lunes, 17 de marzo de 2014

GUERRA CONTRA EL TERROR, por Alan Moore


Guerra contra el terror, por Alan Moore.
(Artículo aparecido en Arthur nº 5 en Julio de 2003. Traducido por Frog2000.)

Alan Moore habla sobre política: el altivo progresista inglés Alan Moore revisa las actividades más recientes de nuestros gobiernos.

Aquí tienes un chiste: ¿cuál es el nombre de un niño iraquí de ocho años al que el faltan los brazos, sin miembros supervivientes en su familia y al que le está ardiendo la parte inferior del cuerpo? Yo no lo sé. Le estaba gritando al televisor y no pude quedarme con su nombre. No te preocupes si no coges el chiste. Sin duda nos lo contarán de nuevo dentro de otra docena de años más o menos. Y seguiremos sin cogerlo.

Lo que realmente nos desmoraliza es la repetición. Toda esa mierda al estilo “Día de la Marmota” [Groundhog Day]. En las clases de Historia del Siglo XXII, asumiendo que nos molestemos en tenerlas, nos odiaremos por hacer las cosas dos veces y de esa forma echar a perder las calificaciones. “Y de nuevo, ¿qué Bush fue el que empezó la Segunda Guerra del Golfo? ¿El pelele o el chimpancé?” Los británicos llevamos usando como bayoneta este bucle pornográfico desde hace un milenio, concretamente desde 1090 y las primeras Cruzadas, emprendidas para salvaguardar los emplazamientos sagrados cristianos (que en primer lugar, al ser también emplazamientos sagrados musulmanes, realmente no estaban siendo amenazados), en lugar de hacerlo por la Libertad y la Democracia, aunque lo hiciésemos de una forma lo suficientemente extraña como para que las fuerzas invasores estuviesen lideradas por los Francos. En aquel entonces esos territorios bloqueaban el acceso de Inglaterra a la Ruta de la Seda, pero no fue ese el motivo por el que empezásemos la guerra. En realidad, lo que nos preocupaba eran todos esos monumentos cristianos. Ricardo “Corazón de León” dirigió a sus hombres con la misma expresión en los ojos de “comadreja en un matadero” que tiene Tony Blair: “Mira, de acuerdo, sé que siempre hay alguna teoría de la conspiración, pero honestamente he de deciros que esto no es por todo eso de la seda.” Si avanzamos hasta comienzos del Siglo XX nos encontraremos con que Gran Bretaña aún sigue estoicamente metida en líos en Mesopotamia. Mientras que Johhny “el Arabe” llegó a ofrecernos su ayuda contra los malvados turcos, ahora resultaba que necesitábamos su petróleo para lubricar los engranajes de nuestra floreciente industria inglesa. En consecuencia liberamos la zona y la pusimos en la ruta correcta hacia Irak y hacia la Ruina. Cuarenta años más tarde, mientras Inglaterra aún mandaba en el país, pudimos ver a Winston Churchill proclamando que no tenía nada grave que refutar a que los aviones de la RAF bombardeasen con gas venenoso a los nativos kurdos rebeldes. Ocurre igual con muchos otros hechos culturales de la mayor importancia para nosotros como los campos de concentración, las patatas fritas o el colonialismo, te puedes dar cuenta de que por lo general los Ingleses siempre estamos en cabeza.


Alrededor de la misma época, durante los años treinta, Prescott Bush había estado construyendo la fortuna familiar a base de negociar con el Tercer Reich (incluso fue capaz de regalarle a la hermandad “Skull & Bones” un juego de vajilla que había pertenecido originalmente a Hitler), algo que llevó a cabo de forma entusiasta y rentable hasta que en la tarde de 1942 Roosevelt jodió las cosas al declarar ilegal las intercambios comerciales con la Alemania Nazi. Sin duda esto supuso un gran alivio para Winston Churchill, ya que Inglaterra había entrado en guerra contra el Reich en 1939, y los diplomáticos americanos que se encontraban en Londres le habían pedido repetidamente a lo largo de todos esos años que se pusiera del lado de Alemania.

