viernes, 25 de octubre de 2013

LAS RAICES DE LA COSA DEL PANTANO, por Alan Moore

Artículo escrito por Alan Moore para "Roots of the Swamp Thing" nº 3, que reeditaba el material original de Len Wein y Berni Wrightson. Traducido por Frog2000.

Cuando escuché crepitar por primera vez la voz de Len Wein a través del éter transatlántico para preguntarme si me gustaría ocupar el puesto como guionista exclusivo de La Cosa del Pantano, mi primer impulso fue contestarle: "Muy gracioso, maldito (se han eliminado los improperios e insultos), pero ese estúpido y falso acento americano no me ha engañado ni por un momento, ¡y tampoco el crujido de una bolsa de papel junto al receptor para simular una llamada intercontinental!", justo antes de golpear el auricular infractor contra su maltratado soporte. Afortunadamente algo me retuvo la lengua. Puede que fuese el bocado de queso con pera y limón en salsa ravigote que estaba masticando furiosamente al mismo tiempo (los americanos siempre llaman a la hora de cenar) o puede que fuese el destino, ¿quién sabe?

Dejando a un lado el nombre de la fuerza invisible que me obligó a ser desacostumbradamente civilizado, baste decir que veinte minutos o algo así más tarde estaba colgado del teléfono tranquila y cuidadosamente con el fin de no hacer ningún ruido repentino y despertarme de un sueño. ¡Iba a guionizar LA COSA DEL PANTANO! ¡Para DC Comics! Veintitrés páginas a todo color cada mes ¡e incluso estaban hablando de pagarme por hacerlo! A mí, un valiente jovencillo de dentadura mellada y el acento propio de las pintorescas terrazas de las callejuelas de Northampton. En realidad no sufrí crisis alguna hasta el día siguiente, cuando de repente me di cuenta de la enorme tarea que estaba asumiendo. No sólo me había comprometido verbalmente a encargarme de 23 páginas de historia de un personaje al mes, sin la menor idea de lo que en realidad podría hacer con él, no sólo había llegado a un acuerdo para escribir para y sobre un país que nunca había visitado, no sólo iba a trabajar por primera vez con dibujantes que se encontrarían a miles de millas de distancia; ¡sino que también iba a guionizar LA COSA DEL PANTANO! Puede que muchos de los que habéis leído las primeras historias de la serie lo hayáis hecho en la recopilación que sostenéis en la manos, y presumiblemente no conoceréis esta, su primera encarnación, así que debería intentar explicar por qué hacerme cargo de la explotación del personaje me golpeó de forma repentina y me dio la sensación de que suponía una perspectiva completamente desalentadora.

Desde la brillante historia de usar y tirar prototípica aparecida en HOUSE OF SECRETS hasta el posterior lanzamiento en toda regla de su propio título, LA COSA DEL PANTANO supuso un cómic muy especial en aquellos primeros setenta. Duplicar un título que es un favorito de los fans no se diferencia mucho de rebasar un punto negro, y muchos han sido los títulos y conceptos audaces e interesantes que han desfallecido en su infancia por la falta de ventas mientras los ramos de flores que lanzaban los críticos llovían a su alrededor. Ciertamente, LA COSA DEL PANTANO perduró en su propia cabecera durante más tiempo que muchos de sus contemporáneos, pero finalmente terminó tambaleándose y cayendo, quizá por culpa de ser un título de terror en un panorama en el que los superhéroes cada vez eran más prominentes que cualquier otra cosa.

Pero como he apuntado al principio, entonces el impacto no sólo se juzgaba por las ventas. Los títulos eran importantes por los nuevos terrenos en los que se estaban abriendo paso, por su influencia en las obras que vendrían después, y porque a algunos que nos tomábamos nuestros cómics en serio nos ofrecían la oportunidad de enarbolar estos títulos en público mientras gritábamos: "Esto. De esto tratan los comic books." Las pocas series que lograban encajar en ese criterio se ganaron un sitio especial en los corazones de los conocedores del cómic, y LA COSA DEL PANTANO estaba justo ahí, entre las mejores. En cualquiera de los términos distintos a los puramente económicos, el impacto de LA COSA DEL PANTANO fue pasmoso. De hecho, tanto es así que casi cualquier intento de continuar el personaje desde la estancia de los creadores originales había sido recibido con desdén por parte de la crítica de una forma que casi parecía irreflexiva. Quizá esa actitud podría explicar por qué a la sobria luz de la mañana, la perspectiva de guionizar el título me parecía menos brillante que lo que me había parecido durante el vertiginoso torbellino de euforia de la noche anterior.

