Este poético relato de Alan Moore, y la ilustración de Guy Davis, se publicaron en la revista Unknown Quantities, enero de 2000. En la portada aparece la frase: "Conmemoración de la Marcha de las Américas de 1999. Las ganancias de la venta de esta publicación se destinarán a la Kensington Welfare Rights Union."
La Marcha de las Américas de 1999 hace referencia a un evento masivo de protesta organizado por grupos de derechos humanos y activistas contra la pobreza y las violaciones de los derechos básicos relacionadas con la economía. Fue una marcha de familias pobres y organizaciones activistas que se llevó a cabo en octubre de 1999, y que fue organizada principalmente por la Kensington Welfare Rights Union (KWRU) y otras redes de personas sin casa, trabajadores y organizaciones que trabajan en pos de la justicia económica. La marcha se basó en recorrer a lo largo de varias semanas la distancia entre Washington D.C. y la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, y participaron personas y organizaciones de Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica.
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Y eso fue todo: abandonaron ese corredor gigantesco de intenso, o agotado, tráfico, y se recostaron accidentalmente en una puerta de salida sin pestillo, tropezando, precipitándose hacia los solares del exterior, fuera de la historia; y dejaron atrás el tiempo, su pertenencia a algo y el calor; así que lo único que les quedó fue la calle. Y rápidamente se dieron cuenta de que en todo el mundo solo hay una calle, un único lugar que lleva ese nombre; un barrio de Glasgow erguido como un Atlas leproso en uno de los extremos, almas salpicadas de moscas en una luz ictérica filtrada por las sábanas en el otro; polvos de Kenia acumulándose en una rejilla neoyorquina, mientras el vodka regurgitado funde mapas nuevos y fantásticos sobre las ventiscas de nieve de Oslo.
Mientras se quedaban deslumbrados por su suave parloteo de carteristas, un torrente de anécdotas, la calle los despojó de sus rostros, sus identificaciones, arrancándoles todo de sus personas como los dibujos de Silly Putty se despegan de los cómics de grapa, dejando el original cada vez más borroso. Sus CV se convirtieron en vergonzosas e inacabadas novelas barridas bajo la alfombra, abandonadas, arrastradas por la acera: fueron descreados, desaparecieron. Los hitos de una vida con los que se habían definido a sí mismos se desvanecieron, erosionados por el huracán de circunstancias del planeta; se habían evaporado dejando solo una tundra, helada, plana y sin relieve. Cuando se les preguntaba qué eran, descubrían que no tenían ningún amparo en aquello a lo que se dedicaban, ni aspiraciones futuras, ni familia. Cuando se les preguntaba qué habían sido, no sentían nada excepto el espasmo fantasmal de un pasado amputado, saboreando las cenizas de fotografías incineradas. Sentían que sus rasgos se difuminaban al reflejarse en las miradas que pasaban a su lado, que se apartaban súbitamente absortas en otra cosa. Sentían que su piel tomaba el color de su ropa, de la acera. En su mente se convertían en camaleones, invisibles y aferrados a una pared. Sin maquillaje ni afeitado. Sabían que su apariencia empezaba a converger allí, en la retina pública; sus rostros se deslizaban inexorablemente hacia un rostro universal. Su desposesión se convirtió en su género y su raza, su iglesia común, mientras quiénes eran y quiénes habían sido eran brutalmente alterados en un solo testamento, una única letanía de mala suerte.
Decisiones, en algún rincón, que les habían sido adversas. La gerencia del teatrillo había agitado bajo su nariz colectiva un puñado de reseñas de periódico poco entusiastas, sugiriendo que puede que algún otro se ajustase mejor a su rol social, quizá algún suplente ansioso y con talento capaz de asumir de inmediato su papel, su trabajo, su hogar, su matrimonio. Podría hacer de ellos, pero con mayor convicción. Bajo la llovizna amarga, más allá de la salida del teatro, primero que nada se repetían a sí mismos destacados fragmentos de diálogo de vidas pasadas, de guiones hace tiempo descartados. El susurro constante de los callejones a medianoche se convertía en una ausencia de aplausos, algo que se tomaban como algo personal.
Así, uno a uno, sus referentes fueron borrados. Sus mapas se evaporaron, y los nombres de las calles se desangraron hasta perder toda relevancia o significado. La geografía se revertía. Se trasladaron a un plano donde el paisaje era una entidad única y multitexturizada: una Arcadia de pizarra anterior a las señales de tráfico. Con aparcamientos de varios pisos convertidos en mesetas prehistóricas, con pteranodontes de piel de acero que trazaban estelas rectas como flechas sobre sus cabezas y arañaban el esmalte cerámico del cuenco invertido del mendigo del cielo, volcado hacia el suelo en un rechazo rotundo a la caridad celestial. Su evolución tiraba en ambas direcciones a la vez mientras se intentaban transformar en futuros aborígenes, en salvajes virtuales. Buscadores de perlas en los cubos de basura, con las mejillas hinchadas y la respiración contenida para protegerse del olor, descendían dando brazadas seguras y potentes a través de los montones de objetos que iban sondeando, rastreando ostras de poliestireno con cálidos corazones de corteza de hamburguesa a medio terminar, y perlas de mayonesa. Huellas de manos de Lascaux sobre el cristal enjabonado de la ferretería cerrada, y garabatos paleolíticos pintados por el hastío en la entrada de una cueva nocturna.