Y ahora, el lobby de los cristianos milenaristas lleva presionando al Parlamento Británico desde finales del Siglo XIX para crear un estado Israelí en Palestina, aparentemente basando sus razonamientos en profecías bíblicas en lugar de tener en cuenta consideraciones políticas o humanitarias. Si la profecía del Pueblo Escogido de Dios llegando a su casa de la Tierra Prometida se hubiese cumplido, sería algo a lo que inmediatamente le habría seguido La Segunda Venida de Cristo y el Apocalipsis. Y tienes que admitir que en esto último dieron en el clavo, excepto por eso de la Segunda Venida. Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial con la espectacular demostración de la primera arma de destrucción masiva genuina del Mundo, el impulso por crear un Estado Judío ya se había convertido en algo gigantesco. Tomando ventaja gracias a los avances tecnológicos, y en consecuencia, de los medios de comunicación que la guerra había producido, un grupo de luchadores por la libertad sionistas (incluyendo en sus filas a un joven Menachim Begin) bombardeó una cantina del Ejército Británico que se encontraba en la zona. La forma en la que esto atrajo la atención de los medios mundiales definitivamente podría ser vista como todo un éxito, porque claramente creó el concepto moderno de, ehm, la lucha por la libertad [freedom fighting], y consecuentemente consiguió para todos los luchadores por la libertad un excelente y factible modelo que reproducir: si vuelas las cosas, entonces saldrás por televisión.


Por supuesto, resultó que algunos no veían esa Tierra Sin Pueblo desde la misma perspectiva, como por ejemplo... bueno, los Palestinos. Esto condujo a todo tipo de problemas, pero en el plazo de un par de décadas Israel consiguió el respaldo de cierto número de regímenes establecidos por la zona que también estaban de parte de Occidente, como el que había impuesto el añorado empresario de la tortura, el Shah de Irán. Respecto al petróleo... que no es que todo lo que estuviera pasando fuese por su culpa, estaba relativamente a salvo. Entonces, de alguna manera Jimmy Carter ganó las elecciones de 1976, nombrando jefe de la C.I.A. al cruzado de la limpieza Stansfield Turner, alguien que a continuación detendría los pagos clandestinos que la agencia le estaba haciendo a los mercenarios contratados por los Ayatollahs de Irán, con la presunción de que de esa forma los eclesiásticos empezarían a dejar de preocuparse de torturar y aprisonar a los árabes corrientes y dejarían sólo al Shah. Naturalmente, es algo que funcionó muy bien y para 1979 el Shah había sido depuesto, mientras que el fundamentalista Ayatollah Ruhollah Khomeini se hizo cargo de Irán y secuestró un avión lleno de rehenes americanos para demostrar que era alguien que iba en serio. Quizá no fuese completamente una coincidencia, pero fue alrededor de esa época en la que los poderes Occidentales encontraron muy interesante apoyar el gobierno militar del viejo guapetón de 42 años Saddam Hussein en la vecina Irak. Puede que fuese un psicópata y un asesino, pero por lo menos no era un fundamentalista islámico, y era nuestro psicópata y asesino, al igual que el Presidente Marcos había sido “nuestro hijo de puta” en las Filipinas, y Slobodan Milosevic el balcánico con el que se podían hacer negocios.


Durante la inevitable guerra entre Irán e Irak, apoyamos servicialmente a Saddam con las municiones y el gas venenoso que habíamos usado contra los iraníes. De hecho, así es como pudimos saber a ciencia cierta que Saddam tenía escondidas armas de destrucción masiva como, por ejemplo, anthrax o gas sarín: Donald Rumsfeld (cuya empresa había estado vendiendo estos productos mencionados al dictador iraquí justo hasta momentos antes de la primera Guerra del Golfo en 1991) había sido lo suficientemente cuidadoso como para guardar los recibos. Pero mientras estábamos ayudando a “Johnny el Iraquí” contra los diabólicos Iranís, parecía como si también él estuviese pensando en quedarse para sí mismo toda la riqueza petrolera de su país, junto con la de su vecino Kuwait. Estábamos bastante seguros sobre este último punto, ya que de acuerdo con varios informes, los esbirros de Saddam se habían puesto en contacto con Madeline Albright del Departamento de Estado Norteamericano en calidad de valiosos aliados y proveedores de armas, para preguntarla si tendríamos algo que objetar sobre dicha invasión. El Departamento de Estado dijo que no, lo cuál originó la primera Guerra del Golfo, cortesía del antiguo operativo de la C.I.A. y estímulo de Nixon, George Herbert Walker Bush.