Volver a leer los clásicos originales para preparar mi propio trabajo en la serie tampoco atenuó mi pesimismo: eran incluso mejores de como los recordaba. Me había preparado para experimentar esa leve decepción que a menudo le asalta a uno cuando vuelve a examinar uno de sus favoritos del pasado que puede que no esté a la altura del recuerdo, pero para mis mezclados deleite y desazón me encontré con que no había ni rastro de dicha decepción. Realmente era muy bueno.

Para mi gusto, la primera docena de números de LA COSA DEL PANTANO de Len Wein sigue estando en un lugar de honor entre los primeros comic books que intentaron ser poéticos. En lugar de ser reducidos a artificios mecánicos con los que cambiar de escena o subrayar algún giro en la trama, los textos de apoyo se convertían en cosas bellas en sí mismas. Eran palabras y frases que habían sido masculladas y elegidas, no meramente tecleadas, escogidas por su resonancia o por su capacidad para matizar la narrativa mediante lo macabro o lo melancólico. Fue la primera vez que me dí cuenta de que si se colocan uno junto a la otra, el terror y la poesía se completan y realzan entre sí, aportando siempre belleza con la que contrastar la crudeza del horror, o a la inversa, exhalar un tono sombrío y amenazador que otorgue una cualidad más endurecida a lo sentimental y a lo lírico. Seguramente, en mi trabajo se podrían rastrear algunas pistas de esta técnica entresacadas (más que de cualquier otro sitio) de los primeros trabajos de Len en LA COSA DEL PANTANO.

Obviamente, la destreza de la escritura de Len en LA COSA DEL PANTANO no terminaba en los juegos de palabras. Tenía una gran habilidad para manipular los familiares íconos y paisajes de las películas de terror de la Universal, además de para esbozar argumentos tirantes y oscuros que le daban a su lenguaje una firma característica y un sólido marco desde el que brillar. Había sustancia así como buena apariencia, importantes aspectos que tan a menudo parecen haber perdido los artífices de la palabra más pirotécnicos que han surgido en la estela de esta primera obra pionera. En sus mejores momentos, las escenas y conceptos de LA COSA DEL PANTANO eran tan poderosos y evocadores que incluso sin el extraordinario embellecimiento del lenguaje seguirían siendo memorables: en la primera historia en la que aparecía Arcane, la Criatura del Pantano crucificada era transportada en una balsa repleta de grotescas deformidades de circo por un río subterráneo; la triste y escalofriante perspectiva de un pueblo lleno de reconstrucciones mecánicas moribundas de "A Clockwork Horror"; el silencioso chico de mente simple que jugaba con las flores en "The Last of the Ravenswind Witches"... todos estos escenarios tenían un oscuro encanto y una fuerza que hacía que los guiones de LA COSA DEL PANTANO fuesen los más distintivos, personales y conmovedores de su época. Estoy seguro de que sólo la escritura podría haber elevado al título muy por encima del resto de la manada. Pero sin embargo, en LA COSA DEL PANTANO Berni Wrightson daba vida a las palabras de Wein, por lo que fuimos bendecidos doblemente.

Creo que ninguna otra opción más perfecta que Wrightson habría complementado la textura exuberante y melancólica del guión. Recién salido de las historias cortas y rellenos de títulos de terror y misterio para afrontar su primer encargo regular, el trabajo de Berni mostró en aquel entonces un compromiso y un talento que superaba los años que llevaba en el negocio, condensando la esencia de los viejos dibujantes de terror de la E.C. e infundiendo una sensación de clasicismo que obviamente recogía su inspiración de trabajos muy alejados de los confines del medio del cómic.