Pronto se rompió el muelle principal de su reloj de sol interno, convirtiéndoles en exiliados temporales, midiendo el día por las oleadas de oficinistas: marea alta a las nueve, bajamar a las cinco. Más allá de eso, era oscuridad o luz, humedad o sequedad, calor o frío, a veces tiempo glacial, y ese era su único diario, el único calendario: el paciente movimiento de las estrellas oculto tras la hemorragia amarillenta de luz urbana que enmascaraba y hacía inaccesible el reloj atómico del destino, sirviendo solo como textura, como adorno para documentales sociales en nuestros suplementos dominicales, como atrezo para largos e introspectivos reportajes de televisión, como decorado sin alma, transformándolos en una especie de Jinetes Callejeros.
En algunos momentos de extremismo, el espíritu humano se ve reducido, pero como ocurre con los caldos de cultivo, se vuelve también más fuerte y sabroso tras hervir a fuego lento en el caldero de asfalto, aderezado con una rancia loción para después del afeitado y el suave humo de los tubos de escape. El animal social se despoja de su piel capa por capa, la existencia se reduce a su esqueleto reptiliano. Todo mengua hasta convertirse en esos suelos arañados por los pies, el radio de aquella aureola de sebo, esa puerta. Hasta llegar a las matemáticas precisas de las grietas del pavimento, cómo la red de grietas se extiende desde el delta hasta la cutícula desnuda de la realidad. Arrasado, el ego cívico, solar y apolíneo, se desploma en una negrura autofagocitadora, en un Jabberwock de gravedad, un agujero frío y silbante donde el Yo había estallado y ardido antes. Se perciben transmisiones de un universo más lejano que atiende a una física diferente.
Algunos se lanzaron de cabeza al vudú convirtiéndose en hierofantes de basurero y recibiendo visiones de neón manchado tejidas sobre el resplandor de la gasolina derramada. Fueron asaltados, y respondieron gritando, por una terrible clarividencia auditiva, por voces espirituales a las que, si alguna vez flaqueaban y las hacían caso, sabían que conversarían por toda la eternidad, incapaces de inventar una excusa para poder escapar, embarcados en un mar de murmullos sin otra alternativa. Despojados de continuidad, deducirían el futuro a partir del pliegue de una manta hecha de papel de periódico, con los titulares doblados para dar forma a un mensaje nuevo y sorprendente que podría parecerles próximo y relevante. Pronto, todo excepto el ritual se desvaneció, y todo se convirtió en talismán, la chapita de la suerte, el cordón de la suerte. Caminando penosamente, noches de pies doloridos, la conciencia se replegó en sí misma, pulida por el insomnio hasta convertirse en un espejo negro donde los pensamientos caían, lúcidos y distintos, uno a uno, y las ondas mentales se expandían velozmente por la superficie calmada, irradiando desde el punto de impacto. Un sueño entrelazado entre el banco del parque y los baños públicos. Se escuchaba vacilante el verso de una canción, tarareada por el terreno baldío, el parque infantil. El didgeridoo del viento soplado con los labios fruncidos sobrevolaba las chimeneas, las ráfagas y los traqueteos de una noche desnuda e ilegal.
De regreso a los patios sin clausurar y embrujados de nuestra antigüedad, en época de grandes cambios, surgieron nuevos dioses, nuevas profecías. Los desposeídos dibujaban encantamientos con su saliva sobre el cristal polvoriento de las ventanas, montaban a pelo el potro del Dow Jones, levantaban tiendas en los márgenes irregulares del mañana, con el destino de cada hombre escrito en las huellas de vagabundos, con las mismísimas constelaciones plasmadas en el cifrado de un mendigo. A lo largo de las terrazas abandonadas se elevaba un panteón novedoso y fantástico que saludaba el siglo venidero: los dioses del sexo frenético y desesperado, del opio y la lotería. Deidades ceñudas del asesinato, la violación y la putrefacción que debían ser aplacadas y apaciguadas. Tótems de la esquizofrenia. Ídolos borrachos, fetichistas de desguace y serafines de dulce y tintineante misericordia. Roncaban en nuestros parterres y se tambaleaban descaradamente por nuestras plazas, haciéndonos estremecer de culpa y enrojecer con el rencor y la bilis de autoprotección que la siguen. Se apiñaron junto a nuestras fuentes hasta que no pudimos soportarlos más, hasta que los expulsamos y nos aislamos, y ahora nos despiertan con un brusco e inquietante tamborileo cuando estábamos justo al borde de caer en un sueño reconfortante.
Contemplan fijamente y sin expresión, sin juzgar, los pasillos inquietos y bostezantes de nuestros sueños.
FIN

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