Después de una brillante puesta en escena en la zona equivalente a una “Arms Fair” [exhibición bienal de tecnología armamentística y de defensa realizada en Abu Dhabi] gestionada por los medios de comunicación, (donde al fin y al cabo, la mayoría de clientes potenciales de armas se encontraban lo suficientemente bien situados como para poder verlo), Bush senior pareció carecer de la voluntad necesaria para acabar con el régimen de Saddam Hussein, quizá porque su más antiguo consejero militar le dejaba firmemente claro que dicho movimiento, indudablemente, conduciría al líder iraquí al lanzamiento de armas de destrucción masiva contra Israel y precipitaría un “apocalipsis en Oriente Medio”. Resulta interesante que el mismo consejero, cuyos puntos de vista parecen ser idénticos a los de Bush senior, recalcó exactamente el mismo punto cuando estuvo asesorando sobre el conflicto actual en Iraq, pero presumiblemente, el joven Bush, poseído por una “visión de las cosas” incluso menor que la de su padre, no pudo ser persuadido. Y eso dio pie a los mil puntos de luz sobre Baghdad. Aún así, no ha sido Bush el primero en ofrecer a otras potencias de Oriente Medio su ayuda contra el ampliamente despreciado Saddam. Entrenado por America, luchador por la libertad y millonario heredero de un constructor saudí, Osama Bin Laden, alguien en la onda después de haber repelido con éxito a la malvada Unión Soviética de Afganistán a petición de Estados Unidos, intentó (aparentemente sin éxito) persuadir a los saudíes de que su creciente banda de Mujaidines luchadores por la libertad, alias de Al Qaeda, eran capaces de derrocar a Saddam si les permitían establecerse en Arabia Saudí. Quizá consciente de lo difícil que sería deshacerse de Al Qaeda después de que el conflicto concluyese, los saudíes declinaron la oferta, por lo que finalmente la organización tuvo que establecer su negocio en América (algo que supongo le parecería bastante desleal a Bin Laden, alguien muy propenso al rencor.) 


Mirado en retrospectiva, puedes ver cómo esta vacilante pila de megalomaníacos en precario equilibrio había sido hermosamente construida, y que se necesitaba un único desastre para que todo derivase en una catástrofe casi increíble. Dicho desastre ocurrió durante las elecciones norteamerianas del 2000, que muchos de nosotros podríamos haber confundido con uno de los episodios de “The Dukes of Hazard” únicamente con que hubiese sonado música de banjo en segundo plano. Elegido por una escasa, algunos dirían que en realidad inexistente, mayoría, George Walker Bush (el más joven) necesitaba, obviamente, algo que le hiciese parecer legítimo mientras se adueñaba de los mandos el tiempo suficiente como para lograr todo lo que sus patrocinadores corporativos requiriesen. Rodeándose de entusiastas personalidades a favor de la guerra como Dick Cheney o Donald Rumsfeld, que era quien llevaba recomendando desde 1998 la invasión de Irak como medida para salvaguardar el abastecimiento de petróleo), “Deathrow Dubya” [Death Row: “Corredor de la muerte”, una forma de designar a Bush por su política a favor de la pena de muerte, “Dubya” es argot para definir al “presidente más inepto de la historia de EEUU”] anunció durante los primeros meses de su administración que había llegado la época de librar una Guerra contra el Terror, abarcando dicha definición a estados malvados como Afganistán e Irak. En aquel momento Afganistán era la primera prioridad de la administración de Bush. Un oleoducto que atravesaría dicho país y bombearía en el Golfo el petróleo que quedaba en la Unión Soviética, estimado en treinta trillones de dólares, reduciendo de esa forma la preocupante dependencia por parte de los Estados Unidos de los recursos árabes, parecía ser la opción más favorable propuesta en los noventa por las corporaciones petroleras de los Estados Unidos. Claramente, dichas esperanzas se desvanecieron precipitadamente debido a la aparición del régimen fuertemente anti-americano de los Talibanes durante los últimos años de la década, con la misma claridad que también se posicionaban en contra de cualquier ley internacional promulgada para derrocar el liderazgo de un país, simplemente porque no se ajustara a los intereses comerciales estadounidenses.


