidimos intentarlo también nosotros mismos. Nos regocijaba saber que a la gente le encantaba adquirir una revista de 32 páginas completamente compuesta por cómics. Antes de Zap, los cómics para adultos se habían quedado relegados a la sección de las publicaciones que no eran de cómics, en la tradición de la Little Annie Fanny del Playboy, o la tira de Charlie Charisma de Hank Hinton (otro de los alumnos de la "Public Gallery" del Help!) para la revista Cavalier. Dejamos de editar The Mirror en su cuarto número y nos concentramos en juntar material para editar el primer número de Bijou Funnies.
Crumb se vino a Chicago para el festival Yippie de la Convención Demócrata de 1968. Se dejó caer por mi apartamento mientras estuvo en la ciudad, y junto a Skip y Jay Kinney nos ayudó a sacar el primer número de Bijou. Conseguimos que un impresor barato que se llamaba Lenny nos lo imprimiese. En aquel momento yo estaba trabajando en un estudio artístico, diseñando anuncios de Lomotil (un supresor diarréico) para revistas de medicina. Mi salario pagó el primer número de Bijou. El título arrancó. Se hablaba bastante de él. Pronto pude dejar el trabajo y consagrar todo mi tiempo a los comix.

Por culpa de las restricciones del buen Comics Code, que se aplicaban a los cómics que aparecían en las estanterías en esos días, tuvimos que afrontar un desafío directo (al igual que la vieja oficina Hays había planteado un desafío a la industria del cine en las tres décadas que siguieron a su origen.) Resultaba inevitable que ambos géneros aceptasen el reto, tal y como hicieron finalmente. Tanto los comix como el cine alcanzaron su pináculo artístico al reaccionar contra el desafío propuesto por los censores. Todo esto me recuerda al cartoon de Heinrich Kley que siempre ha formado parte de mí, como una especie de imagen paradigmática. En el primer dibujo de la tira, Kley dibuja un centauro que se encuentra sentado sobre sus cuartos traseros blandiendo una guitarra. "¿Y por qué no debería tocar la guitarra?", comenta. La segunda ilustración muestra al centauro rasgueando salvajemente el instrumento. El texto dice: "estoy seguro de que debo tocar la guitarra. Y ahora más que nunca." Desde la primera vez que vi la tira a finales de los cincuenta, siempre ha estado flotando en los límites de mi anteriormente mentado hirviente guiso ético. La libertad es una reacción contra la represión, y el Arte con mayúsculas y la literatura como reacción contra la censura artística y literaria son cosas necesarias de la vida.
De todas formas, en 1967 Zap fue una idea que la propia época estaba pidiendo. El genio de Crumb asumió la imaginería del formato de los cartoons de una forma totalmente nueva. Su ecléctico uso de las imágenes de la cultura pop sacadas de los recuerdos de la infancia de sus lectores se amplió con el vigor "carpe diem" de la nueva generación. Era algo totalmente nuevo. Era la imaginería nostálgica haciéndose tangible de una forma completamente nueva. Contradecía todo lo anterior, y aún así era toda una inquietante y fascinante contradicción. Crumb se inventó un verdadero universo extraño para las tiras de cómics. Un universo que brotaba del inconsciente colectivo de toda una generación. A veces deleitaba al lector y otras lo sumergía en los más oscuros y profundos de sus temores. Crumb llevó la sensibilidad de un poeta al entonces estéril campo de los cómics, y las cosas no volvieron a ser iguales. Zap engendró todo el movimiento del comix underground, y en mi caso ha sido un privilegio y un honor haber formado parte del mismo.

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