En su labor se podía observar una buena cantidad de inquietantes detalles visuales reproducidos con una facilidad de la que Graham Ingels habría estado orgulloso, dando una sensación de exageración desgarbada a sus figuras dibujadas que bordeaba las fronteras de lo "cartoon", mientras que su capacidad para enfatizar las emociones y el movimiento hasta llegar más allá de los límites de lo puramente figurativo nos traía ecos de Jack Davis. El terror no solo recorría los rostros de los protagonistas de Wrightson. En su lugar hacía que hincasen sus dedos en la flexible gomosidad de sus bocas mientras los ojos se les salían de las órbitas, estirando sus semblantes hasta convertirlos en máscaras de puro y ciego terror. Sus figuras se movían con una gracia escultural que revelaba una comprensión de la musculatura y la anatomía muy alejada de los estilizados físicos como salchichas de los estándares superheróicos, todo añadía un naturalismo y la sensación de que las emociones eran verdaderamente humanas, haciendo que las historias progresaran entre los sucesivos, oscuros y extraños conjuntos de circunstancias. Con sus páramos azotados por el viento en las garras del Otoño y sus castillos europeos tambaleantes y en descomposición, los paisajes de Wrightson ayudaban a establecer una poética visual que complementaba de forma precisa lo que Wein estaba consiguiendo con las palabras, y suponía en muchas formas un elemento adicional de las mismas. Juntos, con sus respectivas visiones obviamente sincronizadas, el guionista y el dibujante elaboraron un título único y sin precedentes.

Imagino que cualquiera que haya trabajado en el título desde los gloriosos días de Len y Berni se habrá visto forzado a encontrar su propia solución al problema de quedarse a la sombra de un historial tan magnífico. En mi caso, a pesar de los tan cacareados cambios que hice en la forma en la que describía al personaje y su mundo, intenté también ceñirme todo lo que pude a lo que percibía como la esencia de la fórmula original. Intenté volver a juntar terror y poesía, y contar historias de terror capaces de contener resonancias éticas y humanas. Quise dejar espacio a la ciencia ficción, a la sensibilidad y a la fantasía, mientras me aseguraba de que el título permanecía firmemente aposentado en el territorio del vampiro, el hombre lobo y el zombie. Al hacerlo, me he beneficiado de más de una década a mi espalda para hacer todo lo que estuviese en mi mano. Las técnicas narrativas habían evolucionado desde aquella primera etapa de LA COSA DEL PANTANO, y sin ninguna duda hice uso de esos novedosos elementos. De igual forma, las sensibilidades han cambiado, lo que también me ha beneficiado. Los tiempos eran diferentes, y parecía apropiado que "mi" Cosa del Pantano fuese un producto de su época, tal y como lo fue la de Len y Berni.

Supongo que ahí es donde reside el meollo de lo que quería contar. Si hablamos en términos de comparaciones críticas con La Cosa del Pantano original, me siento aliviado de poder informar que la versión que hemos desplegado Steve Bissette, John Totleben, Rick Veitch, Alfredo Alcala y yo, y el resto de lo ejemplares dibujantes que han trabajado en ella cuando las circunstancias lo han requerido, ha sido recibida más generosamente que la mayoría. Sin embargo, estas comparaciones suelen ser un poco peores de lo habitual cuando finalmente llegamos a la cuestión de fondo. Lo digo por las personas que nunca van a ser capaces de aceptar cualquier otra versión de la Cosa del Pantano que no sea la original tanto como también puede valer para los que sólo han conocido la encarnación más reciente de esta fascinante criatura y a los que les puede parecer difícil adaptarse a las remarcadas diferencias en cuanto a sensibilidades más modernas que se pueden encontrar cuando se compara con el anterior retrato original. Al primer grupo le diría que ciertamente me doy cuenta de cuál es su punto de vista, aunque nosotros estemos haciéndolo lo mejor que podemos. Al segundo le diría que debería ampliar lo poco que les exigirá su imaginación e intentar comprender el puro sentido de innovación que acompañaba a esta serie cuando irrumpió en las estanterías en sus comienzos. Cualquiera que sea nuestro bruto del pantano favorito en la actualidad, podrá ser rastreado directamente hasta las maravillosas semillas plantadas a comienzos de la década anterior, hasta estas historias recopiladas en un formato que siempre se van a merecer.

Hasta las raíces de La Cosa del Pantano.

Alan Moore, Marzo de 1986.

2 comentarios:

Antonio Alvarez dijo...

Bueno, pues que ECC publique ya la 1º docena de nº de la Cosa del Pantano de Wein y Wrightson.

frog2000 dijo...

No estaría nada, nada mal.