En este punto habría que recordar que se creía que el antiguo héroe mujaidín anti-soviético Osama Bin Laden residía, junto a sus cohortes de Al Quaeda, en Afganistán. Los Estados Unidos tenían razones medio legítimas para proponer la persecución de Bin Laden ya que, después de todo, era él quien había estado detrás de la primera bomba terrorista que amenazara al World Trade Center, y también detrás de los ataques a las embajadas americanas en Africa. Por lo tanto, durante una cumbre diplomática que tuvo lugar durante el verano de 2001 y que se subtituló como “Tormenta de ideas acerca de Afganistán” [Brainstorming Afghanistan], los diplomáticos americanos se comunicaron con los talibanes con Pakistán de intermediarios, y les informaron que durante el período extraoficial de “la fase dos” de la reunión, Estados Unidos iba a lanzar una Guerra Contra El Terror en algún momento de Septiembre, invadiendo Afganistán con el fin de desenterrar al líder de Al Quaeda. Presumiblemente esta información llegó hasta oídos de Osama Bin Laden por medio de sus contactos entre los Talibanes y como era de esperar, dado que la máquina de guerra del Pentágono había prometido echarse encima suyo en Septiembre sin importar lo que hiciese, parece que escogió vengarse primero. Después del ataque a las Torres Gemelas, con la guerra de Afganistán progesando de forma exitosa, Dick Cheney dejó su posición de ejecutivo en una empresa que estaba ocupada en construir centrales nucleares en Corea del Norte justo en el mismo momento en el que George Bush se encontraba anunciando su lista de la compra de países enemigos de los Estados Unidos, el Eje del Mal, con Irán y Corea del Norte justo detrás de Irak. Eso sí, al asumir el cargo de Vicepresidente, Dick “El Hombre de las Mil Caras” Cheney también declaró que ya no estaba siendo pagado por Halliburton, el ganador de los contratos de reconstrucción para Irak. Esto era técnicamente verdad, pero sólo se debía al nuevo arreglo que Cheney había hecho con la empresa, ya que debido a razones fiscales acordaron que sólo le pagarían cada seis meses.


Con la guerra en Afganistán empaquetada a medio camino de finalizar, inconclusa, y siendo Saddam el siguiente en el punto de mira de la administración de Bush, podemos asegurar que cualquier ataque contra Irak sería sólo con el fin de librar a Saddam de cualquier arma nuclear, química o biológica que aún poseyera. Definitivamente, esto no era para conseguir petróleo o por todos esos enlaces que existían entre los actores de todo este asunto y las principales empresas energéticas de América señalados por los cínicos, o por todo lo que nos puede sugerir la existencia de un petrolero bautizado como “Condoleeza Rice”.

A continuación, durante todos los meses que necesitaron los Estados Unidos e Inglaterra para reunir las fuerzas suficientes para invadir el Golfo, mientras fingían que les importaba una mierda lo que Hans Blix había encontrado allí o no, frente a la persistente falta de hallazgos claros de una cabeza nuclear, cambiaron de táctica e hicieron que los supuestos enlaces entre el régimen de Saddam y Al Qaeda y otras organizaciones terroristas se convirtieran en el foco de atención para auto-justificarse. Se sugirió que algunas antiguas armas olvidadas en Irak podrían haber caído en manos de terroristas, aunque el motivo de que alguno de los así llamados terroristas se hubiese puesto a buscar dichos materiales en Irak, el país más fuertemente vigilado del mundo, cuando había cientos de cosas que podían conseguirse regaladas en la desolación producida por la enorme bancarrota de la antigua Unión Soviética es algo que nadie sabe. El proclamado vínculo de Al Qaeda también se ocultó por el simple motivo de que Saddam era un líder secular, mientras que Al Qaeda eran una pandilla de chiflados fanáticos islamistas que habían jurado deponer al odidado no creyente de su trono de poder, o quizá esperaban a que la coalición estuviese dispuesta a hacerlo por ellos. Según se acercaba la fecha de inicio establecida desde hacía tiempo sin que hubiese surgido alguna evidencia clara y necesaria, la coherencia y autoridad de las Naciones Unidas se convirtió en su víctima principal. Esta venerable institución había sido tomada como un puro hazmerreír por haberse negado a aceptar que el negro era blanco sólo porque lo decía América. Los tibios argumentos y evidencias presentados por la coalición eran embarazosamente risibles y estúpidos (como ese documento aportado por la Inteligencia Británica detallando las Armas de Destrucción Masiva de Saddam con el que Colin Powell parecía estar tan impresionado, y que resultó ser una tesis escrita diez años antes por un estudiante californiano que la había copiado en su mayor parte), pero cualquiera que señalara que en realidad todo esto no era demasiado serio o que apuntara que la administración Bush estaba enredando las cosas, era presentado como el equivalente a una pandilla de engreídos y presumidos intelectuales franceses que se reían de la destrucción de las Torres Gemelas mientras comían caracoles y se tomaban a Jerry Lewis en serio. Aparantemente, o estabas con nosotros o contra nosotros. Efectivamente, esto significaba que a menos que todos estuviesen dispuestos a aceptar aquellas palabras que provenían del antiguo cocainómano, alcohólico supuestamente recuperado y estafador corporativo George W. Bush como la verdad literal de Dios, entonces el que no estuviese de acuerdo sería considerado o amenazado como uno de los verdaderos miembros de Al Qaeda.


Se había fracasado visiblemente en la prevención de los atentados aéros al World Trade Center perpetrados por aquellos a los que la Administración Bush había provocado en primer lugar, pero luego esta terrible tragedia humana fue explotada descaradamente para hacer avanzar sus propias pequeñas agendas de mierda, convirtiéndose en la piedra de toque sagrada de su planteada “Guerra Sin Fin”. Cualquier acción política que previamente habría resultado impensable podía ser validada de forma inmediata a través de las mágicas palabras “9-11”, de forma muy parecida a las cosas terribles desde un punto de vista moral y humano que había hecho el gobierno israelí de Ariel Sharon, que se desvanecían con la simple mención del Holocausto. La lógica de todo esto parece decirnos que si en el pasado te han hecho algo lo suficientemente terrible, entonces tienes completa libertad para hacer cosas horribles a quien sea siempre que quieras. Por supuesto, esto es la misma lógica que podría dársele a un asesino en serie para matar a su antojo por el hecho de haber estado viviendo en un hogar desestructurado, incluso se le podrían proporcionar las motosierras y la cinta aislante que necesitara. Es una lógica que manifiesta que “nos han hecho cosas monstruosas, por lo que ahora podemos comportarnos de forma monstruosa con ellos”. Es la lógica de George Bush y también es la de Bin Laden. O de cualquier niño de cuatro años, para el caso. Parece que desde Septiembre de 2001, el resultado de utilizar dicha lógica ha sido que América e Israel han estado compitiendo entre sí en un impresionante eslalom sin frenos de superioridad moral, derrochando más simpatía pública que cualquier nación que alguna vez haya tenido necesidad de la misma. Lo que nos lleva hasta el actual conflicto en Irak, a la forma en la que inexorablemente han hecho que su existencia cobre vida a pesar de la evidente falta de las pruebas necesarias, a pesar de la condena por parte de los líderes religiosos de todo el Mundo, y a la manifestación en contra de la guerra de Marzo en la que participaron millones de personas a nivel mundial, algo que previamente parecía inimaginable. Porque de alguna forma, sus palabras de que esta guerra no tiene nada que ver con el petróleo finalmente eran ciertas... o por lo menos, no tenían que ver con ello por completo. Como ellos mismos decían, es una “campaña que está basada en las consecuencias”. Presumiblemente, algunas de las más deseadas de estas “consecuencias” podría ser la de aterrorizar a otras potencias enemigas hasta someterlas, convenciéndolas de que la última superpotencia o primera ultrapotencia del Mundo había caído en manos de un primate de medio pelo que chilla mientras se masturba, y que ahora está a un tiro de piedra de volverse totalmente loco y matar a todo el mundo. Casi echas de menos aquella cómoda época con las tretas de Nixon “el perturbado” y Kissinger.


Quiero decir, puedes decir lo que quieras sobre Richard Nixon, pero por lo menos fue lo suficientemente humano como para saber que era un miserable y que estaba maldito, tanto como para retorcer la realidad y mentir con la intención de ocultar su vergüenza. George W. Bush, por otra parte, lleva Condenado tanto tiempo que parece que eso es lo que le Salvaguarda en realidad. Viviendo dichosamente sin tener que cargar con consideración moral alguna, cualquiera que se cuestionase la ética de su administración se daría de bruces con la misma mirada medio distraida, medio desconcertada en esos ojos extraordinariamente poco espaciados entre sí que posee. Está claro que no pillamos. El es el Presidente de los Estados Unidos. Puede hacer lo que jodidamente quiera hacer. Después de todo, ¿no es de eso de lo que trata este trabajo?

¿Pero es que no podría leerse la Constitución o la Declaración de Independencia, o alguno de esos otros rollos de papel higiénico para que, oh, aprendiese su significado? Eso si alguna vez se termina “The Very Hungry Caterpillar” [La Oruga Muy Hambrienta, de Eric Carle. El libro que Bush leía a los niños en sus actos de promoción de la lectura]. Presumiblemente otra de las consecuencias de esta estrategia se basa en intimidar y sofocar a la oposición en la propia Tierra de las Libertades y El Hogar del Valiente. Cómprate una camiseta con el lema “Dale una oportunidad a la paz”, y prepárate, a ciegas, para que te saquen la mierda a golpes en Camp X-Ray [Guantanamo]. Así que eso es lo que significa estar al cuidado de la Libertad. Y de vez en cuando dale al electorado otro chorrito de Agente Naranja... Aparentemente, George “La Profecía II” Bush es capaz de acoquinar hasta al más Valiente dejándolo sentado dentro de casa, vestido con su enorme traje antiradiación. Y con las ventanas tapadas. En cuanto a las celebridades progresistas bocazas que se resistan, con la notable excepción de Michael Moore, probablamente podrán ser convencidas de que la discrección es la mejor parte del valor. Aunque sólo tienes que echar un vistazo al correo de odio que le llegó al pobre Martin Sheen por interpretar cómo debería ser realmente un Presidente Americano, a diferencia de George Walker Bush. Francamente, esto último nos confunde incluso a agudos observadores de América como yo. Quiero decir, vi en su día “The Dead Zone” [La Zona Muerta, 1983] y he de decir que realmente creía que Sheen sabía interpretar al dedillo cómo era realmente un fundamentalista sin luces y con los ojos pequeños como puntos.


Puede que la consecuencia más importante sea el mensaje que se está enviando al resto del mundo, lo que en gran medida parece anunciar una nueva era de unilateralidad americana. (Tal y como dijo un antiguo militar del Ejército Estadounidense cuando le preguntaron sobre cuáles eran las razones para llevar a a cabo la Guerra de Irak: “Lo hicimos porque podíamos hacerlo”.) Si América decide que el asesinato de líderes de estado extranjeros es algo en lo que ahora tienen vía libre, sin importar lo que tengan que decir las leyes internacionales sobre el asunto, entonces así es como va a ser. Si América decide que se quedará sola sin reconocer la autoridad del Nuevo Tribunal Internacional de La Haya, entonces América tendrá el poder militar suficiente como para mantener dicha postura, y parece que tener el poder militar también te brinda disponer a tu antojo de todo eso tan cacareado de la autoridad moral que anteriormente solía suponer un gran problema. Puede que después de todo resulte que estaban haciendo lo correcto. Matones por todas partes dando puñetazos al aire y luego a sus esposas para celebrarlo. Y por supuesto, el hecho de haber dejado más que claro que EEUU ya no considera que deba tener amigos o aliados entre el resto de la comunidad mundial, es algo que puede tender a que esos mismos antiguos aliados, cada vez más nerviosos, deban cargar con todo el peso de la responsabilidad que acarrea dicha relación. La pregunta ya no es “¿Cuánto nos gusta América siendo sinceros?”, sino “¿Hasta qué punto nos asusta? ¿No será mejor estar dentro de la tienda americana y sólo salir fuera para mear?”


Parece que esta ha sido la auténtica postura adoptada por Tony Blair. Al jurar lealtad a a George Bush y a sus responsables políticos, obviamente Blair ha estado preparándose para alienar a la mayoría de militantes de su propio partido, a gran parte de la población inglesa y a una sección inquietantemente grande de antiguos amigos a los que se refiere entre risas como “la Comunidad Europea”. Esa es la importancia que tienen para él. Puede que se haga eco de cada declaración de la Oficina Oval, y luego que exprese su profunda indignación por la forma en la que la población mundial continúa viéndole como “el perro faldero de Bush”. Cualquiera podría imaginar cómo se lo tomaría si la frase “la marioneta que Bush mueve con la polla” [en slang, “cock-puppet”] tuviese la misma resonancia. Sin embargo, con el aparente colapso de cualquier resistencia iraquí organizada y con la evidente desaparición de Saddam Hussein y la mayoría del círculo interno de su partido, “Ba´ath”, parece que cualquier consideración moral que existiese antes de o durante la guerra, de alguna forma ha sido neutralizada por esta victoria ambigua tan competente. Los Halcones se sienten vengados. Han demostrado a todos esos pacifistas que, después de todo, podían invadir Irak, y aparentemente no recuerdan que el debate no era si podían o no hacerlo, sino si deberían. ¿No se habría asegurado Saddam de desplegar esas armas de destrucción masiva si no tuviese nada que perder? Esas armas especialmente-creadas-para-justificar-de-forma-retroactiva-la-guerra que incluso los altamente motivados imbéciles fanáticos del control total del ejército no han logrado encontrar señal alguna de las mismas hasta este momento. Un detalle sin importancia. Vamos a pasarlas por alto y a seguir adelante con los desfiles de la victoria y las entregas de premios. George y Dick, que habían estado convenientemente ocupando algún sitio desde aquello de la guerra del Vietnam, finalmente participan en esto, aunque desde una distancia segura, en una guerra realmente (te-lo-juro-por-Dios) honesta. Tony consigue una medalla especial en Ellis Island y quizá un anillo decodificador. El pueblo Iraquí consigue su libertad y la democracia, aunque eso signifique que es muy probable que la mayoría Shi´ar vote a un Ayatollah que rechazará a América. O por lo menos lo harán si nos hacemos caso de los cánticos en Karbala que el otro día se entonaban por todas partes: “¡No a América, no a Saddam! Sí, sí, Islam”. Los kurdos consiguen Kirkuk. Los turcos consiguen enojarse. Al Qaeda y la Jihad islámica consiguen una campaña de reclutamiento gratis. Y supongo que tendremos que esperar un tiempo para ver cuántos Tim McVeighs o John Mohammeds (ambos veteranos del Golfo) volverán a casa de la guerra con una fiesta en su cabeza lista para celebrar.


Esto, en muchos sentidos e independientemente de como suene, es la situación óptima de una situación tan irracional como la ocurrida en la “Guerra en Irak” hace tres o cuatro semanas y que todos pudimos ver por televisión, donde se hizo volar a nuestra propia gente en la forma de las pastillas de color verde que se podían atisbar a través de las gafas de visión nocturna para tormentas de arena. Algo que ya está superado. Esto significa que Estados Unidos no se va a quedar quieto durante años o quizá décadas, como una fuerza de ocupación en un área enormemente hostil a su presencia y que ya estaba en tensión por explosivas tiranteces religiosas. Se supone que cuando los viejos británicos se presenten en el conflicto osando expresar que Irak podría volverse “otro Irlanda del Norte”, significa que allí habrá más tabernas temáticas de Guinness y que quizá se podría teñir el Eufrates de color verde el día de San Patricio. (En realidad, para ser estrictamente honestos, hay algunas diferencias significativas entre Irak e Irlanda del Norte. Una de ellas es que Irlanda está relativamente aislada en medio del frío y húmedo Atlántico Norte, mientras que Irak está encerrada en mitad de la caja de explosivos políticos más calientes y secos del mundo. Si quieres, puedes echar tú mismo las cuentas.)


Y mientras tanto, el mundo se va dividiendo gradualmente en Terroristas y Cruzados, sombreros “stetson” blancos por un lado y turbantes negros por el otro. Tenemos una guerra cuyos objetivos son tan flexibles y ambiguos que podrían hacer que durase décadas, simplemente saltando de un estado delicuente a otro, designando nuevos enemigos según sea necesario, en cuanto veamos que descarrilan de la misma forma que lo hizo nuestro actual Eje del Mal. Este es el mundo que consideramos que es el regalo más apropiado para nuestro hijos, y para los suyos también. Y cuando nos miren con los ojos entrecerrados y nos pregunten cómo hicimos para librarnos de todas esas armas de destrucción masiva, podríamos contestarles que desarrollamos un maravilloso y enorme Dispositivo Artillero Que Detona En El Aire que estaba especialmente diseñado para hacerlo. Imagina sus pequeñas caras: Sorpresa. Ooooooh.

Así que el Islam es bueno y América es mala, ¿es eso lo que nos estás diciendo? Por supuesto que no. El Islam es una fe noble y humana que desafortunadamente sufre por no tener una clara cadena de mando terrenal, dando como resultado que sus autoproclamados hombres santos sean vulnerables, haciendo que deseen embarcar al Islam en conflictos terribles, a veces en su propia contra. El Islam es uno de los más importantes manantiales de la cultura a nivel mundial, y si desea preservar su considerable integridad en el previsible futuro que se presenta, necesita poner su propia casa en orden y realizar sus mejores esfuerzos para aislar a los peligrosos chiflados que no representan al musulmán medio normal y amante de la paz (por supuesto, lo mismo podría decirse sobre el Cristianimo y el Judaísmo. Difícilmente podría ser sólo el Islam el que tuviese el monopolio de los sectarios fanáticos y estrechos de miras sin los que todos los demás estaríamos mejor.)


¿Y entonces, qué ocurre con América? ¿No somos actualmente todos los europeos unos progresistas altaneros y anti-americanos? Por supuesto que no. ¿Quién te ha dicho eso? ¿Quién ha dicho que somos anti Duke Ellington, Tom Waits, Herman Melville, Jackson Pollock, Chester Himes, Emperador Norton, Patti Smith, Tex Avery, Dorothy Parker, Edgar Allan Poe, Orson Welles, Billie Holliday, Raymond Chandler, Kathy Acker, Edwin Starr, Nina Simone, Raymond Carver, Paul Robeson, Bob Dylan, Chuck Berry, Emily Dickinson, Lou Reed, Wilhelm Reich, Thomas Alva Edison, Jimi Hendrix, Captain Beefheart, William Burroughs, Emma Goldman, Jack Kerouac, William Faulkner, Walt Whitman, Spike Lee, Allen Ginsberg, John Waters, Matt Groening, The Sopranos, Robert Crumb, Damon Runyon, Woody Guthrie, Edward Hopper y el resto de miles de personas maravillosas que expresan cómo es realmente el gigantesco y atronador corazón rebelde americano? No. Sois un país magnífico, pero vosotros (y el resto del Mundo) habéis sido relegados a un segundo plano por una espeluznante pero minoritaria pandilla que hasta ahora se contentaba con formar parte de un gobierno de Estados Unidos en la sombra no electo y que ha dado un paso audaz hacia las focos, donde la sensación que tienen (y tal vez con toda la razón) es la de que ahora pueden hacer o decir lo que quieran, y que nadie puede o quiere hacer algo al respecto. Están listos para su primer plano, Señor DeMille. Ya no hay ninguna necesidad de secretismos o de tener que permanecer en las sombras. Las guerras encubiertas son algo tan propio del siglo pasado... ¿no crees? Esto es 2003, y ellos pueden hacerlo tan público como quieran, cortando en pedazos el pastel del milenio con al cubertería del fuhrer.

Respecto al resto de nosotros, si no tenemos más cuidado puede que seamos arrastrados hasta una ruinosamente destructiva e inevitable extensión de la guerra en curso contra el mundo Islámico, una cultura donde cada pedazo es tan asombroso e importante como los de la nuestra. Una cultura con la que si intercambiásemos información en lugar de misiles, seguramente redundaría en un enorme beneficio para todos los implicados. Escandalicémonos menos de forma barata y admirémonos más de forma genuina. Respetemos a los demás, e incluso más importante, respetémonos a nosotros mismos. Por aquí no ha habido mucho de esto últimamente entre las “Freedom Fries” y El Fuego Amigo [“Freedom Fries” fue el nombre que pusieron algunas restaurantes a las patatas fritas en su menú como apoyo a la guerra. El juego de palabras es entre “Freedom Fries” y “Friendly Fire”.]

Así que, tú, devuélveles su país.

Y tú: quiérete un poco más.

Paz.

No hay comentarios: